Tiempo de sombras

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Cuando salió a la avenida nadie le avisó de que llovía con la suavidad redonda de las caricias. Y aunque no le importó demasiado recordó su paraguas gris que le hubiera albergado de la humedad triste del asfalto que siempre le helaba las manos y hacía cosquillas en las mejillas. 

Extendió al cuerpo y reconoció a su sombra en los escaparates de todas las tiendas, que la esperaban tranquilas entretenidas en diversas tareas realizadas con descuido. Algunas hacían muecas tras los cristales riéndose de sí mismas, mientras otras se agazapaban en el suelo haciéndose las dormidas, otras leían los relatos cortos de Cortázar o enviaban mensajes por móvil a la sombra que nunca serían.

La chica sonrío sin levantar la vista, inventando una torpeza de no haberlas reconocido y cuando se dispuso a pasar de largo entre el último rumor de la lluvia, sus sombras, todas en una, reaccionaron, temerosas de perder a la sangre y la piel que les daba vida. Escaparon de un salto de los edificios hasta llegar a su dueña impacientes por el abrazo que les devolvería al color. Por la espalda la asaltaron, en la última esquina, y con un tirón de pelo la reclamaron cantando su canción favorita. La chica concluyó el juego en un giro en espiral, un gesto involuntario y preciso que ahuyentó el temor de la tormenta y derramó de nuevo la claridad sobre las baldosas.

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