La absorbealegrías

Ella había aprendido la alegría no sabía muy cuándo ni mucho menos la manera en la que lo había conseguido. Sus ojos se habían convertido en una intensa mirada oriental, achinada y negra, consecuencia de una sonrisa casi constante en su rostro. Su madre estaba enferma, sus hijos al otro lado del mar, su trabajo largo, pesado, oscuro; su nieta fruto de una violación colectiva, su futuro templado e intermitente como un parpadeo. Como un guiño de luz al que debes estar atento para poder percibir.

Ella que amaba su vida, amaba también el dolor al que había conseguido hacer burla y difuminar con ceras coloreadas. Tanta alegría contenía que faltaban raciones para el resto que apático y desnutrido malvivía entre lamentos de continuados dramas sin solución. El clima un problema, la rutina una tragedia, las personas un castigo y una letanía de desgracias sinfín agazapadas en cada movimiento.

Ella, avara de alegría, había desvalijado a todos los demás que arrastrados por la amargura, la buscaban sin gana pero con furia, ansiosos de aniquilación. Sedientos de recuperar la alegría arrebatada.

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Los círculos callados del amanecer

Hay una línea delgada que invisible me enreda cada mañana en el minuto preciso del amanecer. Me ata de las muñecas, recoge mi pelo, bordea suave mi cintura hasta sujetarme por los pies, firme y resistente pero sin violencia como un lento trazo alargado en la pureza más blanca de un lienzo. No duele pero inmoviliza y me coloca al borde de la angustia de los días que comienzan sin mapas, ni brújulas, ni guías que despejen los recorridos sin salida. En el borde último de la madrugada, vencida por los hilos del temor, me voy despidiendo, en sueños, de los vampiros que me atrapan o los muertos asustados ante el olvido. Se convierte en una dulce agonía cada segundo justo, que me saca del sueño mientras me retiene y desordena mi cuerpo confundiendo lo onírico con lo real.

Un sordo lamento me encadena, me cuelga del vacío de la noche ante el estallido incierto del alba.

Todos los días el mismo ritual: la presión, al angustia, el placer de las sábanas, las despedidas, el sueño, la vigilia.

Una vida dividida, acuchillada por la ilusión.

Granada y la ciudad mentirosa

En Granada puedes elegir las puestas de sol, su geografía irregular te permite decidir si prefieres el Norte o el Sur para despedirte del atardecer. Todavía no he visto ninguno, pero ahora sé que podré dejarme llevar por la inercia de mis pasos sin ningún tipo de temor, porque ahora sé que ya no existen las trampas, ni los engaños caprichosos impregnando cada esquina.

Ya no existe la angustia que nace de los lugares cuando al pasar por ellos la nostalgia y los recuerdos te acorralan bajo los balcones sin dejarte escapar. Han vuelto a sus refugios los depredadores invisibles que desfilaban como amenaza en la plaza de siempre, el bar de los desayunos o el restaurante japonés. Han descendido hasta las aceras las mentiras que durante años colgaron de las farolas, las que te configuran la ciudad como única y exclusiva, con una sola historia imposible de borrar.
Recorro los lugares como si los estrenara y la libertad que me ofrece la ciudad se cala hasta mis huesos haciéndome estremecer. Granada es para mí y yo para ella, sin nadie más implicado que todo lo que de ella amo y ya no causa dolor.

Jazz o no

Olvidé que el jazz podía ser un buen remedio para la indecisión y el polvo de los dedos. Demasiados días sin escuchar música, encerrada tan sólo en la contracción, la sirena de ambulancias y el viento imperceptible atrapado en el paladar.

El resultado armonioso del oxígeno expulsado a pulmón lleno por un saxofonista de ojos antiguos llamó siempre mi atención, por la nitidez de las notas bailando en los carteles, por el grave de la última corchea que evoca una voz rota de mentira, perdida en la memoria. Llamaron mi atención la prolongación de las pausas como el incesante tocar de trompetas y bajos en una ínfima porción de segundo o en una insoportable letanía de minutos sin fin.
La música es una cosa y el jazz otra y hoy supe algo más de él tras un encuentro amable a la hora del café entre los primeros grises del día.

Oir jazz es como morirse o quedarse estrangulada por una posesión invisible, adictiva, demoníaca.
Así lo hace Chet Baker

Los secretos olvidados

Hay algo de moral en las palabras que no pronuncio y se quedan astilladas en las venas azules de mi piel. Son sentencias enseñadas, aprendidas sin saberlo, cuando con cuatro o cinco años censuraban nuestros sentidos con un catálogo de prohibidos nocivos para la salud. No hagas, no pienses, no digas, no tomes, no mires, no toques. Así nos convertimos en cadáveres amordazados obligados a vivir.

Piensa una que está a salvo y que la lucidez y conciencia de la que se enamoró hace algún tiempo, la mantiene por encima de las ermitas, del repicar de campanas silencioso en el que nacen los ángeles que vienen a proteger la ciudad. No reconoce las rutas y olvida los pasadizos por los que escapar, no hay mapas que guíen, ni instinto que valga para un reencuentro con las especies que dormitan en lo órganos minúsculos del cuerpo. La voz oculta desgarra el tiempo y resucita a los ancestros que vuelven a vigilar. Y no hago, no toco, no pienso.