Biodanza o cómo llegar hasta uno mismo

13 guapas me han observado hoy en un círculo de miradas sin edad que mecían en sus pestañas el instinto más genuino de ser mujer. En los semáforos, la nieve invisible se cristalizaba en los parpadeos de la luz verde y naranja del penúltimo día de un noviembre herido de precipicios. Ajeno a nuestro acontecimiento.

13 rostros hermosos han desecho su tristeza con las manos en un baile de abuelas ancenstrales, de besos sentidos y abrazos de agua. Danzando ellas y danzando yo hemos retornado al impecable útero de nuestro origen, al pálpito invencible del amor. Porque amar es tan sencillo como un giro limpio y desnudo que envuelve, como un grito abrasador que termina por arrasar con todas las catástrofes del mundo.
Con la certeza del sol entre los labios nos hemos amado sin darnos cuenta, desde la intuición murmurada de la Naturaleza que respira oculta en las ocultas selvas del corazón.

Desterrada la palabra, el cuerpo ha inundado el espacio más allá de los espejos y el gesto correcto, de la perfección coloreada de carmín. Con pájaros en las manos, nos hemos reconocido por fin en un reencuentro de ojos cerrados hacia el epicentro de nuestro propio centro donde la libertad aletargada nos ha mostrado de nuevo el camino. Ese del que venimos pero en el que un día alguien cambió las señales de sitio.

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Perder la fe

Cuando perdió la fe no supo donde mirar. Sintió ganas de bajar sus ojos al suelo hasta difuminar las baldosas en lágrimas y convertirlas en un charquito de templaza. No es que la chica hubiese dejado de creer en Dios, incluso había llegado un punto en que empezaba a invocar divinidades, se trataba de que había perdido toda credibilidad en quién hasta entonces más verdad había encerrado. Alguien humano, humanizado e idealizado, que sólo le había devuelto desesperanza.

Aquella revelación se pareció durante segundos al implacable estallido de cuervos en la noche, cuando se alejan gritando a las tinieblas en un estridente lamento forzado. Dejar de creer en quien tanto había amado le dolió más que muchas otras cosas que ya le habían destrozado, más que la condena de no mirar atrás, más que la decepción de la realidad, más que las grietas en los labios. Le dolió tanto que no supo donde mirar porque ni siquiera el suelo amparaba su llanto, ni el viento, ni el personaje mentiroso que la espiaba en la distancia como una sombra manchada de sal.