Los círculos callados del amanecer

Hay una línea delgada que invisible me enreda cada mañana en el minuto preciso del amanecer. Me ata de las muñecas, recoge mi pelo, bordea suave mi cintura hasta sujetarme por los pies, firme y resistente pero sin violencia como un lento trazo alargado en la pureza más blanca de un lienzo. No duele pero inmoviliza y me coloca al borde de la angustia de los días que comienzan sin mapas, ni brújulas, ni guías que despejen los recorridos sin salida. En el borde último de la madrugada, vencida por los hilos del temor, me voy despidiendo, en sueños, de los vampiros que me atrapan o los muertos asustados ante el olvido. Se convierte en una dulce agonía cada segundo justo, que me saca del sueño mientras me retiene y desordena mi cuerpo confundiendo lo onírico con lo real.

Un sordo lamento me encadena, me cuelga del vacío de la noche ante el estallido incierto del alba.

Todos los días el mismo ritual: la presión, al angustia, el placer de las sábanas, las despedidas, el sueño, la vigilia.

Una vida dividida, acuchillada por la ilusión.

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