Pasadizos a la invisibilidad

Últimamente me ha dado por entrar en las iglesias. A veces pienso que si me cuelo allí desapareceré del mundo y dentro de la burbuja de cúpulas y vidrieras, nadie podrá verme y yo no podré ver a nadie. Sólo las impasibles imágenes sagradas que miran melancólicas o suplicantes como si tuvieran algo muy urgente que decir. Entro buscando la nada, el estridente sonido en los ojos del silencio absoluto y la quietud. El olor a vacío. Pero también allí encuentro gente. Alguna que como yo tal vez llegue hasta sus bancos ansiosa de encontrar esa pausa milimétrica que vive eternamente en los altares.

La inmortalidad de las catedrales o las iglesias más antiguas me trae el miedo al corazón, el de la inmortalidad suspendida en los campanarios, transformada en eterno replicar de letanías. No me imagino siempre yo, por el resto de los tiempos, en una edad adulta que avanza hacia la vejez. Ni tan siquiera ser joven en un minuto inquebrantable. No es que quiera morirme, pero la muerte da un algo a la vida, que ya sabemos todos. El sentido, quizás, entre muchas otras cosas que dan miedo y ganas de llorar.

Hoy he pensado mucho en una frase que canta Serrat, no recuerdo bien en qué canción que viene a señalar la poca importancia de vivir o morir.

Martes.

Noviembre.

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