Los secretos olvidados

Hay algo de moral en las palabras que no pronuncio y se quedan astilladas en las venas azules de mi piel. Son sentencias enseñadas, aprendidas sin saberlo, cuando con cuatro o cinco años censuraban nuestros sentidos con un catálogo de prohibidos nocivos para la salud. No hagas, no pienses, no digas, no tomes, no mires, no toques. Así nos convertimos en cadáveres amordazados obligados a vivir.

Piensa una que está a salvo y que la lucidez y conciencia de la que se enamoró hace algún tiempo, la mantiene por encima de las ermitas, del repicar de campanas silencioso en el que nacen los ángeles que vienen a proteger la ciudad. No reconoce las rutas y olvida los pasadizos por los que escapar, no hay mapas que guíen, ni instinto que valga para un reencuentro con las especies que dormitan en lo órganos minúsculos del cuerpo. La voz oculta desgarra el tiempo y resucita a los ancestros que vuelven a vigilar. Y no hago, no toco, no pienso.

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