Lo terrible es vivir

Más allá de la crisis está todo. Todo lo demás. Las personas, lo que somos, lo que hacemos, lo que queremos ser. Está la conversación con el otro, el paseo calmado, la Naturaleza, los recuerdos, la infancia en el tiovivo. Más allá de la crisis está la vida, ésa que los políticos, los medios y el sistema se empeñan en que obviemos y que, en caso de querer disfrutarla, lo hagamos a través de la evasión: de actos que nos lleven a no pensar en este mundo de mierda que nos contamina todos los días desde que amanece y enciendes la radio, hasta que te despides de tus amigos en facebook antes de dormir.

¿Qué nos está pasando? No tenemos nada más que decir, nada más que aportar que la queja, el reproche y la tragedia: “No encuentro trabajo”, “No llego a la hipoteca”, “El mundo va fatal”, “Todo es corrupción”… y lo peor de todo: “El año que viene va a ser peor”. ¿Cuántos años nos quedan entonces? Me fui de Granada dejándolo todo hace casi tres años y desde entonces “lo que venía iba a ser peor”, pero es que ahora también. ¡Vivimos el fin del mundo entonces! Eso comentaban del 2012.

Pues yo os digo que estoy hasta las narices de gruñidos y lloriqueos. De cruzarme con las apesadumbradas miradas en el metro, de los mismos debates en los medios y amarguras en las personas. Estoy harta de toparme a mi alrededor sólo con autómatas y me resisto a convertirme en una marioneta más. Por encima de esoterismos, magias del buen rollo, sectas y energías edulcoradas, que surgen como alternativas para sorbernos el seso, reivindico la autenticidad, la persona, lo humano, lo que somos sin más. Sin colorantes, ni conservantes, ni letras E, ni Z. Pero reclamar eso es pedir demasiado. ¿Se detuvo alguien alguna vez a reflexionarlo? ¿Pero quiénes somos? ¿Cuál es nuestra identidad en estado puro?

Ya vamos a tener que pensar y a eso no nos han enseñado. Sigamos mejor al rebaño. Volvamos al victimismo del ser, que todo así, es mucho más fácil.

Mi tristeza

Mi tristeza se parece a una canción que podría ser cualquiera. Debajo, la fragilidad. Dentro, el miedo. Fuera la ciudad, la esquizofrenia, la inercia y el resplandor. Arriba el cielo. Blanco como los unicornios, triste como yo.

Tiempos de lluvia

No llueve. Han pasado semanas desde las últimas baldosas mojadas y el aire helado del invierno ni siquiera nos regala la nieve. Yo, como ellos, también espero la lluvia a pesar de masticar el sol cada mañana y desearlo de forma extravagate. El agua me devuelve al origen, a la microcoscópica vida de ser. Simplemente. Un monosílabo desapercibido, suavez y fugaz. Levanto la vista al deseo de un cielo opaco del que se desprenden los planes de quienes desaparecieron y dejaron tanto por hacer. La lluvia nos trae a los muertos que reclaman su recuerdo en la transparencia azulada de la humedad. Me pregunto qué fue de las tormentas, de las nubes quebradas y los espíritus, que guardan ya sus palabras y recogen su cuerpo en la estela rizada del infinito. Con el sol se incendiaron las promesas y los hombres huyen enloquecidos ante la esterilidad de la tierra y la sequía interna de la humanidad. Habrá un tiempo de lluvia, de música y frutos blancos. Un nuevo renacimiento.

Digo amor

Mi tendencia es hablar del amor. Desde que asumí la parte cursi que integra mi personalidad dejé de pelearme con ella y casi me dieron ganas de presumirlo. No tanto, pero la libertad de expresar el amor sin remordimientos ni vergüenzas dan cierto grado de tranquilidad, aunque también de incomprensión, supongo. A mí el amor me da ganas de llorar. Es como si un piloto automático interno se activara al roce más inapreciable de cariño y acto seguido se me saltaran las lágrimas. Ocurre en cualquier espacio, en el más inesperado instante, delante de cualquier sombra o autoridad. Lloro sin contenerme y casi diría que sin reparo. Es tan poco frecuente el amor, tan inapropiado últimamente, que emociona. A mí siempre me pasó con el amor individual, pero también con el colectivo, con el propio y con el ajeno, con cualquier gesto de generosidad, amparo, comprensión, empatía, deseo, amor. Siempre el amor.

Me canso del bombardeo de la crisis, el paro, las cifras en rojo, las cantidades inabarcables de deudas, de caos y angustia. Me harto de la letanía diaria de la desesperación y de la realidad en la que se cristaliza cada mañana el repetido verso en mi cabeza de Ángel González: “En este tiempo hostil propicio al odio“…
A mi me gusta el amor. Practicarlo, verlo, expresarlo, contarlo, escucharlo y reinvindicar la transparencia no de cuentas, ni tan siquiera de cuentos, sino de entrañas, orígenes, movimientos internos y genes.

Hoy sentí el amor en un correo y me dieron ganas de llorar. Me pasó en el metro y el pasajero apesadumbrado de enfrente, me miró sin saber bien que veía. Sólo me faltó aclarárselo en voz alta: “Sí, se me saltaron las lágrimas porque sentí que me quisieron. Es raro, verdad?” Pero sólo lo pensé.

También he observado que está de moda la barba. Serán cosas del nuevo siglo.

Nadia

En los días en los que no pasaba nada era cuando Nadia sabía que la vida no era más que eso: un no tener que pasar nada que llegaba a absorberla como si una sombra inabarcable viniese a engullirla. Nadia no necesitaba nada en realidad. Sabia que podía pasar días enteros en casa. Tumbada, con los ojos fijos en las aspas del ventilador del techo o mirando por la ventana el pesado transcurrir de las horas, la lenta despedida del sol. No necesitaba nada ni a nadie y ni siquiera echaba de menos hablar. El vacío de sus días se había acomodado a su cuerpo y en alguna ocasión que otra la existencia del otro fuera del modo en que fuera llegaba a perturbarla hasta límites insospechados.

Pero había dias que, sin buscarlos, pasaban cosas: llamaban por teléfono, tocaban a la puerta o en su mail descubría algún mensaje personal. Entonces Nadia temblaba y bloqueada por un extraño frío polar se desplomaba en el suelo y quedaba inconsciente durante un indesciptible periodo de tiempo. El acontecer le producía una muerte súbita que la devolvía al olvido. Al mundo onírico de la nada donde únicamente podía habitar.

La corta vida de una musa

 Las musas están de fiesta en otras islas habitadas por faunos, humanos, plantas carnívoras y hormigas. Han elaborado elixiles de pánico y deliran, deliran, hacen delirar. Recorren los bordes del mar y se encogen en cada ola en busca de erizos y estrellas que les guíen hasta el poeta más necesitado. Inspiran, respiran y mueren en el punto y final del verso más esperado de los que lloran su destino en las letras, de los que se enroscan como serpientes, como caracolas huecas que en algún minuto del siglo veintiuno decidieron obviar la fe.

Se alejaron las musas a islas oscuras donde parpadean en los ojos que saben mirar más allá: del horizonte, del pasado, de la ensoñación salada de los deseos. Bailan, celebran, cantan, agonizan y expiran violadas y ultrajadas por quienes depositaron en ellas el último roce de la ilusión.