Verbo huir


Lo más fácil es huir, aunque también puede ser quedarse, depende de la situación.

Si la comodidad es lo que invade todo, cambiamos un poco la postura y nos quedamos, aunque sepamos que ya nos duele todo el cuerpo y lo siguiente seguramente sea enfermar.

Sin embargo, cuando llega el miedo y todavía parece que estamos a tiempo de sacar un pie fuera para coger carrerilla y cambiar de dirección, los impulsos de hacerlo son tantos que es fácil que cuando menos te des cuenta ya te veas corriendo sin mirar atrás con la vista concentrada en el horizonte, convencida de que dándose un poco de más prisa se llega a un lugar mejor en el que estar a salvo.

No sabemos que a veces el horizonte ya ha llegado y que la huida se convierte en un caminar hacia ninguna parte. Huir es tan sencillo como dar tres pasos atrás y rediseñar la ruta, tan sencillo como sentirse perdido da igual donde se esté o el trayecto que se recorra. Ese salir corriendo casi siempre es para escaparse de uno mismo y de todo lo que tiene dentro que no le gusta enfrentar o no sabe como hacerlo.

Ser como se es, quererse y que te quieran se convierte en el eterno sueño por cumplir. Hace poco una amiga me comentaba su inquietud ante la actitud que parecía estar de moda en nuestro tiempo: esa oda al individualismo desde la que se reinvindica como mejor opción de vida pensar en uno mismo, tenerse en cuenta siempre uno: lo que necesita, lo que le hace bien. Un yo yo yo tan repetitivo como el baile de un yo-yo en el que se pasa del extremo de la importancia de cuidarse al egocentrismo de estar uno siempre primero que el otro. Y como toda actitud extrema pasamos a desvariar y caer en el deliro de un mapa de calles sin salida que nos engaña con atractivas luces de neón.

Mi hermano dice que vamos por la vida llenos de vacíos que buscamos llenar con cosas de fuera, olvidando que es dentro donde tenemos que buscar para sentirnos plenos. Cada vez me parece más cierto. Yo no quiero huir de mí misma porque ahí fuera no existe un sitio para mí. Quiero quedarme aquí dentro, conmigo y con quien quiera tomarme de la mano y acompañarme en el viaje.

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Hacerse grande

No me enseñaron a ser adulta, como a ninguno de nosotros, y cuando la mayoría de edad me sobrecogió el corazón a los 18 con la muerte de mi padre supe que ser mayor había dejado de ser una bonita fantasía de planes en el futuro y sueños por cumplir. Ser mayor era una fecha en el calendario, 26 de septiembre de 1999, que se diluiría en mis venas hasta los 32 que tengo ahora.

Cuando de golpe te toca asimilar pérdidas que no habías previsto, ausencias impuestas en tantos momentos de necesarias presencias, aprendizajes de grande que te toca hacer a tiendas, la niña que a los 18 todavía patalea y la adolescente que grita en su rebeldía para recibir el amor que ya nadie reemplazaría quedan prisioneras de una madurez adelantada que no les corresponden. Encadenadas al olvido duermen entre el pulmón derecho y el corazón, escondidas y asustadas.

Crecer siendo grande sin serlo es algo difícil de explicar. Es como vivir en una búsqueda inconsciente en cada acto que se comete de aquello que se perdió en el agujero negro de la muerte pero que se sabe que nunca se encontrará. Sólo un padre puede ser un padre y una madre una madre, todo lo demás sólo pueden ser sucedáneos, espejismos y una apuesta segura hacia el dolor de intentar encontrar lo que se anhela en un sitio equivocado.

Todavía aprendo con esta edad mi dificultad a aceptar lo inaceptable y vivo colgada de la esperanza de que las cosas pueden ser de otra forma y las personas también. Que lo que me gustaría todavía puede ser posible, aunque tantas y tantas veces no haya sido y me empeño y empeño en creer que aún se puede recuperar lo irrecuperable. No es sólo perder, ni la soledad abrumadora del dormitorio de siempre. No son los senderos perdidos en el bosque, los dragones malvados ni las tormentas. Es la aceptación lo que desgarrar siempre por dentro. Aceptar una y otra vez, segundo tras segundo, que los que no están no están y lo que están nunca estarán como necesitas.

Aceptar es el reto. Soltar, perdonar y descubrir que la guerra por fin ha terminado.