Ser mujer y serlo

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Una mujer me susurra desde los bosques oscuros de las montañas y la ciudad. Llega como melodía desnuda y hueca en busca de que mis palabras le alcen la voz. Es ella como soy yo y todas vosotras, si pasáis a leerme con inquieta curiosidad o imprevisto azar. 

Somos nosotras las que tantas veces no sabemos quienes somos o a las que nos diseñaron tan exquisitamente bien para que nunca nos pararamos a pensarlo. Yo si me paro, muchas veces, cuando me siento perdida, como todos nos sentimos una vez tras otra cuando la vida nos cambia los planes y hace que nos escuezan los ojos y no sepamos donde mirar.

En las últimas semanas, el tema de la mujer ha sido muy recurrente en mi vida, por experiencias propias y por la cantidad de reflexiones con las que me he cruzado el día Contra la Violencia de Género. Ayer Woody Allen me conmovía en el cine, con su último estreno Blue Jasmine desde el que lanzaba con increíble sutileza y acierto realidades de mujeres que deberían ser absolutamente intolerables. Sobre todo por nosotras, las mujeres y la responsabilidad que tenemos para que cambien las cosas y la violencia en su infinidad de matices se convierta en un capítulo más de la historia.

Como dice Irantzu Varela en su excelente artículo “La mejor defensa”: la solución no es un ataque. Ni a los hombres, ni a la política, ni a la ideología… pasa por una transformación interna de nosotras mismas, en primer lugar, y de vosotros mismos, en segundo. Además del poder de la educación, para que nuestras niñas y también niños, crezcan desde otro paradigma.

Así lo cuenta Varela en estos dos párrafos impecables:

Pero hay dos armas infalibles contra la violencia machista. Una, son las mujeres. Mujeres felices, seguras de sí mismas, con conciencia feminista, con la autoestima sana, que se respetan y entienden que tienen un lugar en el mundo. Mujeres que quieren con condiciones y no desean que las quieran mucho, sino que las quieran bien; que disfrutan de su cuerpo tal y como es, que se cuidan para estar mejor, no para gustar; que se miran con ojos generosos, no con reflejos crueles de la mirada ajena. Contra esas mujeres, es difícil ejercer la violencia. Porque no se creen el papel de frágiles satisfactoras de deseos ajenos que les ha asignado el patriarcado.

La otra arma contra la violencia machista son los hombres. Hombres felices, seguros de sí mismos, con conciencia feminista, con la autoestima sana, que se respetan y entienden que tienen un lugar en el mundo. Hombres que quieren relacionarse como iguales, desde la complicidad y la libertad, que se atreven a reconocer sus debilidades y que no tienen nada que demostrar. Esos hombres no ejercen la violencia contra las mujeres. Porque no se creen el papel de duros líderes de las vidas ajenas que les ha asignado el patriarcado.

Con ellos y con el artículo de Faktoría Lila que describe a la perfección dónde estamos una gran mayoría de mujeres que “espera y desespera”, concluyo mi post de hoy y acojo dentro de mí a todas las mujeres en las que me reconozco.

Las valientes que no se callaron, las que lo hicieron y me enseñaron desde sus errores, las que amaron y por el camino aprendieron a amarse ellas primero, las que no supieron llegar. Las mujeres que lucharon por encima de vergüenzas y manipulaciones para conquistar derechos y crear conciencia.

A ellas que estuvieron, las que están y las que apenas me conocen, por lo que pueda aportarles para desmontar el mundo de mentira que nos crearon y mirarse con una mirada nueva en el espejo que trascienda la belleza de un cuerpo que se exige perfecto y lleguen hasta quienes realmente son.
¿Y si no se sabe? entonces hoy se convierte en el día perfecto para empezar a investigar.

Igual que en el anuncio de Media Markt: “Yo no soy tonta”. (Ni tú tampoco)

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Ellas

Son ellas las que siempre abrazan, les guste más o menos el ritmo de mis días, el color de mis paisajes azules que prefieren bailar bajo el sol.

