Vamos a morirnos

niño caracol

Ignacio me chapurrea sonriente una historia que me esfuerzo en comprender mientras se parte de risa. Yo escucho atenta su español de cinco años recién aprendido hasta que concluye su discurso con la coletilla: “Y este cuento se ha acabado” riendo como un bichito malo.

Bocabierta, termino contagiada por la risa, a la vez que siento la punzante nostalgia de preguntarme en qué segundo de nuestra vida dejábamos atrás todo eso. Ese estado puro de seres humanos a los que lo único que nos mueve es la alegría.

¿En qué momento se gestan los niños monstruo?

De pequeños somos vulnerabilidad en estado puro. Somos como esponjas absorbiendo todo lo que vemos alrededor. Siempre me he preguntado, ¿Cuándo se forjan la bondad, la inteligencia, el egoísmo, la maldad? ¿Cuándo se empieza a ser un villano o un héroe?

Yo, como Josep Giralt, también me lo pregunto, sobre todo cuando más me aproximo a la belleza de la Naturaleza y un inabarcable cielo azul te inunda la mirada o te susurra suavemente el idioma del mar. La serenidad e inmensidad del mundo se impone a nuestro ombliguismo y muchas veces dan ganas de llorar, por lo poco que somos, por lo que nos convertimos y por permitirlo.

Me pregunto del mismo modo qué hace a alguien malo, si viene de serie o uno se transforma y si ocurre igual con las buenas personas: ¿nacen o se hacen? y si indagamos un poco más. ¿qué es ser buena persona?

Ignacio me ha devuelto a esas sensaciones del océano o la montaña. Él, como si también fuera un paisaje, me ha recordado la nada del hombre, mi nada como mujer y después de su ataque de risa contagiosa me ha traído las mismas ganas de llorar.

Con el alma desnuda de nuevo he sentido la tristeza de pasar por esta vida empeñados en agotar los días en quejas, mal humor, orgullo y soberbia, olvidando que todo esto es un regalo y que mañana, quien sabe, a lo mejor nos morimos porque sí. Porque nos pilla una moto en un cruce, nos da una repentina muerte súbita o el médico nos dice que tenemos cáncer. O a lo mejor no, y se lo dicen a tu madre o a la persona que más quieres y nos parecerá mentira.

Y cambiaremos los bailes por sueños rotos, las habitaciones decoradas por charlatanería, las canciones por silencios y todo hasta nosotros mismos seremos también de mentira. Una mentira que nos parecera mentira.

Exactamente igual que ahora que nos parece imposible pensar que vamos a morirnos y que lo haremos, quien sabe, con el regusto amargo en la boca de todos los días que perdimos dejando escapar la alegría y condenando a la desolación esos ataques de risa.

Escribir o no

chica guapaPara escribir no solo hace falta silencio y un espacio donde únicamente haya resquicios para comprimir el aire y respirar a través de él. También hay que saberse. Tener esquinas a las que mirar y no tener miedo a descubrir lo que hay bajo su polvo, ser capaz de extender los dedos hacia el teclado y lanzar las impecables palabras que conecten tu ser con el de quien te lee. Conectar aunque sea con algo, un algo que podría no tener nombre pero que da sentido a tu sinsentido. A esa helada tarde de domingo en la que abrazas de nuevo la soledad y recuerdas cuánto de ti se quedó en ella.

Si no escribo es porque tal vez no me sepa, o esté redefiniéndose de un modo tan inesperado quien soy que aun no esté terminado el montaje y no haya mucho qué decir, o lo que se diga sea confuso, o vengan tan bien los silencios que sobren las palabras.

Estoy. Deletreando mi nombre para no olvidarme.