Sobre gritos y agujeros negros

Un agujero negro es una oportunidad, porque las oportunidades si pudiesen dibujarse serían redondas e infinitas como cualquier vórtice espacial. Así me divierte imaginarlas a mí.
Los días de gritos en las colinas en los que mi cabeza puede escuchar palabras que vienen de lejos como ecos sordos en las sienes me gusta pensar en las oportunidades. Las que nunca tuve pero podré tener o las que ahora mismo tengo, a pesar de esos ecos roncos distorsionados que algunos días quedan atrapados en mi cerebro.

Los ecos tienen forma de pájaro blanco: podrían ser mariposas angulosas o albatros; gaviotas o luciérnagas en la oscuridad. Aparecen para contar historias, relatos de un pasado inventado o melodramas románticos de un presente irreal. Susurran al oído, chillan hasta el dolor, derraman despacio versos antiguos sin sonido como palabras pronunciadas bajo el agua; relatan, recrean, mienten y yo los escucho como una radio mal sintonizada que empaña la quietud del espacio.

Ocurre en días agujereados por los que se cuelan los gritos, las palabras, los cuentos que se deslizaron para girar en tiovivo hasta marear.

Es en esas horas cuando me siento a dibujar: coloreo mandalas, hago listas de personas y construyo agujeros negros a mi alrededor. Toco los bordes, acerco el aliento y salto porque yo sé que en los agujeros negros están los muertos que vivieron la vida como una oportunidad.

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