Los días que no soy

Se vuelve azul, celeste para tomar un tono gris perla, pasar a blanco y volverse transparente. La piel. La mía. La que tirita bajo la ropa cuando el aliento respira como niebla y se cristaliza el lacrimal. Después la voz se vuelve remolino en la garganta que baja hasta el estómago y se desvanece en humo pálido, invisible a los ojos y a los hombres. Invisible como lo esencial, como el pánico y la ternura. Como la muerte.

Todos me ven pero no existo. Nadie se nombra mi nombre y se disfraza de mi cara para sonreír inventando motivos motivadores, motivos que devuelvan el calor al cuerpo, la voz a las palabras, el horizonte a la mirada.
Cuando me vuelvo transparente la gente cree que me mantengo, que respiro y vivo, pero inconscientes no saben que no hay nada. Algunos días tampoco yo lo sé y me creo y creo que también ellos me creen. Pero sólo es espacio que separa, un abismo infinito de reflejos, de escombros de esperanza.
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Amor neurótico

Por qué no hablar del amor entre tanto hastío en las baldosas y relámpagos en las miradas. Por qué no alejarlo de eufemismos, de vergüenzas y fortalezas muertas. Por qué no llamarlo sin más. Mirarlo de cerca sin pudor. por qué sí a la violencia, sí a la palabra quebrada, al insulto y el machete. Por qué eso sí.
Porque deliramos, nos intoxicamos placenteramente y pedimos más con los puños apretados. Más muertes atómicas, más tinieblas en la noche. Menos juegos, más mentira. Porque hay que aplastarlo. Al amor hay que aplastarlo.

Días sin eco

No sé dónde se ha ido la música ni por qué ya son pocos los días en los que me levanto tarareando una canción. Algo ha ocurrido por dentro y mis melodías han bajado de volumen. Ruido y silencio opaco, un túnel como el del metro con vías, laberintos, recovecos. Busco el clic que active un murmullo solemne, que me lleve a una estrofa en voz bajita, a un estribillo cantado y a un baile en libertad. Pero no atino en el movimiento, no puedo ver en esta oscuridad de trenes con estaciones en curva y desconocidos que no se miran, ni se tocan, ni se escuchan, ni se ven. No encuentro entre tanta sombra. Hoy no quiero estar despierta.

Buscando canciones.

La inconsistencia del recuerdo

El olvido existe, por mucho que queramos olvidarlo, y tampoco está tan mal. Esto me recuerda a uno de los temas universales tratados por la literatura y otro tipo de pensamientos a lo largo de la historia y me refiero al ansia que tenemos los humanos por la fama y lo efímero de la misma. Que nos reconozcan a todos nos gusta, si además es en público, la cosa tiene cierto aliciente añadido, pero si milagrosamente conseguimos perpetuar en la memoria no sólo de quienes nos conocieron, sino en la memoria colectiva, el placer interno es tal que ni siquiera sé describirlo. Entre otras cosas por que nunca me lo planteé.

No obstante, dado el caso de llegar a tal cima de reconocimiento y glamour, también resulta absurdo si nos paramos a pensarlo. ¿Quién no conoce a Cristobal Colón, Edison, Eurípides o Cleopatra?, y ¿quién, a pesar de todo, no tiene que hacer un pequeño esfuerzo por ubicarlos en tiempo, espacio y hazaña?. Porque Eurípides suena, pero, ¿qué hizo exactamente? (me voy a mirarlo al google) Ya me vale, un gran poeta griego…

Se nos olvidan cosas y nosotros seremos olvidados. Muy pronto además, bastará una generación como máximo y después pasaremos a ser abuelas, bisabuelas, tatarabuelas y alguien muy lejano en el árbol genealógico de quien le dé por investigar. Y aunque no nos muramos, también nos olvidarán. En vida, ya lo han hecho.

Y también nos olvidaremos nosotros: de cumpleaños, aniversarios, atenciones, abrazos y besos y de personas importantes, que lo fueron y lo serán por siempre por dentro, aunque la conciencia nos diga que se nos olvidaron. ¿Acaso la gente con Alzheimer dejó de amar lo que ya no recuerda? Pero entonces pasaríamos a hablar del amor y ése sí que es un largo tema.

