Ojos que lloran, corazón que no mira

Pinterest: Joanna Riquett

Todos hemos disimulado. Girado un poco la cabeza, sin que apenas se note, por la curiosidad, para volver rápidamente a la pantalla e incluso ponernos los cascos ante algún entretenido video de youtube. Ni movernos. El locutorio de la calle Toledo ha exprimido la obviedad hasta reventarla y hacerla desaparecer cuando en el minuto doce de las tres de la tarde un hombre ha roto a llorar en una de las cabinas contiguas a los ordenadores. Las lágrimas han sido sonoras como el desgarro de su dolor que le ha asaltado en mitad de su llamada para darle la vuelta a su corazón y convertirlo en agua. Pero ha dado igual. El ambiente se ha vuelto gelatina y las nubes de algodón, porque nos hemos vuelto niños en la sala y no hemos sabido donde mirar.

Tenemos un bebé dentro, escondido, maltratado, devorado por la sociedad. Pero se revela, estalla y nos mancha las manos ante la imperturbabilidad del adulto. Del mundo mayor de pegamento.

Violencia o qué

Si con minúsculos incidentes como que te roben el móvil en el metro o tengas que someterte a los rígidos dictámenes de las compañías telefónicas, la agresividad se dispara de un modo relevante, me resulta fácil pensar en la ira y la violencia que mueve a muchos por el mundo. Los que son en definitiva, víctimas de la injusticia. Comprendo la violencia, absolutamente, y aunque no por ello la justifique como vehículo hacia ningún fin, lo más natural del mundo es que aflore cuando el ataque es evidente o incluso pase desapercibido.

Como seres de la naturaleza que somos, estamos bien capacitados para reaccionar ante el peligro de la selva, ya sea la selva un frondoso vergel silvestre, hábitat confortable de animales salvajes; ya sea una sociedad infectada de cabrones/as. Sólo difiere la forma que alberga un mismo contenido.

El sistema me somete a una vida precaria, sin oportunidades, con una violación atroz a los valores fundamentales, me ahoga, engaña y se ríe de mí en mi cara. Si ante este sutil sometimiento nuestro cuerpo no reaccionara estaríamos verdaderamente muertos. De ahí el fuerte interés por alinearnos, entretenernos y acobardarnos orientado a convertirnos en marionetas o zombies, a gusto del consumidor.

Estoy furiosa, mucho. Tanto como asombrada de que todavía la mayoría de los pensantes, tomemos aire y busquemos caminos pacíficos y conciliadores para plantear otra historia, y de conseguir que la ira que nos supura en la sangre no consiga estallar fuera, ni tampoco dentro de nosotros. Me robaron ayer el móvil, pero no es el móvil lo que me robaron, sino mi privacidad: mis fotos, contactos, teléfonos, mails… con la misma suavidad y sutileza con la que también el estado nos roba. Nadie nos dimos cuenta en tan sólo 4 paradas de metro de quién deslizó su mano en mi bolso hasta alcanzar el teléfono y alejarse tranquilamente. ¿Por qué? seguro que sobran las razones, pero ni una sola me vale.
Estoy harta de ser víctima de situaciones estúpidas como la que os describo y de otra gran retahíla imperdonable.

Pero para mí, lo más grave: la impunidad, la normalización y la banalidad. “Mujer, tampoco es para tanto, es normal que roben en el metro y por las calles. Todos los días pasa” Ah… pues entonces, nada más que hablar.

Sobre movistar escribo otro día…

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Compartiendo, sobra

Ya lo sabía desde hace tiempo y, aunque intenten hacérnoslo olvidar, yo consigo tener experiencias demostrables cada mes que me lo recuerdan y regalan una pequeña satisfacción de que se puede. Se puede vivir de otra manera. Tal como viene a enseñarnos la parábola del evangelio sobre los panes y los peces, y dejando al lado mi agnosticismo: compartiendo, sobra. Dos mentes juntas piensan más y mejor y construyen lo inconstruible por uno solo.

