Perder la fe

Cuando perdió la fe no supo donde mirar. Sintió ganas de bajar sus ojos al suelo hasta difuminar las baldosas en lágrimas y convertirlas en un charquito de templaza. No es que la chica hubiese dejado de creer en Dios, incluso había llegado un punto en que empezaba a invocar divinidades, se trataba de que había perdido toda credibilidad en quién hasta entonces más verdad había encerrado. Alguien humano, humanizado e idealizado, que sólo le había devuelto desesperanza.

Aquella revelación se pareció durante segundos al implacable estallido de cuervos en la noche, cuando se alejan gritando a las tinieblas en un estridente lamento forzado. Dejar de creer en quien tanto había amado le dolió más que muchas otras cosas que ya le habían destrozado, más que la condena de no mirar atrás, más que la decepción de la realidad, más que las grietas en los labios. Le dolió tanto que no supo donde mirar porque ni siquiera el suelo amparaba su llanto, ni el viento, ni el personaje mentiroso que la espiaba en la distancia como una sombra manchada de sal.

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