Es Carolina tomando mi mano en las avenidas para sacarme lejos del peligro mientras me cuenta la cantidad de canciones de Georgina que le recuerdan a las dos y que cuando las escucha quiere mandarme pero que no siempre lo hace para no ponerme más triste. Pero me dice los títulos asociados a partes de mi vida o personas para que cuando pueda las escuche a volumen muy fuerte mientras grito o lloro, pero saco a todos los demonios fuera.
Son ellas las que siempre escuchan y entienden las espirales de mi interior. O no las entienden, pero me quieren y se inventan planes para que los giros se vuelvan saltos de alegría o saltitos en los charcos.

Es Manuela cocinando en su cocina, amando casi más que yo, lo que yo amo, y odiando, casi más que yo, lo que yo odio; sin ningún tipo de esfuerzo, con un amor espontaneo que no necesita argumentos, ni motivos, ni reproches más que una música de fondo y un plato de pasta recién cocinado.
Es Blanca que pinta mi alma con calaveras de colores que transforman el miedo en risa, el frío en calor.
Es Enka y sus manos abiertas para tirar de mí hacia cualquier espectáculo más amable que los días grises y arrugados que invaden la casa por momentos como fantasmas de humo azul.
Son ellas: Maribel, Celia, Maripi, Maite, Inma, Eva... las que saben amar y lo hacen con palabras y gestos, con horas de tiempo y amor auténtico, el que se da sin esperar nada a cambio y sin ninguna premeditación.
Un domingo cualquiera, como el de hoy, la música suena de fondo y yo pienso en ellas casi con ganas de llorar. Porque con el paso de los años, son ellas las que continúan en el camino y me hacen recordar que en mi trayecto nunca voy sola. Aunque a veces se me olvide, en realidad no conozco la verdadera soledad.
Hoy hago caso a Carolina y pongo fuerte a Georgina. Por las dos y por lo que realmente merece la pena.

Estoy viva


Hoy mis palabras, que se atascan de forma apresurada y espesa, no aciertan a decir o callar más allá que a través de otras letras. Yo también encenderé luciérnagas.
Estoy viva 
como fruta madura
dueña ya de inviernos y veranos, 
abuela de los pájaros,
tejedora del viento navegante.
No se ha educado aún mi corazón
y, niña, tiemblo en los atardeceres, 
me deslumbran el verde, las marimbas
y el ruido de la lluvia
hermanándose con mi húmedo vientre,
cuando todo es más suave y luminoso.
Crezco y no aprendo a crecer,
no me desilusiono,
ni me vuelvo mujer envuelta en velos,
descreída de todo, lamentando su suerte.
No. Con cada día, se me nacen los ojos del asombro,
de la tierra parida,
el canto de los pueblos,
los brazos del obrero construyendo,
la mujer vendedora con su ramo de hijos,
los chavalos alegres marchando hacia el colegio.
Si.
Es verdad que a ratos estoy triste
y salgo a los caminos,
suelta como mi pelo,
y lloro por las cosas más dulces y más tiernas
y atesoro recuerdos
brotando entre mis huesos
y soy una infinita espiral que se retuerce
entre lunas y soles,
avanzando en los días,
desenrollando el tiempo
con miedo o desparpajo,
desenvainando estrellas
para subir más alto, más arriba,
dándole caza al aire,
gozándome en el ser que me sustenta, 
en la eterna marea de flujos y reflujos
que mueve el universo
y que impulsa los giros redondos de la tierra.
Soy la mujer que piensa.

Algún día
mis ojos
encenderán luciérnagas.

Asesinos en serie emocionales

Si de algo me gustaba presumir cuando hablaba de los chicos con los que he vivido alguna historia de amor es que nunca había topado con ninguna mala persona. Las historias comenzaban desde la ilusión y la transparencia y se sucedían más o menos tiempo hasta que llegaban a un final, pactado o no, pero fruto de una evolución distinta, un cambio de destino o el final de una etapa.

