Gente bonita

Ya lo sabía, pero ellos y ellas me hacen recordarlo cada día. Esta semana especialmente, cuando cada noche he cerrado los ojos con una serena sonrisa por esa gente bonita.

Es Jose y su pato de goma junto al café en el desayuno de esta mañana. Pierre y su entusiasmo en nuestra oficina planeando proyectos comunes y sonriendo mucho. Es Carolina y su llamada inesperada cerca del trabajo. Maripi dispersa entre la alegría y cientos de papeles. Es Miguel Ángel llamándome caperucita o Joaquín frente a mi tostada regalándome trocitos de su preciado tiempo. Es mi madre con su bandeja de roscos de anís para que me lleve a casa, Almudena contagiando la risa, Gustavo inventando imágenes para vídeos promocionales, mi sobrino Pablo a ritmo de Supersubmarina. También Rita y su confianza, Marta y su complicidad sobre los océanos, David con manos abiertas de amigo, Manuela cantándome cancionesCelia y su bote de aceitunas caseras para casa, Pepe y sus regalos por entregar… y más.
La gente bonita camina por la calle en dirección al trabajo o a los sueños por los que decidió luchar. Se levanta a diario, se lava la cara, se mira al espejo con prisa pero con el minuto justo para encontrar en sus ojos un universo limpio y sincero sin el que no salir de casa. Son muchos y son más que los que se empeñan en empañar el mundo, pero se deslizan por la vida sin necesidad de hacer ruido y con el peligro de caer en el olvido. 
Para ellos mi post de hoy, porque merece la pena tener presente a esa gente bonita que te hace recordar que hasta en el gesto más minúsculo puede concentrarse todo el amor en el que jamás habríamos creído.


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Facebook como espejo del corazón


Mientras la red se inunda de mensajes profundos como una imperante necesidad de encontrar respuestas, la mayoría sigue caminando por la vida de puntillas centrando sus conversaciones en las rebajas y en las fatalidades de una crisis cada vez más parecida a una historia interminable.

No somos todos, pero muchos todavía son los que pasan, metafórica y literalmente. Pasan a máxima velocidad saltando de un lado a otro, inquietos, vestidos con un impermeable interno que les hace estar resguardados de todo. O eso se creen. Sin embargo, algo late cada vez más fuerte, algo indefinido e intangible que demanda con urgencia respuestas, caminos, luz. Lo digo porque lo veo en Facebook, cuando a cada rato mi pantalla se inunda de mensajes sobre felicidad, éxito, paz y valores auténticos. Los usuarios los lanzan, ellos los comparten y un bueno número de aquellos le damos a “me gusta”.

Mis últimas lecturas, mi experiencia con el silencio y la meditación, así como la realidad que a diario me asalta terminan todos por llevarme al mismo lugar aunque sea por caminos muy diferentes. Personas que llegaron a mi vida de repente, con pensamientos muy distintos y reflexiones con influencias filosóficas, religiosas, literarias o hasta de líderes empresariales comparten conmigo conversaciones e inquietudes que desembocan en un espacio común: la necesidad de encontrarse.

Llegó un momento en el que el mundo consumista fundado en nuestro ego empezó a derrumbarse y a evidenciar lo imprescindible de un cambio. De un redescubrimiento de la identidad. Ese mítico e histórico ¿Quién soy? y sobre todo ¿Para qué estoy aquí? está llegando a ser el desasosiego de cada vez más personas. 

Casi ninguna situación lleva esta apariencia tan evidente. No se trata de momentos donde se comparte desde lo explícito el hecho de vivir una crisis existencial de la que se está siendo consciente y se busca un camino. Todo se reviste de aparentes preocupaciones triviales, que a diferencia de otras épocas, incorporan un matiz de trascendencia que casi casi no se nota pero que está. Los agobios dejan de ser tan materiales para rascar un poquito más en lo intangible y manifestarse en forma de comentario: “Creo que estamos en un tiempo en el que hace falta reinventarse. Esta crisis requiere de un cambio radical. Hemos perdido los valores y algo nuevo tiene que pasar, porque así no vamos a ningún sitio”.

Es cierto que no le ocurre a todo el mundo, pero si advierto la velocidad a la que cada vez más deciden pararse y rascar para buscar respuestas, caminos y deconstruir para construir desde la mente consciente y crítica una realidad más amable a partir de una personalidad a estrenar. El principio quizás se cambiar el punto de mira y dejar de buscar fuera lo que tal vez se encuentre dentro. ¿Y eso cómo se hace? Cada uno tendrá que encontrar su sendero… si lo supiera tendría la varita mágica. Pero la magia sólo existe en cada uno.

Reconocernos como buscadores puede parecerse a un primer paso. Mi aportación: un libro que con el mismo título nos invita a descubrirnos desde una nueva visión.

¡Feliz viaje!