Cómo pedir una cita de forma original para que te digan que sí

Marta ha bailado hoy en mi salón una canción de David Bowie mientras su disparador la capturaba en cientos de fotos en rojo y negro que se revelaban de forma automática y se lanzaban por el aire, como los aviones de papel de la película de Medem.

Yo la observaba en un extremo del sofá terminando de comerme el brownie de anoche con los dedos manchados de chocolate, paciente y expectante a que terminara para contarle lo que tenía que decirle. Marta, lejos del resplandor de los tejados de mis ventanas, lejos de Granada y de ella misma, cerraba los ojos al ritmo de la voz antigua de Bowie imaginándose ser un astronauta que flotaba en busca de Juanjito que la esperaba dibujando su cuerpo de tinta sobre un papel cuadrado y dolorosamente blanco.

Aunque ella no lo aprecia ocurre siempre que escribe desde sus entrañas y yo me pongo a leerla en alguno de los segundos que libero en mi rutina para recrear sus Dadanoias. Cuando Marta escribe tira de la compuerta espacio-temporal y cuando yo la leo se cuela por ella atraída por un vórtice de energía que solo producen algunas galaxias. Surge así en algún rincón de mi ático hasta que yo me la encuentro inesperadamente. Recrea su danza, recita algún fragmento de sus libros favoritos, canta una canción o deja sobre la mesa alguna de sus letras bordadas para marcharse silenciosamente por el mismo agujero negro por el que llegó.

Al finalizar su baile de hoy, he decidido decirle algo, antes de su nueva partida.
Marta: viajo en marzo a Barcelona…

Je veux

Cuando los días son rosas, la música es blanca y el corazón de todos los colores.

La vida desde una azotea vuelve los mapas cercanos para que puedas tocar las cúpulas y sentirte un super héroe capaz de invertir el ritmo de los planetas. Las campanas repiten su plegaria en las horas pares de la tarde recordando lejanos domingos de verano infantil mientras el invierno se cuela en los espejos como un asustado fantasma.

Granada se parece estos días a una historia antigua con olor a barco pirata y a un lejano mar dibujado en el norte que viene cargado de mensajes en botellas todavía por desvelar.

Febrero ha llegado con besos en otro idioma que se han colado en los bolsillos como el tarareo de una canción y ya casi parece primavera.