El elefante desaparece

El elefante desaparece. Reaparece en un bólido gris, del tono exacto de su piel, a la velocidad del mar. Lo miran las hormigas. Las hormigas que bailan a la hora del té en giros parecidos al movimiento de la cucharilla que disuelve el azúcar.

Los alimentos desaparecen y las hormigas se vuelven locas y cantan a las cigarras, que comienzan a preocuparse. Aparece el elefante, esta vez en una vespino verde como la hierba. Con la trompa alzada, se inclina majestuosamente ante el hambre de las hormigas, y las cigarras y el universo. Baja de la moto y se recuesta. Y el sol los mira. Y los relojes los miran, y el tiempo derrite la piel gris del elefante. El elefante que se muere para servir de manjar a quienes morirán de hambre. Que no serán uno como él, que serán cientos y miles.…

y así fue cuando unos comenzaron a comerse a otros.

Solo quedó uno

Las cosas podrían hacerse mejor. Lo sabemos. Hubo en silencio pesado como la culpa y los cuatro se giraron ordenadamente hacia la ventana con la torpe esperanza de encontrar alguna respuesta tras el cristal. Olía a humo. Sin embargo, nadie había encendido ningún cigarrillo.

– Algo tendremos que hacer.

– Y lo haremos. – respondió uno de ellos.

No recuerdo quién lo hizo primero. Pero antes de un minuto, cada uno de ellos fue saltando hasta estrellarse contra el asfalto.

Solo quedó uno, quien definitivamente gobernaría el país.

Yo no iba a Ruido Rosa

Yo no iba a Ruido Rosa. Es la verdad. Pero mis amigas sí, no sólo por saborear en sus cervezas la música que amaban, sino porque aquel lugar y su historia formaban parte de ellas. Chicas morenas, castañas, simpáticas, altas o bajas y ruideras.

Lo comprendí las pocas veces que también yo compartí un botellín al ritmo de algún acorde pegadizo que hasta arrancó mis ganas de bailar frente aquel chico guapo que terminó por besarme.

Hoy estoy triste. Porque la sucesión de decepciones te hacen culpar a la primavera, a la vida y a este mundo de mierda que se empeña en seguir aplastando los sueños y las ganas. Las canciones y los movimientos libres que siempre se resisten.

Cambiamos de estación con desesperanza y rabia. Con la piel desgastada y sin saber dónde mirar. Acumulando ausencias.

Escribo, pero contéstame

nina-enfadada

Mi primer blog lo abrí en 2005 creo recordar.

Entonces la blogosfera era el gran descubrimiento de la era internáutica y, por casualidad, yo fui de las primeras en llegar.

Mi pasión por escribir la trasladé a la red y casi a diario contaba mis impresiones, inquietudes o anhelos, y los comentarios de la gente llegaban sin mucha dificultad. No existían las redes sociales, pero todo el mundo llegaba hasta ti.

No éramos tantos los blogueros, y bastaba con ser relativamente constante publicando para que cada día encontraras entre 3 y 5 comentarios tu post más reciente. ¿Era la motivación para escribir el hecho de saber que te leían y comentaban?

Ahora que han pasado los años y las responsabilidades, y quizás también la desidia, me ha alejado del hábito de la escritura, pienso que aquellas palabras de desconocidos implicándose en tu vida solo porque sí, me impulsaban a seguir escribiendo. Si durante mi pubertad y adolescencia no era más que un vómito terapéutico que volcaba sobre decenas de cuadernos, con los años y en un entorno donde puedes llegar a los demás, el grito silenciado de los viejos diarios dejo de ser suficiente.

Cuando escribías en una libreta, lo último en lo que pensabas y deseabas es que alguien accediera a esa información. Muy al contrario se convertía en sacrilegio. La intimidad que se creaba entre tu ser más profundo y el papel en blanco producía una conexión secreta e inviolable. ¿Recordáis lo que suponía pensar en que tu madre leyera tu diario? Así muchos de estos cuadernos venían con su llave y candado para que nadie más que tú pudieras disfrutar de ese espacio.

Sin embargo, ahora… no hay decepción más grande que escribir y que nadie te lea. Esa necesidad de reconocimiento, de visibilidad, de que por favor alguien te escuche y te comprenda casi parece la epidemia de esta década.

Ya no se trata de narrar, de expresar, de cuidar las palabras para elegir la más precisa… Los íntimos relatos de entonces se convierten en voces desesperadas, compulsivas e histriónicas que a través, principalmente, de las redes sociales, bombardean las pantallas envueltas en ira e indignación.

¿Es en la era donde estamos más conectados, en la que más solos nos sentimos?

