El mundo que no quiero

Moru vive en la cárcel de llamarse inmigrante, a pesar de que respira el aire de las calles y su celda no tiene barrotes. Su prisión es el color oscuro de su piel y un permiso de residencia que tras seis años en Granada, perseguido como ilegal, le llegó por fin a casa el 25 de mayo. Una tarjeta rígida y coloreada, una fotografía de rostro de ojos profundos y un error en la parte inferior de los datos que podía haber sido un nombre senegalés mal anotado, un apellido impronunciable o un mes de nacimiento mal interpretado. Sin embargo, el despiste del funcionario pasó precisamente por escribir mal la fecha de caducidad del permiso que finalizaba días previos al momento de recibirlo. 
Moru, que se soñaba feliz con sus papeles en regla, llega hoy a visitarnos a casa abatido porque su permiso caducó tres días antes de ni siquiera tenerlo entre sus manos. De nuevo se convierte en una cifra incómoda para un país que encuentra los mejores mecanismos para “derrotar al enemigo” mientras seduce con un discurso edulcorado de igualdad y derechos para todos.
Moru no puede trabajar hasta que llegue otra vez a su buzón un nuevo sobre con papeles que lo aprueben como ciudadano aceptable y le permitan trabajar sin riesgo de ser multado o golpeado, en el peor de los casos, por los oficiales de turno. 
Encontrarlo en el sofá del salón al llegar a casa y escuchar su historia en su español quebrado me remueve tantas injusticias internas que me entran ganas de llorar a su lado. Como él recuerdo a los saharauis: Mohammed, Hamudi, los niños, las mujeres, el equipo que nos desplazamos a los campamentos con cincuenta contenedores de medicamentos que el gobierno de Argel nos bloqueo en el aeropuerto y nunca llegaron a su destino. Vienen a mi mente los españoles de mi edad que se fueron al extranjero con la esperanza de encontrar la oportunidad que España decidió no concederle tampoco a ellos, después de años invirtiendo en formación, trabajando gratis y diseñando sus sueños en papeles coloreados que sólo sirvieron para la fantasia de una papiroflexia transformada en avión o barquito.
Viene a mi mente el documental 15M de mi amigo Rakesh Narwani sobre la movilización del 15M en Málaga y la cantidad de emociones que me removió el pasado viernes cuando vi su proyección en Granada. Otro mundo es posible y juntos se puede. Les guste más o menos a algunos el movimiento 15M transciende mucho más que la queja por la queja. Más allá de la demagogia o la distorsión ideológica, este movimiento supone una prueba abrumadora de unión entre la gente, organización pacífica y lo más importante: creación de conciencia. Por primera vez en mucho tiempo la gente ha salido de su individualismo para pensar de forma colectiva, para mirar los ojos del otro y verse reflejados en ellos, para reconocerse y hablar el mismo lenguaje, para la solidaridad. Y para mí, eso es más que suficiente. Sacudir el polvo de nuestra cabeza y desactivarnos del alineamiento del sistema me parece un primer paso hacia algo, hacia otro modo de hacer las cosas. Hacia un pensamiento crítico que debe traducirse en lo cotidiano.
Vivo la crisis como todos, con varios años ya de no tener para mantenerme, de buscar uno, dos, tres y mil recursos para conseguir lo que deseo: un trabajo digno en lo que se me da bien hacer y me apasiona, y aunque continúo en el camino cada día estoy un poco más cerca. No soy ilegal, pero podría serlo. Tengo una familia y una vivienda en la que morir, si llega el caso, pero podría no tenerla; y gente a mi alrededor que sin un segundo de planteamiento previo ofrece opciones para que yo siga adelante. Esa es mi riqueza. 
La solidaridad supura en la piel de muchos, de cada vez más, y todavía me sorprenden los que nunca se estremecieron con estas realidades, los que no saben de sensibilidad. Para sentir el sentido del mundo, hay que reconocerse en el otro como a uno mismo, descubrir tu miedo en su mirada, notar escozor en tu piel, escuchar el grito ahogado del universo que nos levanta para no permitir ni una injusticia más.
Para eso es preciso levantarse del sillón, mancharse las manos de tierra, masticar la vida.
Yo quiero cambiar este mundo y quiero que tú te vengas conmigo y la única manera que se me ocurre de hacerlo, además de practicar el amor, es contar lo incontable, acallado o inoportuno. No pienso dejar de escribir.
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Quedarse conmigo

El mar no lo escucha nadie. La gente lo busca como un sueño en el que reposar la cabeza y descansar de una vida gelatinosa que se le pega a la suela de los zapatos y le impide salir a correr. Creen que las olas pueden salvarlos, lanzarlos a una orilla desierta, sumergirlos en un sueño de sirenas, transformarlos en piratas perseguidores de Peter Pan, mecerlos como a bebés… Sin embargo, cuando llegan hasta su espuma muy pocos saben escucharlo.

Mi entrada de hoy tiene forma de oleaje. Una sucesión de olas que dedicó a quién de vez en cuando me gusta mandarle canciones. Hoy no será una canción, o no sólo. Hoy quiero dedicarle esta lista de emociones con palabras, secuencias, melodías y silencios colados entre líneas para regalar un trocito de amor. Un juego de domingo. Porque así es quedarse conmigo.

1. Un beso que deseo

2. Una aventura pendiente
3. Una chica a la que parecerse

4. Una canción para bailar

5. Un poema al oído