Hoy vengo a hablar de la iniciativa de Desayunos Ciudadanos que llevamos desarrollando en Madrid desde hace año y medio. Con ella promovemos el uso de la ciudad como un lugar de encuentro, más allá del uso de las calles como espacio de tránsito o consumo. Reinventamos las plazas, los parques, y los rincones olvidados como lugares del ciudadano en los que reunirse a compartir. Sí, compartir exclusivamente. Cada uno se acerca al punto de encuentro con una aportación culinaria para el desayuno, una taza y muchas ganas de conocer a otra gente con la que relacionarse. Sí, relacionarse: hablar sin teléfono móvil, ni banda ancha de internet. Interactuar con desconocidos sin una gota de alcohol de por medio u otras sustancias deshinibidoras. Mirar a la cara al de enfrente y escuchar, responder, preparar un pastel de crema para no sabes muy bien quién.

Cada mes son más los que se animan a esta iniciativa natural y espontánea que en el mundo que vivimos supone algo exótico y extraño. Jóvenes, ancianos que pasean y niños disfrutan de esta reunión intergeneracional que da una prueba más de que las cosas se pueden hacer de otra manera. Pero si ponemos sobre la mesa valores como la solidaridad, la unión, el respeto, la colaboración y la alegría… ¿Qué nos queda? un movimiento hacia una sociedad nueva. ¿Le interesa eso a los que gobiernan, sean los unos o sean los otros? Es obvio que no.

Pues a nosotros no nos importa. El mes que viene más.

M de Motivos

Mis 15 Motivos para salir a la calle, que también pueden ser los tuyos:

1. Porque la actividad es siempre mejor que la pasividad y salir a reivindicar justicia implica un proceso de observación de la realidad, toma de conciencia, energía para cambiar las cosas y fe en conseguirlo. Valores nada despreciables en esta sociedad dormida. Salir es moverse, pensar por uno mismo y unirse, más allá del borreguismo.

2. Porque no queremos tener miedo: ni a la represión policial de un movimiento pacífico, ni a las amenazas de las consecuencias de la crisis, ni a perder el trabajo o no encontrarlo, ni al poderoso que manipula y oprime.

3.Porque rechazo la mentira del futuro que se le prometió a mi generación: la más preparada de España y la más abandonada. ¿dónde están las oportunidades, el trabajo, el sueldo y las condiciones dignas y la vivienda? ¿Qué fue de nuestros derechos?

4. Porque invertí mi tiempo, esfuerzo y dinero en formarme, estudiar idiomas, salir al extranjero, trabajar sin cobrar y todos cuántos requisitos pedían para un puesto de trabajo y a mis 31 años, el sistema me hace creer que si no tengo empleo es porque no valgo o no hago lo suficiente. Roban mi dinero y me anulan y convierten en monigote para hacer conmigo lo que quieran. Eso, ya se terminó.

5. Porque creo en los niños y en una educación transformadora de la sociedad que hace crecer en valores y construye un mundo mejor. Lo creo desde lo más profundo y éste no es el camino.

6. Por solidaridad. porque si uno puede pensar que está puteado, sobran números para contar quién está mucho peor: cerca, lejos y más allá. ¿Recortes en cooperación? Qué se mueran los pobres. ¡¡¡Pues no!!!

7. Por el ejemplo, de jóvenes que creen en un cambio sin violencia y lo expresan en discursos y demuestran en las calles. No responder con violencia a la violencia invisible y sutil que sufrimos es de ser unos campeones. Que hay focos de violentos? ¿Quién pega a quién? Son respuestas puntuales que en absoluto definen este activismo y que sólo desvían la atención. Millones de personas bailan y vitorean justicia, frente a un ínfimo número de exaltados que habría que analizar.

8. Por el pasado en el que tantos y tantas valientes lucharon por conseguir derechos que se han mantenido hasta hoy (de momento): el voto de la mujer, derechos laborales, etc, etc. Los que se movieron por una transformación merecen tampoco nosotros nos callemos.

