Granada y la ciudad mentirosa

En Granada puedes elegir las puestas de sol, su geografía irregular te permite decidir si prefieres el Norte o el Sur para despedirte del atardecer. Todavía no he visto ninguno, pero ahora sé que podré dejarme llevar por la inercia de mis pasos sin ningún tipo de temor, porque ahora sé que ya no existen las trampas, ni los engaños caprichosos impregnando cada esquina.

Ya no existe la angustia que nace de los lugares cuando al pasar por ellos la nostalgia y los recuerdos te acorralan bajo los balcones sin dejarte escapar. Han vuelto a sus refugios los depredadores invisibles que desfilaban como amenaza en la plaza de siempre, el bar de los desayunos o el restaurante japonés. Han descendido hasta las aceras las mentiras que durante años colgaron de las farolas, las que te configuran la ciudad como única y exclusiva, con una sola historia imposible de borrar.
Recorro los lugares como si los estrenara y la libertad que me ofrece la ciudad se cala hasta mis huesos haciéndome estremecer. Granada es para mí y yo para ella, sin nadie más implicado que todo lo que de ella amo y ya no causa dolor.

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