Lo que pasa cuando "no pasa nada"

Para volverte sabio debes aprender a escuchar a los perros salvajes que ladran en tu sótano
Nietzsche
Si algo odiaba de pequeña, y todavía lo hago, es la actitud “como si nada” cuando ocurrían cosas importantes que herían, dañaban o afectaban de algún modo las emociones de los demás. De todas las cosas mal enseñadas, que actualmente parece desembocar en una corriente de positivismo muy demandada, se encuentra el optimismo, la actitud alegre ante cualquier acontecimiento y el sobreponerse lo antes posible a lo que nos tira de bruces al suelo. Y claro, entre el bombardeo continuo de este discurso y el terror que nos produce pensar en caer en dramatismos, al final caminamos por la vida perdidos en un huracán de caos interno al que difícilmente sabemos poner orden y ante el que decidimos salir corriendo. Donde sea.
La alegría debería venir de serie en toda cadena genética. La defiendo como hacía Benedetti y soy la primera en reivindicar las sonrisas y el disfrute de las pequeñas cosas. Pero me parece que estamos un poco confundidos con esta idea prestigiosa de que tenemos que ser positivos y que cuando vienen dificultades “no pasa nada”.
Pasa. A veces, pasa mucho y es difícil crecer y recorrer el camino cuando nadie nos enseñó como hacerlo o todo nos lo explicaron mal. No vale negar el dolor cuando aparece y buscar evasiones que nos seden y hagan cerrar fuerte los ojos para que sea como si nada, porque la felicidad consiste en estar siempre alegres. Qué mal explicado todo porque cada emoción existe y resulta absurdo mirar para otro lado o taparse los oídos. Entonces se hace más grande, porque las emociones lo que buscan es que las mires y las reconozcas para abrazarlas y dejarlas ir. Con la tristeza, el dolor, la pena, la angustia… también. Y es lo justo para todos. 
Dejarse sentir es ser desde el ser y no desde el personaje de plástico que inventaron para nosotros. Sufrir es otra cosa, quedarse atrapado, revolcarse y alimentar el dolor es otra cosa más parecida a una desesperada llamada de atención o una patología. No se trata de sufrir, sino de vivir el proceso lógico de lo doloroso cuando este llega. Porque así las piezas se recolocan y cada emoción se ubica donde le corresponde completando un maravilloso paisaje interior lleno de matices.
Por eso, es tan importane mirar lo que se mueve por dentro. Por eso, es imprescindible valorar las consecuencias y vivir desde la coherencia porque cuando las cosas ocurren no es como si nada. Qué bueno tomar decisiones y responsabilizarse de las consecuencias para que cuando lleguen sepamos gestionarlas, mirarlas, respetarlas y darle su espacio como merecen. Qué bueno ser libre y elegir con todas las consecuencias, más allá de lo que las emociones simples nos dictan con su “me gusta”, “no me gusta”, “me apetece”, “no me apetece”. Vivir así es lo más cómodo y nos convierte en uno más del rebaño humano que camina por las avenidas guiado por la inercia. Son las emociones complejas las que nos retan a ser un poquito más sabios y nos acercan  a reconocer quiénes somos y a vivir más plenamente la vida, desde lo auténtico y real. Tomamos entonces de la mano la libertad y nuestra mirada se vuelve transparente y sincera para mirar sin miedo los ojos del otro. Quizás ser sabio sea un poco eso, mirar esos perros salvajes que menciona Nietzche y sentarnos serenos a su lado hasta conseguir acariciarlos.
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Clicks que salvan

Es sólo el baile con una misma el verdadero. Son solo las manos que se extienden abiertas y puras las que merecen tomarse sin miedo desde el amor más auténtico, libre y real.

Hay “clicks” internos que se producen sin esperarlo, como la última sorpresa de la historia que vienen a cerrar un círculo perfecto. El del principio y el fin. Clicks que te despiertan del letargo y te devuelven un extraño eco que se aleja y convierten todo en un difuminado sueño.

Volver a empezar la vida. Redescubrirse en el viaje. Recuperar el Norte. Sin mentiras.

Cearia Évora y Pedro Guerra poniendo música y voz al corazón

Nadas

Que te regalen una historia de cuento en la que es fácil parecerse a una princesa y te la arrebaten cuando empiezas a creerla, duele sí o sí y se convierte en algo feo también. Injusto. Innecesario.

Es difícil hablar de justicia cuando intervienen los sentimientos, porque muy pocas veces la cordura viene a poner orden cuando se desata el amor. No es justo juzgar como no lo es correr un tupido velo, por eso en las experiencias a veces la única opción es tenderse con el alma al aire y dedicarse sólo a respirar, porque la energía no es capaz de llegar mucho más lejos. El arte de no hacer nada para sobrevivir a un naufragio, abrir los brazos hacia el sol para dejarse mecer únicamente por un oleaje que te arrastre hasta otras orillas y amaneceres de horizontes espléndidos.

No me gusta juzgar lo injuzgable porque casi nunca existen respuestas para preguntas que se enredan en un bucle en forma de espiral que tiende al infinito. Tantos porqués no caben en la boca, ni en las palabras ni mucho menos en el corazón. Ni intentar entender, ni culpar alivia el alma, por eso yo opto cuando el dolor se instala por rescatar de él el amor que pueda salvarse para aprender a perdonarme a mí y a los implicados en el desastre. No resulta fácil, sobre todo cuando se intentó todo y la apuesta se hizo firme, segura, con manos temblorosas que tomaban a las de al lado para no perder el pulso y con la mirada amplia y transparente dispuesta a abarcar el universo inabarcable que como regalo se expandía en los ojos del otro. La sensación de injusticia supura de todo punto y seguido del discurso y conseguir abrazar esos resquicios de amor para perdonar a quien hizo daño se convierte en una tarea a la que ponerle conciencia.

Aprendemos por el camino, de eso no tenemos duda y sólo caminando se crean las rutas necesarias que conducen a nuestra felicidad y aunque casi siempre andemos a tientas, con la torpeza de un niño, ya no somos unos niños y no vale atribuir a la locura o al sentimiento todo lo que hacemos. Arriesgar para vivir y crecer, experimentar para aprender y madurar para ser impecable. Así se distinguen los mediocres de los sabios: los primeros pasan de puntillas por las historias con los labios endulzados de alcohol y una locura absurda y hueca destinada a generar vacíos; los segundos se sumergen en las experiencias para empaparse cada célula, reír con el corazón abierto a la luna y aprender de la experiencia.

Madurar es un verbo olvidado que llega para salvarnos mientras nos miramos el ombligo. Un verbo para valientes, para quienes miran de frente su vida, la construyen, la abrazan y la protegen de cualquier viento que llegue en forma de amenaza.

Valientes, maduros, humanos… una extraña especie.