Amelie bajo la ropa

Amelie, que lee en voz alta por si alguien afuera escucha y come caramelos blanditos de azúcar acurrucada en el salón, hoy ha saltado la ventana para ver los dibujos de los charcos del parque. Aquella noche había llovido en minutos parecidos a la eternidad y las radios habían perdido su frecuencia. Las ancianas lloraban en los portales, mientras los hombres ajustaban la correa de su reloj para no perder ni un segundo más de tiempo. También ellos lloraban sin saberlo y Amelie lo sabía por las arrugas tempranas de su voz.

Aquel día Amelie fue Amelie para reconocerse una vez más en los espejos, en los reflejos inapreciables de la luz en los cristales, en las sombras desgastadas contra la pared. Se desbocó la vida en sus manos y como las ancianas y la lluvia, también ella lloró, pausada, contenida, con los dedos apretados en el corazón, exactamente igual que hacen los románticos en las pantallas de cine cuando verdaderamente han amado.

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