Amarse para amar

Para escribir siempre hay un motivo. La tristeza parece ser una de las musas más inspiradoras y es cierto que cuando el interior tiembla deja salir de sus ranuras emociones que las palabras saben acunar muy bien. La rabia es otra emoción candidata a generar un torrente de imágenes y escenas destinadas a acoger las más abominables acciones que gracias a la escritura encuentran su espacio de expresión sin que se produzcan males mayores. El amor es otra. La gratitud también.

Cualquiera que haga un recorrido por los post de este blog descubrirá fácilmente el tono emocional de mis palabras y las experiencias que me han ido construyendo a lo largo de los años y sobre todo de los últimos meses. “Por sus letras, la conoceréis”.

Un periodo de calles a oscuras, luciérnagas en el camino, bosques frondosos poblados de espectros, recorridos sin salida, espejismos y caricias huecas me han empujado (a ratos mecido) hasta una extraña época que como un viaje en el tiempo me arropa en forma de historia encantada, encantada de amor. Tan encantada que se parece a un cuento de ficción desde el que un inventor abre sus manos para reinventarme y al que es imposible decirle que no.

Descubro el amor de la forma más fantástica que jamás habría diseñado yo sola, el de encontrar a alguien que decide quererme a través del amor que se agazapa en mi propio corazón, sentándose cerca y alargando la mano para rescatarlo. Ese que late sólo para uno mismo para convertirnos en grandes, fuertes y hermosos haya quien haya delante, únicos en nuestro reflejo en el espejo. Ese que permite expandir y construir junto a otro y al que es indispensable cuidar y mimar para conseguir nutrirnos de vida. Un inventor ha llegado para definir de nuevo mis trazos, los que se perdieron en el borrador de mi vida. Llega como una apacible brisa a la que recibes con los ojos cerrados y el cuerpo desnudo y abierto. Para llenarte y nacer.

Vacaciones de ti

No tiene que llegar agosto para tomar un descanso de nosotros mismos. De eso que somos y que no siempre es encantador. Aunque muchas veces lo seamos: encantadoramente encantadores, también somos más cosas que gustan días sí y días no, pero que son.

Si el verano se asocia a la desconexión, las vacaciones y dejar atrás la rutina laboral del año, yo propongo una retirada de nuestra identidad. ¡Llegamos a ser tan aburridos! tan nada que ver con lo demás… que estaría bien de repente ser lo contrario, lo que nunca somos no sabemos muy bien por qué.

Podemos cerrar los ojos, a la hora de la siesta, cuando el aire acondicionado se cuela en nuestro corazón con la intención de darnos un respiro y concentrarnos en esa arteria recién refrescada a ver que encontramos en ella. Estrenar un cuerpo nuevo, el mismo que ya tenemos pero utilizamos siempre del mismo lado. Darle la vuelta y transformarnos en la chica que aspiramos a ser mientras veíamos alguna película o bailábamos una canción en la adolescencia. Ponerle un nombre, comprar la ropa que llevaría, definir sus nuevos hobbies, recortar su peinado, vaciar su cabeza y llenarla de cosas bonitas. Y empezar a creernos, saltar y cambiar el ritmo, mover las caderas a lo hulla hop y descargarnos canciones que nunca hayamos escuchado.

Vamos a tomar vacaciones de quienes somos, para ser lo otro, quizás así atrapemos un trozo de libertad. Jugando, porque el verano es para eso.

Empiezo yo, con esta canción que nunca antes esuché.