La verdad escondida en el centro del corazón

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Tal vez sea tiempo de uno, de cómodos recovecos en los que tenderse con las entrañas en las manos a mirar al cielo. Tiempo de elefantes que se alejan con su arrastrado caminar pesado hacia el claro más helado del bosque para tumbarse y morir. Días de fósiles en el suelo, de océanos comprimidos en el ombligo y tierra en el paladar. Han llegado las horas herméticas del pensamiento, de la mirada oblicua hacia el corazón y la forma que tenemos por dentro.

Tal vez la vida nos salve de abismos circulares, del miedo encalado en la pared y las máscaras de media sonrisa. Que los caminos se desdibujen y creen senderos más rectos aunque para ello haya que buscar nuevas brújulas y rehacer el equipaje. La vida nos salva a veces y nos conduce al único trazo auténtico: el que nos desvela el sonido inapreciable de nuestra identidad y nos exige reconocernos. Escucharnos, mirarnos, rescatarnos y amarnos de una vez por todas y para siempre hasta el átomo más oscuro de nuestro ser que palpita y grita desde el inicio de los tiempos. Sólo entonces vendrá el tiempo de otros, cuando uno sea uno sin egoísmo ni vanidades, sin más sentido que el valor ancestral del amor. Entonces habrá hueco.

Rescatada por el europríncipe azul

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Que te digan que van a rescatarte suena muy romántico, no me digáis que no. ¿O acaso lo primero que se os viene a la mente cuando escucháis este concepto no es un intrépido héroe a caballo blanco dispuesto a salvar de las llamas a la hermosa doncella que grita desde su almena? A lo mejor sólo soy yo que con mi imaginación se me va la olla. El caso es que me temo que desde este fin de semana la palabra rescate vendrá asociada a un sinfín de matices confusos nada que ver con los finales felices de los cuentos. Los de “y fueron felices y comieron perdices”, aunque perdices algunos sí comerán, de eso no cabe duda. Ya me imagino a unos cuantos magnates de la banca desatando su furia roja en la Eurocopa mientras brindan y eructan elegantemente por la inyección de euros que van a recibir.

Yo que de Economía entiendo lo justo, comprendo do lo suficiente para saber la estafa retroalimentada a la que estamos sometidos con el tema de la banca, las finanzas, el rescate y alguna palabra mal sonante que lucho por retener. Pero claro, es lo que tenemos si queremos vivir así, en un sistema neoliberal donde lo único que importa es consumir consumir consumir sin que ni siquiera importe si tienes dinero o no. Los bancos especulan, gastan el dinero que no tienen, dejan de poner en circulación crédito y como resultado en vez de pedir responsabilidades, sancionar y hacer justicia, se les premia rescatándolos de su catástrofe con la redonda cifra de 100.000 millones “en condiciones muy favorables”. ¿Cuánto dinero era el que hacía falta para acabar con los niños españoles que viven en el umbral de la pobreza?

Si hubiese que nombrar a la número uno en incapacidad de comprensión numérica, levantaría la mano sin pudor, mis dificultades con el cálculo las tengo asumidas desde hace tiempo. Porque al final las cifras son lo de menos, pues se convierten en cantidades incalculables que se terminan por verse como un monstruo abominable imposible de controlar. No hace falta ser experto económico para entender de justicia, irresponsabilidad y tiranía. 

Para saber que la historia se prolonga por los siglos de los siglos y mientras los ricos siguen con su despotismo haciendo lo imposible por ser más ricos, los pobres continúan deslizándose hacia una pobreza evitable coloreada de eufemismos. Si queremos capitalismo, esto es el capitalismo.

La maldición de perder el tiempo

El otro día recordaba un movimiento que descubría hace unos meses el cual invitaba a que tu vida tomara un ritmo más lento. La filosofía slow te rescata de la maldición de que no hacer nada es perder el tiempo y perder el tiempo es ser un vago, y ser un vago no ser productivo y por tanto un inútil para la sociedad.

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Hablar de robots sigue pareciendo cosa del futuro o de alguna historia virtual. Me viene ahora a la mente el viejo personaje cortocircuito, nostalgia de los ochenta, o el entrañable wall-e enamorado. La imaginación nos arrebata de un golpe la idea de que los humanos nos estemos convirtiendo en autómatas y nos traslada a la idea romántica del robot con sentimientos. Me asusta esa programación a la que nos hemos abandonado en la que todo tiene que activarse a la hora prevista y no cesar hasta agotar las fuerzas. Vida mecánica, relaciones vertiginosas, espíritu colmado de vacíos. Pensaba en esto cuando retomaba la conversación con una amiga sobre la pérdida de tiempo y lo penalizado que anda esto cuando se trata de estar en este mundo de acá (distinguiendo el allá en otras culturas)

Me pregunto por qué corremos, qué prisa tenemos en comer, caminar, llenar nuestro calendario de actividades y aprovechar, aprovechar el tiempo. Supongo que pararse a respirar, detectar tus emociones, las sensaciones de fuera y de dentro, reflexionar, descansar, soñar o simplemente estar resulta inconcebible por no entender para que sirve. La no acción es aburrida e incomprensible y seguramente hasta molesta. ¿Huimos? ¿A dónde queremos llegar?

Una reflexión que comparto.