He podido alardear de chicos honestos que nunca decidieron serme infieles (y no lo fueron) jugar con mis sentimientos, ser posesivos, levantarme la voz, humillarme o gastarme putadas; por enumerar ejemplos de lo intolerable. Pero como en todas las reglas que existen siempre hay una excepción, y la mía ha llegado recientemente de la mano de un encantador de serpientes capaz de embaucar al más resistente (o inocente) ya sea hombre o mujer. Aunque sin duda alguna, las mujeres son su especialidad. Esta tarde se lo decía a mi madre: “Si a todos en la vida nos toca vivir la experiencia de salir con algún cabrón, mi cupo ya lo he cubierto y espero que no me toquen más” y ella me daba la razón y me decía que demasiada suerte había tenido hasta ahora que “todos los hombres son iguales”. Yo creo que no lo son, pero este tipo de personas son las que hacen perder la fe a cualquiera.

La mala persona que me arrastró con su encantamiento tiene un perfil de asesino en serie emocional. Es decir, ese tipo de personas guapas, simpáticas, románticas y encantadoras (imaginad al típico comercial resultón que quiere venderos algo y trabaja por objetivos) que se dedican a seducir a la chica hasta conseguirla, entretenerse el tiempo pertinente con ella y después aniquilar su corazón. Llegan, embelesan, devoran y pasan a la siguiente. Así, una tras otra (y siempre que encarte, simultáneamente) con insaciable ansiedad. Van por la vida haciendo daño, moviéndose por el impulso de sus necesidades y por supuesto obviando absolutamente los sentimientos de los demás, orgullosos incluso de pronunciar que son ellos siempre los que dejan sus relaciones.

Lo más grave es que no tienen ni idea, habitan en un mundo paralelo fundado en una gran mentira que ellos mismos se creen provocando una distorsión de la realidad realmente asombrosa. Donde todos ven el daño, el egoísmo, la inmadurez, la falta de empatía o la irresponsabilidad… ellos ven todo lo contrario: una gran preocupación por no hacer daño, un gran interés porque la chica esté bien y un mundo paralelo digno de tratamiento médico. ¿Será que cuando todos ven lo mismo menos uno, igual el problema es de uno? ¿Será que cuando creemos que estamos queriendo a alguien lo que estamos es saciando nuestros intereses hasta que nos conviene o nos aburrimos?

Mi mala persona tiene nombres y apellidos, tan comunes como cualquier español amante del flamenco, los toros, el fútbol y las mujeres, y se ha dedicado a mantenerme en una relación oculta durante meses por su propio interés y temor a su ex, a no afrontar situaciones en las que apostar por mí, después de infinitos discursos en los que me quería hacer creer que yo era su pareja “estable y monogámica” con la que quería estar; y un juego después de dejarme del tipo: “no puedo ofrecerte lo que mereces pero quiero estar igual contigo sin ser una pareja”, mientras a la vez también estoy con otra por eso de que me encarta. Pruebo con una y si no puede ser pruebo con otra, alguna caerá. Y me salto, lo que haga falta.

Es fácil que si alguno andáis por aquí leyendo, o alguna, más bien, o sintáis identificados en mucho de lo que describo porque os ha pasado algo muy parecido. Escribir un post como este no es ninguna novedad, pero para mí sí lo es porque es la primera vez en mi vida que alguien se porta así conmigo y la primera en la que me convierto en una víctima más de una colección de chicas que seguramente han sentido lo mismo, si no cosas peores.

Empatizo con las que pasaron por su lado y también con las que pasarán, por lo que a las pobres les espera. Van a creerlo todo, van a sentirlo todo y cuando lleguen las doce en el reloj del príncipe azul la carroza se va a convertir en calabaza y su corazón en otro más de los aniquilados.

