Para qué cambiar

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La certeza de que nunca somos los mismos entra en contradicción con mi convencimiento de que la gente no cambia. Cuántas veces habremos escuchado esta sentencia: “Qué va Sandra, la gente no cambia” y yo no del todo convencida asiento con la cabeza y termino por dar la razón. Son muchos los ejemplos de personas que siguen prácticamente iguales a como las conocí hace tiempo, pero también se me ocurren ejemplos de otras que se trasfomaron y dieron matices nuevos a su vida que les aproximaron a la felicidad. 

Entonces… ¿Podemos cambiar? Cada vez me acerco más a la idea de que sí que podemos hacerlo: cambiar de opinión, de hábitos, de hobbies, de gustos, de personas que queremos cerca, incluso hasta de sentimientos, sensaciones y rasgos del caracter. Claro que podemos transformarnos y parecernos más a quienes nos gustaría ser. Eso no quita que también tengamos que hacer el trabajo de la aceptación, pero no tanto de quienes somos, sino de lo que nos hicieron ser. Esas circunstancias, casuales o no, que nos tocó vivir en la vida desde que se formó nuestra primera célula. La familia donde nacimos, las condiciones sociales, el contexto histórico, la educación y valores transmitidos, las experiencias profundas o superficiales, lo que nos dañó y también nos regaló alegría. El trabajo de aceptación de todo esto es tan titánico como inevitable si se pretende subir un escalón más hacia la evolución de uno mismo. ¿Quién está dispuesto a pagar el coste? ufff…. sólo quien tenga la verdad interna de que la recompensa merece la pena.

¿Cuándo cambiamos? Seguramente cuando nos toque y no cuando nos gustaría. Es posible que haya quién nunca lo haga porque la vida no le puso la determinación de hacerlo o no obtuvo la fuerza y capacidad suficiente cuando llegaron las oportunidades.

Asumir nuestro pasado, estar dispuesto a cambiar lo que nos llevará a ser mejores con nosotros mismos y con los demás, y de este modo, vivir más felices; y cuidar esa parte inmutable que todos posemos que podemos llamar el niño/a que llevamos dentro, alma o cómo nos sintamos más cómodos nombrándolo, pero que sin duda alguna está relacionado con la espiritualidad (aunque a muchos nos rechine la palabra) se configuran como pilares clave para tener una vida plena.

Lo digo yo sin ninguna verdad suprema, sin intención de domésticar a la masa o posicionarme como iluminada, pero cuando una vivencia desencadena pensamientos enredados a una intensa intuición me gusta plasmarlos para darle forma y si resulta algo interesante compartirlo.

Lejos de teorizar os invito a aparcar el intelecto y empezar a sentir. El descubrimiento que hay detrás no cabe en una explicación. Algunas cosas sólo existen cuando se experimentan.

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