Murakami y el terremoto

Tras el terremoto Murakami se sentó a escribir entre un acantilado y un refresco de soda, al borde de un mar caliente por la sangre de quienes se ahogaron durante la eternidad.

El temblor había destrozado tejados, muros infranqueables y había dejado corazones en ruinas. En ese punto es donde el escritor se reconocía: esa desolación que deja el vacío de lo arrasado en el silencio perpetuo de la incredulidad.

El mar brillaba bajo el aire del otoño.

Gaviotas bordearon la costa con unos chillidos que recogían cientos de lamentos. Y el sol bajo la negritud de la noche amenazante se derretía con las olas.

Al atardecer, Murakami tomó el último trago de soda, recogió su silla plegable y abrochó el único botón de su chaqueta. La boca se le había secado como un desierto milenario, necesitaba agua. Solo un poco de agua.

acantilado gaviotas

 

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