Nadia

En los días en los que no pasaba nada era cuando Nadia sabía que la vida no era más que eso: un no tener que pasar nada que llegaba a absorberla como si una sombra inabarcable viniese a engullirla. Nadia no necesitaba nada en realidad. Sabia que podía pasar días enteros en casa. Tumbada, con los ojos fijos en las aspas del ventilador del techo o mirando por la ventana el pesado transcurrir de las horas, la lenta despedida del sol. No necesitaba nada ni a nadie y ni siquiera echaba de menos hablar. El vacío de sus días se había acomodado a su cuerpo y en alguna ocasión que otra la existencia del otro fuera del modo en que fuera llegaba a perturbarla hasta límites insospechados.

Pero había dias que, sin buscarlos, pasaban cosas: llamaban por teléfono, tocaban a la puerta o en su mail descubría algún mensaje personal. Entonces Nadia temblaba y bloqueada por un extraño frío polar se desplomaba en el suelo y quedaba inconsciente durante un indesciptible periodo de tiempo. El acontecer le producía una muerte súbita que la devolvía al olvido. Al mundo onírico de la nada donde únicamente podía habitar.

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