Sentir no es una palabra


Sentir no es una palabra. No se dice. No se sabe. Ni sirve pronunciar muy lentamente sus sílabas como si de este modo la vibración llegara mejor al otro y también pudiera estremecerse.

Vivir sintiendo es una riesgografía a la que yo me empeño en ponerle voz o transformarla en un discurso impecable que roce por dentro. Yo sé que no se puede, que los gestos, las canciones o los versos que a mí me diluyen en agua hasta convertirme en charquito son sólo míos y que, aunque me empeñe, nadie tiene acceso a ellos.

He pensando en esto antes, cuando leía uno de los últimos post de Dadanoias y me la imaginaba sentada en el suelo de su casa, bebiendo coca cola en un vaso con hielo y tecleando desde la intensidad de su erótica soledad. Derramándose en todas las letras con el anhelo de recibir una respuesta a este lado de la frecuencia que aliviara sus dedos dormidos y llegara como una caricia entre el pelo. Como el aliento suave de un cachorro temeroso.

Entonces he recordado cuántas veces me ha pasado también a mí sentir de esa manera, como si mi cuerpo fuera a romperse y mis venas estuvieran hechas de cristal, mis ojos de algas y mi saliva de sal. El aire se volviera arena en los dientes y faltara el oxígeno.

Cantar hasta vaciarme. Bailar hasta volverme invisible, ser una partitura torpe y desordenada que no puedo dejar de tararear. Sentir queriendo sentir y hacerlo sin quererlo con la melancolía de que nunca nadie podrá llegar al incierto mar que invade con su oleaje o mece en un lento vaivén.

A pesar de todo, me gusta ser de esta especie y que la vida me haga temblar cuando los que existen en mi sintonía aparecen, un día cualquiera de invierno, para deshacer las estaciones, inventar otra geografía y recuperar de nuevo el Norte.

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