Plan B para los que mueren

mujer bajo el aguaMe hundía profundamente en un océano esponjoso y desapercibido que con su silencio opaco dejaba hermético mi corazón. Y mis ojos, mi voz… que descendían con parsimonia hasta dejar atrás el sol y el olor de la tierra e incrustrarme entre las algas pegajosas del fondo que se mecían impasibles a mi despertar.

Aquel ataúd no preveía que mis instintos decidieran devolverme a la vida; como yo jamás habría adivinado que una explosión inesperada en mi pecho me expulsara del lugar al que la muerte me había llevado para hacerme abrir los ojos de nuevo. Para ajustar mis arterias al compás del ritmo vital como una segunda oportunidad.

Vivía, contra toda expectativa. Atrapada, eso sí, en un exclusivo diseño de ataúd en cristal trasparente que mostraba ante mí un mar inabarcable de oscuridad acuchillada por espasmos de luz de rayos solares.

Mi destino no se hallaba en la muerte. Algún diabólico plan me prefería lúcido, inmóvil e inmortal condenado a la eternidad del sinsentido. Como mero espectador del transcurrir del tiempo. Testigo de los que mueren bajo las aguas, cuyos cuerpos se convierten en ceniza, y son olvidados por los dioses.