Amante es el que ama

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Las personas están hechas de personas y ahora que a final de año parece inevitable no echar la vista atrás para ver qué fue de nosotros durante estos doce meses, sonrío al mirar entre mis huesos y encontrar, repartidos por mi interior, a un montón de gente sin la que, sin duda alguna, no habría podido sobrevivir a este año de mareas (y mareos).

El amor, del que tanto me gusta hablar, nos lo enseñan mal. Como tantas otras cosas. Se olvidan de contarnos que el amor no es cosa de una persona, ni siquiera de dos, si no de muchos nombres propios que pasan por tu vida de manera fugaz para enseñarte o para tomarte el brazo y no soltarte en mucho tiempo. Viene de fuera, de los que te quieren de forma espontánea, de los que aprenden a quererte y también de los que no saben cómo hacerlo. Llega de mil lugares para sostenerte: de la tierra, de la luz, de lo invisible y de lo más inapreciable que tenemos dentro.

En un año de desamor, de bombardeos internos, sabotajes, violaciones, verdades inconcebibles y mapas falsos, puedo decir que despido diciembre con la sensación de haberme sentido amada hasta límites que nunca se me habrían ocurrido. Sobrevivo a un naufragio en el que encontré no sólo troncos a los que agarrarme, no sólo botes salvavidas, sino buques, yates, helicópteros y submarinos dispuestos a sacar el salitre que me ahogaba y mostrarme el azul del cielo que se abría ante mí.

En estos doces meses he crecido cien años y porque no lo he hecho sola y son muchos los que me han salvado, quiero dar las gracias. En público, sí, porque lo merecen y porque toda historia de amor debe ser contada siempre.

Mis amantes de 2012: Mi familia, Maite, Inma, Celia y su madre, Pepe López, Marina, Teresa, Vero, Anand, Suresh, Graci, Cris, María, Álvaro, Raúl, Ana, Daniel, María y Lucía Miret, Pepe Madariaga, Tucho, Alba, Sergi, Davide, Manuela, Carolina, Blanca, Enka, Javi, Rebeca, María José, Lucía, Javier, Pepe Torres, Armando, Rocío, Maribel, y muchos otros nombres que en algún momento podrán ser pronunciados.

Feliz todo, ni Navidad ni fechas concretas. Feliz cada día.

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Anand, el nombre de la alegría

La alegría está en Anand como la luz está en el sol y la luna redonda acurrucada en su ombligo. La galaxia de su cuerpo de dos años revoluciona las dimensiones de quien se acerca a él y la vida se comprime entonces en un gesto al aire o una palabra pronunciada con cetas: “Zanda, que bonita erez”, entonces sólo en sus ojos sabes que eres bonita.

Anand robó mi corazón en la primavera del año de la desesperanza y los vagones vacíos. En los meses de adultos intoxicados que cegados por el miedo deambulaban por los caminos en búsqueda de venganza, ajenos a la existencia de Anand y su dicha.

Contar que este niño existe es un canto a la esperanza, la espontaneidad y al amor más redondo y perfecto que nadie nunca inventó. Porque el amor así no se inventa, existe y Anand lo lleva entre sus pestañas para volcarlo en los pliegues de tu piel solo con una mirada.

Zanda, que ahora, a sus casi tres años se pronuncia Sanrra, es la parte más hermosa que en realidad Sandra tenía dentro. Las nuevas caras del prisma que me configuran quien soy y había dejado abandonadas en mi nombre. Esas otras personas que sólo Anand se atrevió a pronunciar para otorgarles la vida que les faltaba.

Soy Sandra que, de la mano de Zanda, Sanrra y cuantas personas más él quiera colorearme, sonríe ante los camiones de la basura y los coches rojos, mueve los brazos de su sombra por si de repente la de Anand se agarra de mi mano en la siguiente esquina y alza la vista a los árboles cuando el viento llega para hacerlos bailar. Porque el universo de Anand se abrazó a las espirales de mi mundo antiguo para no dejarlo morirse nunca, para recordarme, en los días tristes como los de hoy,  que dentro de mí también está la dicha y que nuestra distancia de carreteras rectas y amplias sólo necesita de un barquito de cáscara de nuez para hacerla pequeñita.

Y de nuevo los días sean posibles y los kilómetros tan sólo números de plastilina con los que sumar.

Amelie bajo la ropa

Amelie, que lee en voz alta por si alguien afuera escucha y come caramelos blanditos de azúcar acurrucada en el salón, hoy ha saltado la ventana para ver los dibujos de los charcos del parque. Aquella noche había llovido en minutos parecidos a la eternidad y las radios habían perdido su frecuencia. Las ancianas lloraban en los portales, mientras los hombres ajustaban la correa de su reloj para no perder ni un segundo más de tiempo. También ellos lloraban sin saberlo y Amelie lo sabía por las arrugas tempranas de su voz.

Aquel día Amelie fue Amelie para reconocerse una vez más en los espejos, en los reflejos inapreciables de la luz en los cristales, en las sombras desgastadas contra la pared. Se desbocó la vida en sus manos y como las ancianas y la lluvia, también ella lloró, pausada, contenida, con los dedos apretados en el corazón, exactamente igual que hacen los románticos en las pantallas de cine cuando verdaderamente han amado.