Biodanza o cómo llegar hasta uno mismo

13 guapas me han observado hoy en un círculo de miradas sin edad que mecían en sus pestañas el instinto más genuino de ser mujer. En los semáforos, la nieve invisible se cristalizaba en los parpadeos de la luz verde y naranja del penúltimo día de un noviembre herido de precipicios. Ajeno a nuestro acontecimiento.

13 rostros hermosos han desecho su tristeza con las manos en un baile de abuelas ancenstrales, de besos sentidos y abrazos de agua. Danzando ellas y danzando yo hemos retornado al impecable útero de nuestro origen, al pálpito invencible del amor. Porque amar es tan sencillo como un giro limpio y desnudo que envuelve, como un grito abrasador que termina por arrasar con todas las catástrofes del mundo.
Con la certeza del sol entre los labios nos hemos amado sin darnos cuenta, desde la intuición murmurada de la Naturaleza que respira oculta en las ocultas selvas del corazón.

Desterrada la palabra, el cuerpo ha inundado el espacio más allá de los espejos y el gesto correcto, de la perfección coloreada de carmín. Con pájaros en las manos, nos hemos reconocido por fin en un reencuentro de ojos cerrados hacia el epicentro de nuestro propio centro donde la libertad aletargada nos ha mostrado de nuevo el camino. Ese del que venimos pero en el que un día alguien cambió las señales de sitio.

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