Septiembre

Cuando septiembre era el escalofrío en los tobillos del aire fresco que traía volver al colegio, el futuro era una palabra tan adulta como los adultos. Grande y difusa que pocas veces me daba por pronunciar.

Alguna vez septiembre olió a septiembre y la vida estallaba en los árboles y las nubes cambiantes en un cielo que creía solo mío y cada susurro sonaba a algo parecido a la felicidad, el futuro palpitaba a lo lejos. Nada más, sin la menor importancia.

Este año el otoño parece haberse adelantado en esta casa, a pesar de los impertinentes días de sol que nunca anochecen. A pesar del ritmo natural de las estaciones, del sinsentido del paso del tiempo.

Una agitada melancolía me aprieta últimamente la garganta, como si quisiera que pronunciara algo con urgencia. Algo importante, ineludible; que no acierto a descubrir que es.

La melancolía del futuro se parece sutilmente a la que arrastra la sensación de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, con la diferencia de que lo aplastante aquí es la sensación de vacío. De que el futuro no existe y en el que imaginamos no hay sitio para lo posible.