La niña que suspiraba más de lo normal

Por cada suspiro una nube cambiaba de forma y un vacío interno se cubría de grietas, tomaba un color tierra áspero que infectaba de polvo el órgano del corazón. Entonces tosía y volvía a suspirar. Su cuerpo la llamaba con involuntarios gestos orgánicos que buscaban alertarla para que ella parase y mirase el origen de su escozor.

Ains, suspiraba de nuevo, en cualquier parte y a cualquier tiempo. Le ocurría a menudo en las esperas prolongadas, cuando se sentaba en huecos de la pared a esperar el tranvía, también en las aburridas colas del supermercado y frente a la olla de agua que hervía en la minúscula cocina de su apartamento. Es verdad que suspiraba, seguramente más de lo previsto y a pesar de que también ella lo había notado, desconocía el motivo y pensar en él sólo provocaba más lacónicos suspiros. Ains.

Después tosía, miraba el reloj, apoyaba sus mejillas sobre los puños y recalculaba: recuerdos, tareas pendientes, llamadas sin llamar, correos electrónicos acumulados, deseos que la inmovilizaban, mal humor, un minuto, otro, una vida consumida en consumir.

Y otro suspiro.
Ains
Los vacíos agrietados y polvorientos comenzaban a chirriar.
Ains, suspira la niña que camina y gira sin movimiento.

Pasan las estaciones, se despide la luz, cruje el aliento: vacíos, abismos, tiempo. La inexistencia después, el suspiro último antes del vendaval, de sabernos muertos.

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