Son los asesinos en serie emocionales. Destruyen a sus víctimas por dentro con una cuidada frialdad, mientras cambian de postura y eligen un traje nuevo con el que salir una vez más a conquistar. Ellas no lo saben y lo único que merecen es conocer la verdad.

Deseos que se cumplen

Fuente: Pinterest: Milla Mikra


Que los seres mágicos existen no es algo que haya dejado de creer desde que soy niña, sino una experiencia continua en mi vida de personas que se cruzan en ella para convertirse en ángeles o hadas madrinas.
Cuando esto me ocurre no puedo dejar de conmoverme, porque no encuentro explicación alguna a “por qué a mí” y una incontrolable gratitud me invade por dentro cuando la vida me regala a personas como Celia, Maite, Inmaculada, Pepe o Maripi, entre alguno que otro más.

Tener un pequeño ángel en vida que vela por la salud de tu corazón ya es un regalo a valorar y cuidar día tras día. Pero cuando el milagro se sucede, una, dos, tres y quién sabe cuántas veces, no puedo contener alguna que otra lagrimita de emoción. Soy quien soy en una medida muy alta por lo que personas mágicas y preciosas consiguieron hacer de mí tendiendo la mano en incontables ocasiones, escuchando mis tristezas otras cuantas y lanzando importantes verdades de esas que duele escuchar pero sin las que es imposible seguir creciendo.

Alguna vez lo he dicho, en mis continuos discursos cursis sobre el amor, pero el amor se expande en tantos rincones, que la mayoría de las veces los pasamos por alto, obsesionados como nos volvemos con el amor de pareja. Volvemos éste tan exclusivo, que dejamos atrás el resto de amores indispensables en la vida de todos para nutrirnos como seres completos, multidimensionales y con espacios reservados a todas las personas que finalmente nos conforman.

La nueva hada madrina que se ha cruzado en mi vida se llama Maripi y con su sonrisa amplia y su generosidad llega a mi vida con una varita mágica con la que ir concediendo los deseos que apenas me da tiempo a formular. Este post va dedicado a ella, por creer en mí, trazarme nuevos caminos, abrir horizontes, transmitir alegría, escuchar y formular la inesperada frase que hace que lleve sonriendo tres días: “He encontrado el piso perfecto para ti”. Y ha sido verdad.

La vida me regala el ático de mis sueños. Si es tiempo de mudar la piel, yo lo haré en una terraza bajo las estrellas con la Alhambra y Sierra Nevada como testigo de mis sueños. Yo también me mudo 🙂

Marta, Sandra y el amor

Ocurre a menudo.

Cuando Marta se enamora, yo me desenamoro, y en el momento en que alguien vuelve a rescatar mi enamoramiento, ella se pone triste porque por algún motivo se resiente su corazón. Es nuestro baile invisible en el que giramos de la mano a cientos de kilómetros de distancia.

Me gustaría que esta vez igualáramos el ritmo y que la tristeza que se deslizaba en mi pantalla hace unos meses cuando Marta soñó con un sueño que resultó ser de mentira, desapareciera también de mi teclado ahora que la mentira es mía y casi parece de las dos. Me gustaría que nos sincronizáramos en la alegría y la fantasía que ella recupera, ilusianada de nuevo,  y nos lanza tan bien con sus canciones y su desnudez (la de dentro y la de fuera), con sus versos, sus manos limpias y su madurada inocencia.

Entonces la música sería otra más parecida al amor, a ese del que tan poco se sabe y tan pocos saben. Ese que no tiene nada que ver con lo que cuentan, ni con los manuales, ni con lo que se supone correcto de cara a la galería.

Desenamorarse duele tanto como la intensidad de enamorarse. El amor no es lo que pensamos (ni tampoco las personas), ya lo dice Deluxe en su canción, pero yo quiero creer que será mucho mejor.