Pasadizos a la invisibilidad

Últimamente me ha dado por entrar en las iglesias. A veces pienso que si me cuelo allí desapareceré del mundo y dentro de la burbuja de cúpulas y vidrieras, nadie podrá verme y yo no podré ver a nadie. Sólo las impasibles imágenes sagradas que miran melancólicas o suplicantes como si tuvieran algo muy urgente que decir. Entro buscando la nada, el estridente sonido en los ojos del silencio absoluto y la quietud. El olor a vacío. Pero también allí encuentro gente. Alguna que como yo tal vez llegue hasta sus bancos ansiosa de encontrar esa pausa milimétrica que vive eternamente en los altares.

La inmortalidad de las catedrales o las iglesias más antiguas me trae el miedo al corazón, el de la inmortalidad suspendida en los campanarios, transformada en eterno replicar de letanías. No me imagino siempre yo, por el resto de los tiempos, en una edad adulta que avanza hacia la vejez. Ni tan siquiera ser joven en un minuto inquebrantable. No es que quiera morirme, pero la muerte da un algo a la vida, que ya sabemos todos. El sentido, quizás, entre muchas otras cosas que dan miedo y ganas de llorar.

Hoy he pensado mucho en una frase que canta Serrat, no recuerdo bien en qué canción que viene a señalar la poca importancia de vivir o morir.

Martes.

Noviembre.

Lo raro es vivir

Buceo, con el aire contenido a pulmón abierto, sin aletas ni gafas que enfoquen mejor. Me sumerjo después de mucho tiempo en la tibieza del aire fresco que trae noviembre, el silencio interrumpido por los que pasean en los parques y el olor a tierra estrenada. Estiro mis brazos y acuno a Martín Gaite a quien comencé a amar cuando a mis diecinueve años me mostró nuevas maneras de mirar el mundo, otros matices interiores, infinidad de puertas por abrir. La tomo de la mano torpemente, mientras cojo aire para no ahogarme entre la sucesión de acontecimientos que está dispuesta a narrarme, a quemarropa, con la lucidez y claridad de quien escribe sin retórica, expuesta al mundo desde la más absoluta desnudez.

Cierro los ojos para abrirlos ampliamente y leer. Capitulo uno, El planeta de cristal. Por un instante me imagino  metalingüística, transformada en una palabra. La palabra que soy: Sandra. Como si repentinamente me hubiese convertido en esa sucesión de letras bailables y cambiantes con tantas formas por adoptar, y fuese yo quien está escrita en un libro como protagonista de la historia que protagonizo que no es más que la de mi propia vida, pero que pasa a dibujarse como vida de otro, del lector omnipresente, ajeno y extraño que ha comenzado a leerme. Se sienta en cualquier otro parque con su libro entre las manos y su mirada muy abierta y concentrada en mí. Me da por levantar la vista hacia arriba, como si acaso el lector imaginario estuviera colgado de un árbol y al levantar mi cabeza para buscarlo, casualmente lo encontrara acomodado en una rama con el brazo estirado para saludarme con serenidad.

Inclino de nuevo mi rostro hacia el libro dispuesta a dejarme seducir por Carmen y su planeta transparente que ha llegado sin aviso para traerle a su madre muerta y una conversación pendiente que termina por hacerla desmayar. Buceo entre sus hojas, sin prisa y con alguna pausa que me devuelve a las palabras que me han hecho estremecer. Tomo aire una vez más. El otoño ha pasado de largo y noviembre simula ser enero con ráfagas de viento helado que me invitan a volver a casa. Llego hasta el último párrafo del primer capitulo y guardo el libro en el bolsillo. Demasiado frío, demasiada vida y muerte entre las manos, las mismas que tomaron a Martín Gaite para sujetar su historia entre los dedos, esas que saludan a ninguna parte y se despiden del lector que también cierra su libro y deja a Sandra suspendida en su trayecto de vuelta hacia nadie sabe todavía qué lugar.

Gracias por menear mi caso

Nunca pensé que hubiese tantas personas que hubiesen pasado por la situación similar a la mía de estafa laboral. Los casos son innumerables y las conversaciones sobre ello inexixtentes. ¿Cómo es posible que esta situación no esté en boca de todos? Miles de personas con necesidad de un trabajo están siendo explotadas y siendo víctimas de este tipo de violencia sutil, sin que los empresarios cabrones sean condenados y sancionados.

Sólo quería dar las gracias desde aquí a toda la gente que me ha apoyado a partir de mi artículo colgado en Meneame y a todos los que le habéis dado difusión. Es necesario que se hable de ello, es necesario que ese tipo de empresas y modos de trabajo se regulen y controlen. Ya está bien.

http://www.meneame.net/story/experiencia-despues-ser-estafada-trabajo-poco-largo-pero-real