Twiteo, luego existo.

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Yo sé que subo una foto de mi paisaje en la playa y que analizándolo despacio la relevancia del hecho es ninguna. ¿A quién puede interesarle que en ese mismo minuto en el que alguien mira Facebook yo tenga delante un bonito paisaje? Sin embargo, por alguna razón, disparamos nuestro móvil y subimos a nuestras redes la instantanea. ¿Por qué?

Tenemos hambre de reconocimiento, de qué nos digan cuánto gustamos y gusta nuestra vida a los demás, de crear un personaje que todos nuestros fans admiren para ver si a través de ellos, conseguimos que también a nosotros nos guste. Sin ellos, no somos nadie.

A veces me encuentro a gente por la calle con quien no tengo una relación habitual pero que me sigue a través de Facebook. ¡Qué bien vives!, me dicen, y a mí me hace gracia volver a darme cuenta que la gente se cree todo lo que ve, exactamente igual que cuando ponemos la televisión. La tele ahora es el Facebook. “Es que lo he visto en el Facebook” y nos olvidamos de contextualizar, poner distancia y reirnos un poco de lo que estamos viendo.

Yo también subo fotos sin sentido: el plato que me voy a comer, la perspectiva de mi bikini en la playa, el horizonte de mi ventana, o las zapatillas para ir a correr. Lo hago por el placer del exhibicionismo de recortar un fotograma de mi vida y crear a partir de él una historia que será diferente para todo aquel que la vea. Lo vivo como un acto creativo que saco de contexto y me invita a jugar con las reacciones de mis seguidores. Experimento.

Pero la tendencia de todos es la misma, vaya provocada por un motivo u otro. Queremos que nos vean, porque si nos ven existimos y al manipular lo que mostramos tenemos la clave para identificarnos con el personaje que nos creamos. ¿Qué somos finalmente? ¿La sucesión de perfectas y glamurosas personalidades que se deslizan en nuestro timeline de Facebook o ese desapercibido espíritu que nos susurra bajo las sábanas en el minúsculo segundo antes de dormir?

Seguramente muy pocos lo sepan.