Marta, Sandra y el amor

Ocurre a menudo.

Cuando Marta se enamora, yo me desenamoro, y en el momento en que alguien vuelve a rescatar mi enamoramiento, ella se pone triste porque por algún motivo se resiente su corazón. Es nuestro baile invisible en el que giramos de la mano a cientos de kilómetros de distancia.

Me gustaría que esta vez igualáramos el ritmo y que la tristeza que se deslizaba en mi pantalla hace unos meses cuando Marta soñó con un sueño que resultó ser de mentira, desapareciera también de mi teclado ahora que la mentira es mía y casi parece de las dos. Me gustaría que nos sincronizáramos en la alegría y la fantasía que ella recupera, ilusianada de nuevo,  y nos lanza tan bien con sus canciones y su desnudez (la de dentro y la de fuera), con sus versos, sus manos limpias y su madurada inocencia.

Entonces la música sería otra más parecida al amor, a ese del que tan poco se sabe y tan pocos saben. Ese que no tiene nada que ver con lo que cuentan, ni con los manuales, ni con lo que se supone correcto de cara a la galería.

Desenamorarse duele tanto como la intensidad de enamorarse. El amor no es lo que pensamos (ni tampoco las personas), ya lo dice Deluxe en su canción, pero yo quiero creer que será mucho mejor.

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