Antes y después de la huelga, el cambio real

Las huelgas están muy bien frente a las no huelgas. Por lo que implican de movilización, de cierto grado de análisis de la realidad y de deseos de cambio. Por lo que tienen de fe en algo mejor y de activismo, y porque sin duda alguna alzar la voz ante las injusticias siempre es mejor que callar y bajar la cabeza. Porque tiene un componente de unión interesante, a pesar del desuso y perversión que sufre este vocablo y porque sí, porque basta ya de silencios insostenibles.

Sin embargo, en época de cambio y transformaciones hacia no sé sabe qué. En años de desestabilización del sistema capitalista y evidente futuro incierto. En días en los que más gente se para a pensar y lanzar la mirada más allá de su ombligo, mientras abanderan discursos de solidaridad, justicia e igualdad; la acción, ahora más que nunca, sobrepasa cualquier tipo de manifestación y huelga. No prescinde de ellas, pero tampoco se acomoda en lo cómodo de no ir un día a trabajar o salir a pasear una tarde acompañados de una multitud incalculable. (Contamos con organismos y medios que por desgracia no saben contar. Contar números me refiero y dar cifras reales de estas concentraciones. Lo suyo es contar historias)

Y no estoy hablando de violencia, a pesar de que la respuesta más fácil ante el ataque violento pero sutil de este sistema que recorta en sanidad, educación, cooperación, derechos y apela al sacrificio para alcanzar un mundo mejor, sea responder con violencia. Hablo de ir más allá de las dos Españas en las que durante años seguimos instalados: “ellos y nosotros en el nuevo campo de batalla de las plazas, los medios de comunicación y ahora también las redes sociales”. Hablo de la acción coherente que tiene un impacto real e inmediato. Hablo de hechos concretos que sí tambalean el sistema, que sí cuestionan y obligan a dialogar, consensuar, ceder y buscar soluciones para la mayoría.

Consumir menos: ¿quién se atreve a gastar menos en copas, a comprar lo imprescindible o a no renovar la tecnología hasta que deje de funcionar? ¿quién es capaz de usar menos el móvil?
Reducir el poder de los bancos: ¿cuántos deciden sacar su dinero de los bancos e ingresarlo en otros más éticos que por ejemplo no financien armas? ¿o quien opta por prescindir directamente de ellos o al menos de la tarjeta de crédito?
Vivir de manera sostenible ¿cuántos reciclamos en casa, escuchamos o somos solidarios? ¿qué porcentaje de gente compra productos de comercio justo? ¿quiénes nos informamos en fuentes contrastables y tomamos la molestia que construir nuestra propia opinión?
No creernos el miedo del que se valen para manipularnos. Ser críticos y lúcidos antes que caer en la protesta ciega de la ira.

No existe el hombre perfecto, ni la mujer intachable. No hay humanos ideales que creen en ideales y construyen un mundo ideal. Pero sí humanos capaces. Porque el hombre que piensa y se mueve y realiza descubrimientos como la rueda, la imprenta o la penicilina tiene una gran capacidad, demostrada históricamente, de hacer las cosas bien y de conseguir mejoras para este mundo.

Mi intención no es el reproche, sino compartir esta reflexión personal que me lleva a mí misma a plantearme lo que hago y lo que estamos haciendo. Hacen faltan cambios, pues cambiemos. Si la transformación empieza por uno mismo, comencemos en casa, en nuestros hábitos y costumbres, aunque también salgamos a la calle para compartirlo.

Se me ocurre, nada más.

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