Días raros y pronunciados

En los días raros los tejados invierten la lluvia para devolverla al cielo y el brillo agujerado de esperanza se suspende indefinidamente sobre las antenas en una burbuja desdibujada de fe. Entonces el aire retiene las gotas para dar paso al polvo abrasador del verano que se cuela en los ojos, escuece y araña con sutileza la piel. El cuerpo vuelve a casa herido, las manos ásperas y el espíritu doblado como papiroflexia en una pajarita inerte y diminuta que se descompone en virutas de tristeza. 

En los días raros hay música que juega a despistar, a lanzar al aire preciosos recuerdos para que escojas cualquiera mientras una mano se alza al azar y la otra esconde la mirada. Tomas varios con los dedos como mentiras que se convierten en agua hasta que la canción vuelve a empezar para repetir el juego. Imágenes desnudas girando en remolino dentro de un agujero negro.

Y la gente ya es nadie, y los nadie estrellas fugaces y tú sólo un grado bajo cero que tararea en silencio.

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