Escritura automática de octubre

Octubre es como una caja de cartón sin fondo donde miras para encontrar algo reconocible.

Muy pocas cosas lo son ya. Ni siquiera las estaciones, ni el color del pelo que se vuelve blanco recordándote que el tiempo pasa.

Ni las letras, ni los telediarios, ni la merienda de mantequilla y azúcar, ni las canciones de la radio.

Reconocer en una mota de polvo el giro completo de un planeta que no es este. Uno que va sin prisa de la madrugada al atardecer.

Reconocer en un destello lo poco que queda de una vida imaginaria. Un destello en las gafas o en la copa de vino azul. El azul es la clave. El color de la libertad que nunca supimos definir.

Pasó

chica reloj

Dejar atrás provoca una presión en el pecho que sube hasta la garganta en forma de reloj de arena que acelera la velocidad de su caída para engañar con la sensación de que el tiempo se va. Cuando el tiempo ni va ni viene, ni corre ni se estanca. Es y nada más.

Nosotros sí vamos, venimos, echamos a correr o nos quedamos atrapados. Y tal vez es la ilusión de que es el tiempo el que se nos va lo que nos salva de la tristeza de pensar que más que las experiencias, las personas nunca se quedan. Ni nos quedamos. Y a cada minuto, alguien se disuelve a tu espalda como una sombra que va cambiando de color hasta desaparecer. También ese desconocido con el que te cruzas y que su expresión te recuerda a alguien, que a su vez no resulta ser nadie porque eres incapaz de definir su identidad. Si es que en cualquier caso alguna vez existió.

Nace la tentación de sentarse frente a una hoja en blanco y escribir los nombres de todas las personas que conociste. ¿Serías capaz? Desde tu primer día de escuela hasta hoy. Desde el familiar más cercano a quien te presentaron una sola noche y jamás volviste a ver. ¿Qué fue de todos ellos?

La memoria decide el valor. Y mis recuerdos se escapan. ¿Qué me importará cuando sea una anciana?

Lost

Día 11. Reto escribir 21 días.

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– No entiendes que soy un personaje.

– Y quién no lo es – le dije.

– Pero yo soy un p e r s o n a j e. Creado para un film, diseñado, estirado, exagerado, sintetizado… todas esas coas acabadas en -ado que el creador puede hacer con su criatura si le place. Ya está.

– No me importa. Quiero ser como tú.

– Yo.

– Tú.

– Vale.

– Vale. ¿Ya está?

– Sí, ya está. Tíntate el pelo de rosa, córtatelo a mi estilo. Míralo bien. – y meneó la cabeza hacia los lados en un gesto de sacudida – que te lo dejen perfecto (aunque lo mío era peluca, acuérdate) ¡Ah! y échate crema corporal y facial todos los días. Eso no venían en el guión (ya les vale) y me tuve que dar cuenta yo sola que para ser un personaje coherente tenía que tener la piel lisa como el mármol, pero tibia como la leche y tostada como el cacao. No soporto la incoherencia, qué le vamos a hacer. El clima japonés es horrible y es fácil que salgan rojeces por cualquier lugar.

– Muy bien. ¿Algo más? ¿Algunas recomendaciones para vivir en Tokio? ¿Algo a tener en cuenta cuándo se vive en un hotel? Por cierto… allí lavarán la ropa, ¿no?

– No tengo ni idea. El vestuario me lo daban lavadito y planchaito sin que yo pudiera elegir. Solía ser mono, sí, pero dónde lo lavaban, nunca me lo plantee. Otra cosa. Dúchate de rodillas. Si te pones de pie chocarás con la ducha y te dolerá. Me pasó el primer día. Y cuando vayas de karaoke no te fíes de las marcas de alcohol que te ofrecen. Son como agua oxigenada. Horribles. Aunque en mi copa vieses algo parecido al whisky, siempre era agua con limón. Temas de producción. No me preguntes.

Cuando parecía a punto de pagar la cuenta y marcharse, echó una hojeada alrededor con cierta mirada melancólica antes de llamar al camarero.

– Echaré de menos ese piano. Me proporcionó una ahogada paz inexplicable y algún aliento de placer. Por cierto, cuando bajes a este bar del hotel deja siempre propina a este camarero de siempre y cuando lo hagas piensa en mí.

– Lo haré. Gracias Charlotte.

– De nada. Me marcho. Bob llegará en pocos minutos. Si vas a ser yo cambia el final de la historia. Hasta pronto.

Y cerrando la cremallera de su bolso, me sonrió apenas sosteniendo su mirada en la mía y abandonó el hotel en el delicado paseo hasta la puerta que siempre reproducía.