Estar sola no es de valientes

Esta mañana una señora cerca de los 70 años se ha acercado a la mesa de la terraza donde tomaba el desayuno para decirme sonriente que estaba asombrada de que fuera tan valiente.

¿Por qué, señora? le he preguntado, y me ha contestado que por desayunar sola. La mujer, no había visto hasta ese momento a mi acompañante, y me aseguraba que admiraba a las personas que se sentaban solas en cualquier lugar, a pesar de ser ella alguien solitario.Enseguida ha continuado su paseo para a pocos metros de mí, detenerse de nuevo con otra señora para acariciar a su perrito.

Nadie quiere estar solo a pesar de que cada vez que miro a mi alrededor encuentro a más personas acompañadas que caminan con una mirada indefinida al horizonte en la que sólo se vislumbra nostalgia. Nostalgia seguramente no se sabe de qué. A veces resulta que lo que menos importa es el estado en el que uno está porque los humanos tenemos esa tendencia extraña a la insatisfacción que nos hace vivir con la sensación de que nunca nada es suficiente y lo que no tenemos es justo lo que más necesitamos. O eso nos da por creer.

El otro día le decía a mi hermana que cada vez entiendo menos el amor y que tal como siento y me muevo por el mundo, creo que nunca podré tener pareja, porque todo empieza y se acaba y porque son muy pocos los ejemplos que tengo de felicidad. Se lo contaba mientras le decía que el problema no era ese, sino yo misma, mi personalidad precisamente inconformista, mi necesidad de cosas nuevas, mi impaciencia y atracción por los cambios, mis ansias de inmediatez y libertad, mi estar en la vida de un modo en el que la rutina o la estabilidad en lugar de tranquilizarme, me pone un poco nerviosa. Ella intentaba dar luz a esta perspectiva oscura sobre las relaciones y me daba la esperanza, (por llamarlo de alguna manera) de que sólo se trataba de encontrar a la persona que fuera capaz de ofrecerme todo eso. Alguien activo, inquieto, aventurero, apasionado…

Tal vez esa sea la clave, o de asumir que estar sola no es de ser valientes, como relataba la simpática señora, sino de una elección más nada que ver con lo establecido. Estar en compañía no es garantía de nada, como tampoco lo es estar en soledad. En cualquier caso, está claro que no nos enseñaron a afrontar este tipo de cosas y que la felicidad posiblemente se encuentre dentro de nosotros, en algún hueco del corazón al que no le hacemos mucho caso. Ese momento de parase a escuchar lo que sentimos y es lo mejor para nosotros. El ruido de fuera nos hace sordos a nosotros mismos porque escuchar casi siempre, resulta demasiado duro.

A mí me gusta estar sola, tanto como estar en compañía pero no puedo asegurar cómo de las dos maneras me siento más feliz. La vida es un dilema, qué le vamos a hacer, así que yo me dedico a bailar mientras tanto.

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27 horas

En 27 horas puedes enamorarte y en 29 también, casi con la misma facilidad que desenamorarte. No exactamente igual porque el amor cuando llega arrasa y es muy difícil ponerse a salvo, sobre todo de algo que te hace sentir lo que nada más puede hacerte sentir, ni siquiera eso que tanto te gusta como el helado de galletas oreo o las fresas con nata.

27 horas pueden convertirte en la protagonista de una película increíblemente romántica tan difícil de creer que en milésimas de segundo no puedes creértelo y decides muy a conciencia que desde ese momento ya no vas a querer más, como si se pudiera decidir tranquilamente, mientras te fumas un cigarro lo que vas a sentir por dentro en una planificación exacta de lo más conveniente para todos. Para nadie en realidad.
Cuando un tiempo comprimido y estirado como 27 horas pueden recordarse como la verdad más auténtica del mundo o como la mentira mejor diseñada, la alegría y la tristeza se convierten en un líquido denso que se mezcla con la sangre y te hacen caminar de una manera muy rara, como un títere al que le tiemblan las piernas y titubea en su pequeño escenario.
De todos modos, tener una especie de guión para escribir en formato de corto cinematográfico tiene mucho encanto porque puedes lanzar un estreno super original o incluso inspirarte en los films que otros escribieron y que te hubiera encantado escribir a ti. Una libertad de ciencia ficción con la que inventar tu propia historia en tonos violeta y planos cortos, tan cortos como el amor. Al fin al cabo, puede ser un privilegio,según decidas mirarlo con los ojos todo lo abiertos que eres capaz y el corazón todo lo abierto que eres capaz. Lo malo es cuando piensas que muy capaz no eres. Haber aprendido a comerte una cereza al cien por cien como metáfora de que lo más interesante de vivir es conseguirlo al cien por cien, hace que ya no haya marcha atrás porque todas las palabras y silencios que te componen se transforman en un cien por cien casi insultante.
Y así se intenta seguir caminando, con un montón de ecuaciones en la cabeza a las que no hacer demasiado caso y una canción para tararear incansablemente en voz alta o bajita depende del calor que ese día consiga sentir la piel.