9. Por el futuro de los que vienen. Porque si alguna vez tengo un hijo, haré lo imposible por acompañarlo en su crecimiento hacia una persona con valores y ofrecerle una sociedad en la que desarrollarse con todos sus derechos básicos garantizados.

10. Por el género humano capaz de las más abominables atrocidades y los actos más maravillosos. Nos sobra perversidad, tortura, guerra y agonía; tanto como nos sobra humanidad, solidaridad, empatía, generosidad, cariño. Hagamos de una vez por todas una apuesta por lo último.

11. Por los extranjeros. Porque no tolero que ningún amigo/a marroquí, rumano o polaco deje de ser atendido en un hospital por venir de lejos. ¿Y los europeos? Esos no son inmigrantes.

12. Porque soy mujer y protesto. Me revelo ante toda decisión que si perjudica al resto a nosotras siempre mucho más. Porque exijo igualdad de oportunidades, de tratamiento y de derechos que los hombres. Porque yo soy quién decido y nadie me impone con su ley qué hago con mi vida.

13. Porque mi dinero no es para financiar armas, ni especular, ni para que los bancos me cobren si decido sacarlo y estrujen mis míseros euros para su riqueza.

14. Porque la política no es esto. Dos partidos eternamente enfrentados: estúpidos, absurdos y canallas. Cerrados y cegados por el ansia de poder, incapaz de formentar el pluralismo de voces o de unirse para buscar soluciones porque lo importante son las personas. Esta no es la política que quiero, ni los partidos, ni las maneras.

15. Por mí misma, porque si me respeto, respeto y quiero que los demás se respeten, no podemos quedarnos quietos. ¿Es esto lo que merecemos?

Creo que no es necesario dar más motivos. Aunque los haya.

Ir a Sol es de retrasado mental

Fuente: http://periodismohumano.com

Anoche Sol puso luz a las tinieblas de la noche y el cuerpo de seguridad, que da la vida para protegernos si es necesario, orden y control sobre el caos. Pero, ¿qué caos? Llegué a la manifestación “cuando cerraban” como diría mi amigo puche29, pasadas las 12.00 de la noche y el ambiente tranquilo y festivo llegó a sorprenderme. Una fila de policías se alineaba en la pared de la izquierda de la calle Carretas, según bajas desde Jacinto Benavente y otros tantos hacían lo mismo al rededor de la plaza. Quietos e impasibles nos observaban como estatuas de un jardín botánico sin el mínimo atisbo de violencia. Al menos, eso es lo que yo vi a esas horas de la noche. Un importante núcleo de gente se reunía en centro bailando al ritmo de una batukada y vitoreando alguna que otra frase pegadiza: “Vuestra crisis, no la pagamos”. Poco más: más gente sentada en círculos en el suelo, charlando tranquilamente como si el áspero asfalto del pavimento se hubiese convertido en un confortable parque más. Recorrí la plaza ilusionada. Era bonito ver a tantas personas tan diferentes, a esas horas de la noche, reunidas por una misma causa, luchando y creyendo en otra sociedad posible y reivindicando justicia desde el más absoluto pacifismo. La indignación que se escuchaba, a pesar de la carga de rabia de las palabras, había pasado el filtro de la cordura y se lanzaba bajo un tono musical.

Pero sobre las 4 de la mañana, la situación dio una vuelta de campana. El grupo de policías cercó la plaza y comenzó a expulsar a la gente, no hasta las inmediaciones del recinto, si no bastante más allá. Fueron empujando hasta acorralar a la gente en la acera de la plaza Jacinto Benavente y mandarla salir en dirección Atocha o Tirso de Molina. Yo no estaba allí pero Alberto Sicilia sí y fue uno de los desalojados e innecesariamente insultados y humillados. ¿Por qué? Me indignación se multiplica y corroe hasta el infinito. ¿Con qué derecho nadie tiene el poder de provocar el llanto? 

