La absorbealegrías

Ella había aprendido la alegría no sabía muy cuándo ni mucho menos la manera en la que lo había conseguido. Sus ojos se habían convertido en una intensa mirada oriental, achinada y negra, consecuencia de una sonrisa casi constante en su rostro. Su madre estaba enferma, sus hijos al otro lado del mar, su trabajo largo, pesado, oscuro; su nieta fruto de una violación colectiva, su futuro templado e intermitente como un parpadeo. Como un guiño de luz al que debes estar atento para poder percibir.

Ella que amaba su vida, amaba también el dolor al que había conseguido hacer burla y difuminar con ceras coloreadas. Tanta alegría contenía que faltaban raciones para el resto que apático y desnutrido malvivía entre lamentos de continuados dramas sin solución. El clima un problema, la rutina una tragedia, las personas un castigo y una letanía de desgracias sinfín agazapadas en cada movimiento.

Ella, avara de alegría, había desvalijado a todos los demás que arrastrados por la amargura, la buscaban sin gana pero con furia, ansiosos de aniquilación. Sedientos de recuperar la alegría arrebatada.

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