Ya eres feliz

Cuando te acerques a alguien no te preguntes qué vas a recibir, piensa que vas a ofrecerle tú.

Hace unos días me di cuenta de que no tenía que seguir esperando ser feliz porque ya lo era, pero que la inercia de la búsqueda de felicidad me hacía seguir viviendo cada día como una lucha sin fin hasta alcanzar tan utópica meta.

Lo descubrí hace muy poco, enredada en extrañas sensaciones internas de malestar que sin tener razón alguna de ser me apretaban el corazón con el único propósito de seguir convenciéndome de que las cosas tenían que ir mejor. Aunque por supuesto todo es mejorable, esa continua insatisfacción a la que nos hemos acostumbrado empieza a pesarme demasiado.

No es que vaya a dejar de denunciar lo denunciable, ni a poner en tela de juicio las ideologías que nos invaden con obviedades aplastantes para que no tengamos que rechistar. Ni dejaré de querer trascender movimientos, palabras y gestos, ni rebuscar en entre mis ruinas. Es tan solo que me gusta recuperar el silencio del espacio en blanco que me da la pantalla, el paisaje del horizonte o la luz que tirita en los ojos cuando los cerramos a conciencia para mirar que hay más allá. Vuelvo a esos lugares donde los susurros recuperan el hermoso discurso del amor y me recuerdan que no hay que esperar nada más. Que tengo todo lo que hace apenas un año deseaba con un gran bonus extra y que lo que deseo a partir de ahora, no es más que otra baldosa más en el camino hacia lo que la vida quiera concederme. Y estará bien.

Colocamos la felicidad en un lugar siempre muy lejano que nunca llega, con la seguridad de que solo allí debe encontrarse: “Seré feliz cuando gane más dinero”, “Seré feliz cuando me mude de casa”, “Seré feliz cuando tenga vacaciones…” y así una lista de excusas interminable. Yo no seré feliz porque ya lo soy ahora y solo se me ocurre mostrar mi gratitud por ese escandaloso amor que recibo a diario de mi familia, mis amigos y las personas que se cruzan en mi camino y me hacen ser mejor sin tener conciencia de ello.

De Pierre tendría que hablar a parte, él es el arquitecto del amor más imperfectamente maravilloso que me tiende la mano cada día. Con él la niña que hay en mí se vuelve más niña y la mujer más mujer.

A este post tan cursi, sólo le falta una música cursi y una invitación a daros cuenta lo felices que ya sois aunque queráis recordaros cada minuto lo mucho que todavía os queda.