Vivir sin piel

Fue algo cálido, templado, tal vez el pecho de mi madre o el pliegue del cuello al hombro. No lo recuerdo con nitidez pero sí la sensación de algo caliente en lo que refugiarse. Así se estremeció mi piel por primera vez, cuando el instinto de ser pequeño buscó desesperado algo a lo que aferrarse y lo salvara de lo desconocido. Algo humano a ser posible, con sangre y movimiento.

Con los años, la piel fue desapareciendo. Mis recuerdos reales, más allá de la intuición primitiva, almacenan un enorme vacío en blanco y negro con forma de objeto geométrico: un hexágono hueco, limitado y estrecho, como si se tratara de un habitaculo perfecto en el que crecí encerrada con el privilegio del contacto censurado. Un espacio donde oír, ver, hablar y no tocar. Había llegado a un mundo donde el único aprendizaje de la piel legítimo era el del sexo o la violencia; y la búsqueda de protección y ternura se había transformado en una opción implanteable para un humano que debía ser fuerte y autosuficiente.
En el proceso de hacerse grande besarse supone un paso hacia el deseo, tomarse de la mano un compromiso, y acariciar el cuerpo un irremediable gesto de lujuria.

Fue en ese punto impreciso pero cierto cuando el hombre y la mujer comenzaron a llorar en silencio con tanto cuidado y decoro que nadie apreció su lamento, su demanda de piel con piel como alimento interior.

Todavía hoy la gente disimula en los andenes del metro, en las largas colas del banco y en los restaurantes bulliciosos de un día festivo. Disimulan sin saberlo, convencidos de su felicidad, pero ocurre en todas las horas del día si decidimos mandar callar. Si nos tapamos la boca y nos encogemos en el suelo en la postura milenaria en la que durante nueve meses se gestó nuestro universo.

No importa el lugar donde estemos: en la carretera o el parque, en la esquina que dobla la avenida o la tienda de zapatos del centro. En casa en el salón o en la cama en inverno, en la ventana, el portal, en la luz roja del semáforo. Sobre la mesa de reuniones o la barra del bar. En cualquier espacio se oye si estamos atentos. Lloran los hombres, sollozan las mujeres que perdieron la piel cuando crecieron, se ahoga su cuerpo desnutrido, se descomponen las almas.

Vivir sin piel, morirse por dentro.

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