La corta vida de una musa

 Las musas están de fiesta en otras islas habitadas por faunos, humanos, plantas carnívoras y hormigas. Han elaborado elixiles de pánico y deliran, deliran, hacen delirar. Recorren los bordes del mar y se encogen en cada ola en busca de erizos y estrellas que les guíen hasta el poeta más necesitado. Inspiran, respiran y mueren en el punto y final del verso más esperado de los que lloran su destino en las letras, de los que se enroscan como serpientes, como caracolas huecas que en algún minuto del siglo veintiuno decidieron obviar la fe.

Se alejaron las musas a islas oscuras donde parpadean en los ojos que saben mirar más allá: del horizonte, del pasado, de la ensoñación salada de los deseos. Bailan, celebran, cantan, agonizan y expiran violadas y ultrajadas por quienes depositaron en ellas el último roce de la ilusión.

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