Con este post sólo quiero difundir la historia de este chico. Unirme a su voz y contarlo, indignarme a su lado y solidarizarme con su dolor.

¡¡¡Basta ya de injusticias!!!

Vivir para morir

Esta foto es de ayer. Ayer domingo, cuando por Madrid por fin asomaba el buen tiempo y muchos nos lanzábamos a la calle a disfrutar de un paseo, una cerveza al sol, o la compra de algún caprichito en el rastro. En este lado del mundo donde el Mediterráneo es un gran mar templado y las orillas un borde desde el que mirar el horizonte e imaginar el fin de la crisis, es sencillo olvidar quién vivirá al otro lado, si es que vive alguien. Urgente e imprescindible olvidarnos.

La imagen es de ayer, porque fue ayer cuando el fotoperiodista Gervasio Sánchez se cruzó en mi tiempo de ocio y me ofreció el panorama devastador de la guerra y la abominables hazañas del hombre. Las activas y las pasivas. Estas niñas agonizan en un orfanato, infectadas de cólera, y poco tiempo después del relámpago de luz del flash que las inmortalizó, exhalarían su último aliento. No lo supongo yo, lo cuenta su autor en los textos que acompañan la exposición dónde esta foto se exhibía junto a otras de tremenda realidad.

Cuando viajé a los campamentos de refugiados saharauis con el fin de recoger la experiencia humanitaria de los sanitarios del hospital en el que trabajaba, la sacudida interna que sufrí me posicionó inevitablemente en el mundo de un modo diferente. Supe que si había elegido contar historias, contaría aquello que se cuenta en voz baja o que es mejor no mencionar. No podía creer que aquella gente viviera en el desierto en tales condiciones y que al mundo no le importara. No sólo al mundo, ni siquiera a los españoles cuyo pasado los unía a los saharauis como parte de su historia. ¿Pero eso dónde está? me preguntaba algunos al volver. Y yo caía en la tentación de explicar no dónde estaban ellos, sino nosotros. Porque España, Europa y los países ubicados en el primer mundo, somos la excepción. La burbuja que flota sobre el resto de los continentes con una prepotencia asumida e insoportable. Nosotros estamos aquí y somos los raros. Los normales son ellos. Los que se mueren de hambre, son víctimas de conflictos y guerras de interés económico, por cierto, provocada por nosotros. Ellos están ahí, mira, en el resto de todo el mundo: en África, Latinoamérica, los Balcanes… Son mayoría.

Estas niñas murieron de cólera. Otras tantas fueron violadas, maltratadas, vendidas. Y pasó ayer, como os digo, pero también pasa ahora. En este minuto de lectura tuyo y de contacto con el teclado mío. Si nos paramos a lo mejor se escucha el lamento, el desgarro, la tortura y la desesperación.

¿Un artículo para sentirnos culpables? Aunque suene indecoroso, tal vez sí, porque ¿somos o no culpables?

Desoñadora

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Más allá de lo onírico, no tengo sueños. Me he convertido en víctima de una aplastante tristeza que ha ido haciendo efecto gota a gota, como un suero que alimenta las venas hasta infectarlas. El bombardeo de la crisis ha conseguido su efecto devastador y ha transmutado mi mente y mi piel en algo que jamás desee ser, o que tal vez fui siempre y nunca tuve conciencia. Se ha instalado en mí la desesperanza, la desidia y el nihilismo y aunque la responsabilidad la tiene buen número de factores de ahí fuera, he caído en la trampa de convertirme en víctima de mí misma.

Es el desempleo, la corrupción, la injusticia, el desamor y la lluvia, pero principalmente soy yo. Las dimensiones de tal tiroteo han agujereado mi hígado, mi pancreas y mi corazón y si te asomas al interior, sólo se vislumbra un humeante paisaje de guerra: el campo templado de fosas comunes y ruinas. Son tantas muertes ya las que se acumulan.

Han vencido ellos.
Y mis escombros arden en los basureros.