Diamantes sin brillo

A las amigas que nunca consuelo (entrada de un antiguo blog. Septiembre 2005)

¿Qué va a ser de las mujeres del 81?
¿Qué será de los hombres?
Hermosos cuerpos y largas vidas se extinguen antes de nacer y la mano inquisidora que las ahoga aprieta cada vez más fuerte consiguiendo disfrutar de la agonía, creyéndose verdugo y mártir.
Hay niñas dentro de cántaros herméticos que levantan la voz y piden muñecas, piezas de contrucción y hasta pelotas de goma.
Las chicas de mi tiempo suicidan su futuro porque quieren, porque conscientes se vuelven inconscientes, porque no saben y no las enseñaron. Porque tal vez tampoco quieran aprender.
Ellas que son trozos de espejo de alguna parte de lo que fui y de algún momento en el que también temblé de frío, no llegan a darme lástima. Ellas que de hermosas se vuelven feas y de listas estúpidas, lejos de conmoverme me irritan y a pesar de todo las amo con cierto pesar porque sin quererlo entre todas somos una. También yo.



Un minuto de silencio por la alegría

Yo sé que la alegría no está en una pastilla azul. Ni un cubito de hielo blanco, ni en la espuma sobre los labios o  las canciones en alta definición. No está en el beso pegajoso y amargo de una noche de humo en la garganta, ni tampoco en la velocidad extrema de la ensoñación que es rosa en la madrugada y amanece en un tono gris. La alegría está plastificada, edulcorada y servida en las dosis justa para anestesiar a los humanos por si de repente les da por pensar. Nos la formulan, diseccionan y proporcionan con el cinismo y la placidez que produce saber que quien la consume se cree libre de hacerlo y se vuelve adicto a la felicidad de una vez por semana y a la soledad oscura más imperceptible.

La alegría está en otro sitio, aunque tampoco sabría deciros dónde porque la alegría, como el amor o la esperanza, son valores en desuso, actitudes casi olvidadas que se arrinconan en alguna parte del cuerpo, encogidas y arrugadas, asustadas de no saber quiénes son. Agonizantes y enajenadas. Yo no me resisto a buscarla, aunque borraran los mapas y nos intoxicaran. Aunque boicotearan nuestro intelecto y destrozaran nuestro corazón. Frágiles protestamos menos. Aniquilados, no nos podemos mover.

¿Por qué nadie llama a esta violación de conciencia y a este desahucio interno, violencia?

Por encima de todo, la alegría existe y va a tratarse tan solo de ponerse en marcha para rescatarla.

Al otro lado de la enfermedad

La enfermedad me traspasa sin prácticamente un ápice de dolor. No la mía. Afortunadamente no sufro más que de una imperceptible anemia que casi hace cosquillas y unos pies congelados a diario fruto de la mala circulación que genéticamente he heredado. Algunas dioptrías me nublan la vista, pero nada más escandaloso que no consiga también este mundo en el que vivimos. Me refiero a la enfermedad global. Tanto aquella del sustantivo común comúnmente utilizado como la que te toca más de cerca porque la padece un familiar, un amigo, alguien a quien te une algún tipo de vinculo seguramente próximo al amor. Esa enfermedad tan general y concreta atraviesa mis órganos y mi cerebro como si de agua por un colador se tratase sin provocar más consecuencias que la nada.

Hoy es el Día del Cáncer Infantil y me he topado con infinidad de mensajes solidarios, vídeos de sensibilización, experiencias en primera persona, imágenes de niños pelones y guapos. Una marea de cariño hacia realidades ligadas a la angustia, el dolor, la incertidumbre y la muerte a las que llego desde la ternura que me produce la empatía pero también desde un organismo y corazón anestesiado. Supongo que la muerte de mi padre en mi adolescencia (aunque las causas no fueran oncológicas) creó en mi interior una especie de tejido protector ante experiencias similares. Mi anemia me recluye a la pasividad del agotamiento, mi ojos miopes vuelven invisible la realidad que se define borrosa y diluida; y mi sangre se estancan en las venas entorpeciendo mi circulación e inmovilizándome. Mi sitúo delante de las enfermedades como si me hablaran en otro idioma o escuchara psicofonías. Y desde el raciocinio, no comprendo.

Mi amigo Juan tiene cáncer, parientes cercanos de gente a la que quiero murieron recientemente por lo mismo y su sufrimiento llega hasta mí para colarse dentro y salir de forma inmediata. La enfermedad me agujereó en el pasado y ahora no sé relacionarme con ella. ¿Secuelas? ¿Miedo?

A pesar de esta especie de patología que parezco sufrir yo también, no quería pasar por alto un Día como éste, en el que miles de familias y niños pelean a diario contra la leucemia, buscan donantes de médula en las listas y esperanza en algún tipo de fe. No quería dejar de mirar esos rostros limpios y transparentes que con ojos abiertos como ventanas observan el mundo curiosos e impacientes por descubrir cada secreto que para ellos se esconde. Esas miradas puedo percibirlas, a pesar de la miopía y lo demás, sentir a través de ellas sus ganas y la energía intermitente de su expresión. La muerte no soy capaz de verla , pero la vida consigue rendirme a sus pies.

Fuente: http://www.pelonespeleones.com


Luna

La luna había contemplado la Tierra de cerca durante más tiempo que nadie. Tal vez había sido testigo de todos los fenómenos acaecidos en la Tierra, de todos los actos cometidos en ella. Sin embargo, permanecía en silencio, no los contaba. Cargaba con un voluminoso pasado, fría y certeramente. En ella, no había aire ni viento. Su vacío era idóneo para conservar intactos los recuerdos. Nadie podía abrir el corazón de la luna. ( Haruki Murakami, 1Q84)

Aquella noche la luna bajo hasta mi cintura y, encogiéndose como un globo triste, se agazapó en mi ombligo asustada de las tinieblas. Tantos años de volcar luz, inspirar a románticos y guiar a las feroces fieras de los bosques la habían dejado exhausta. Estaba ya mayor y no quería más sangre, más vampiros exaltados, devoradores de humanidad. No quería más ser cómplice de masacres, ni de trincheras empapadas de sudor, ni iluminar violaciones sobre frías alcantarillas urbanas.
Su compacta blancura lloraba, diluía su pureza en la invocación ahogada de los desnutridos. Su silencio estallaba en el vientre de las mujeres llenas y maltratadas pero tantos siglos de mirada impasible no soportaba más atrocidad.
Aquella noche la luna bajo hasta mi cintura y consumió sin prisa su amor irrepetible y galáctico. Desde entonces habita en mí como un secreto, mientras el holograma redondo que dejó en el cielo no es más que una estela de las remotas entrañas del universo. Una ilusión fragmentada, otro engaño.