Días raros y pronunciados

En los días raros los tejados invierten la lluvia para devolverla al cielo y el brillo agujerado de esperanza se suspende indefinidamente sobre las antenas en una burbuja desdibujada de fe. Entonces el aire retiene las gotas para dar paso al polvo abrasador del verano que se cuela en los ojos, escuece y araña con sutileza la piel. El cuerpo vuelve a casa herido, las manos ásperas y el espíritu doblado como papiroflexia en una pajarita inerte y diminuta que se descompone en virutas de tristeza. 

En los días raros hay música que juega a despistar, a lanzar al aire preciosos recuerdos para que escojas cualquiera mientras una mano se alza al azar y la otra esconde la mirada. Tomas varios con los dedos como mentiras que se convierten en agua hasta que la canción vuelve a empezar para repetir el juego. Imágenes desnudas girando en remolino dentro de un agujero negro.

Y la gente ya es nadie, y los nadie estrellas fugaces y tú sólo un grado bajo cero que tararea en silencio.

Para qué cambiar

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La certeza de que nunca somos los mismos entra en contradicción con mi convencimiento de que la gente no cambia. Cuántas veces habremos escuchado esta sentencia: “Qué va Sandra, la gente no cambia” y yo no del todo convencida asiento con la cabeza y termino por dar la razón. Son muchos los ejemplos de personas que siguen prácticamente iguales a como las conocí hace tiempo, pero también se me ocurren ejemplos de otras que se trasfomaron y dieron matices nuevos a su vida que les aproximaron a la felicidad. 

Entonces… ¿Podemos cambiar? Cada vez me acerco más a la idea de que sí que podemos hacerlo: cambiar de opinión, de hábitos, de hobbies, de gustos, de personas que queremos cerca, incluso hasta de sentimientos, sensaciones y rasgos del caracter. Claro que podemos transformarnos y parecernos más a quienes nos gustaría ser. Eso no quita que también tengamos que hacer el trabajo de la aceptación, pero no tanto de quienes somos, sino de lo que nos hicieron ser. Esas circunstancias, casuales o no, que nos tocó vivir en la vida desde que se formó nuestra primera célula. La familia donde nacimos, las condiciones sociales, el contexto histórico, la educación y valores transmitidos, las experiencias profundas o superficiales, lo que nos dañó y también nos regaló alegría. El trabajo de aceptación de todo esto es tan titánico como inevitable si se pretende subir un escalón más hacia la evolución de uno mismo. ¿Quién está dispuesto a pagar el coste? ufff…. sólo quien tenga la verdad interna de que la recompensa merece la pena.

¿Cuándo cambiamos? Seguramente cuando nos toque y no cuando nos gustaría. Es posible que haya quién nunca lo haga porque la vida no le puso la determinación de hacerlo o no obtuvo la fuerza y capacidad suficiente cuando llegaron las oportunidades.

Asumir nuestro pasado, estar dispuesto a cambiar lo que nos llevará a ser mejores con nosotros mismos y con los demás, y de este modo, vivir más felices; y cuidar esa parte inmutable que todos posemos que podemos llamar el niño/a que llevamos dentro, alma o cómo nos sintamos más cómodos nombrándolo, pero que sin duda alguna está relacionado con la espiritualidad (aunque a muchos nos rechine la palabra) se configuran como pilares clave para tener una vida plena.

Lo digo yo sin ninguna verdad suprema, sin intención de domésticar a la masa o posicionarme como iluminada, pero cuando una vivencia desencadena pensamientos enredados a una intensa intuición me gusta plasmarlos para darle forma y si resulta algo interesante compartirlo.

Lejos de teorizar os invito a aparcar el intelecto y empezar a sentir. El descubrimiento que hay detrás no cabe en una explicación. Algunas cosas sólo existen cuando se experimentan.

Equilibrios

Anoche perdí el equilibrio cuando entre rumores de campanas me concentraba en el punto fijo de las torres de la Alhambra en antiguas posturas de yoga. Un enclave único me arropaba con la fragancia del aire templado de los pinos y la esperanza de un horizonte verde. En un Carmen del Albaicín escuchaba atenta las indicaciones de una clase de yoga exclusiva que te invitaba a conectar el cuerpo con la mente, el entorno y el corazón. Tan sencillo como complejo conseguir este doloroso equilibrio.

Los ojos en los frondosos árboles que rodean las almenas árabes, la mente en las indicaciones en inglés del profesor, el corazón derritiéndose como el calor pesado de un día de verano antes de la tormenta, mis músculos resentidos y el aire abrazándome, tal vez con la compasión de quien acoge a un pájaro herido.

Las manos al cielo y el mundo rodando a mis pies. El miedo, el amor, la nostalgia, la libertad y la gratitud arrullados en mi garganta que respiraba al ritmo pausado del espíritu nuevo que ando estrenando. El equilibrio imposible me desafiaba en posturas de profunda concentración y aunque caía, volvía a intentarlo porque así me lo recitaba el mundo en letanía de ermitas y trinos, en palabras que sólo yo sabía escuchar.

El atardecer me trajo sílabas en sanscrito, suspiros y una inexplicable sensación de paz. El equilibrio es imposible hasta que encuentras el gesto justo y sutil que detiene la sangre para convertirla en savia. Entonces el mundo deja de rodar y el paso no necesita ya ser firme, porque vuelas.

Volver

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De las noches de verano me gusta escribir al volver a casa, tras un paseo que bordea farolas azules y me invita a redondear la luna con el dedo mientras juega a esconderse entre los discontinuos tejados del cielo. Cuando el aire por fin llega fresco para recordar en un baile bajo la ropa que Granada es una ciudad de invierno.

El silencioso momento de los espíritus en el que el mundo gira vertiginoso y tu caminar se vuelve lento y pausado, como una escena de cine al aire libre donde la chica se gira a cámara lenta entre el frenesí inconsciente de la vida que se precipita a su alrededor. Así hago el camino. Igual que el astronauta que explora la luna con un flotante paseo. Doy un paso y otro. Respiro mi infancia en las calles del centro, los helados del Mc Donalds, el olor a la guardería en la que jugaba a trepar montañas de neumáticos, en la luz lánguida de las ventanas del colegio, el primer beso en el portal, las melodías de los dieciocho, el tiempo. La vida asomándose a los ojos como diapositivas antiguas con Sandra niña dentro, Sandra adolescente, Sandra Universidad y un millón de Sandras que vienen a enredarse en su nuevo cuerpo y reclamar su trozo de identidad.

Así vuelvo al origen, enredada en el verano pegajoso de agosto que hiela las manos y hiere el pulmón izquierdo que protege el corazón. Con el sabor a canela del pasado y el olor a nueces de septiembre. Regreso, transparente, para dejarme querer. Para extender las raíces y elevarme como un árbol, alto e inabarcable.