Mi gran glóbulo rojo

Día 8. Reto escribir 21 días

globulosrojos

Lo sabía. Dejar de tomar morcilla, andar todos los días y abandonar las latas de cerveza.

Lo sentía. Sus límites extendiéndose como los de un globo, sus movimientos cada vez más lentos y pesados, el cansancio que lo derretía en cada trayecto.

Pero vivía condenado a una genética impuesta a una vida que le ahogaba en interminables ríos de sangre.

Mi gran glóbulo rojo me lo contaba en su sesión matutina de los martes. Extendido sobre el terciopelo del sofá de la sala con su vista perdida en el techo, quejoso y desesperanzado, con la ilusión de encontrar en mi escucha consuelo a la angustia que le consumía.

En nuestra cita habitual yo le ofrezco amparo a la desdicha que mi resignado hematie sufre por su obesidad y constitución robusta, esa que le arrastró al ridículo de ser llamado el gordo de la clase y a vivir la exclusión de ser diferente.

Mientras miles de glóbulos batían record en atletismo, natación o esquí, mi gran globulo rojo se refugiaba junto al resto de glóbulos discriminados por la intensidad de su rojez o su discapacidad en coagulación en las zonas inferiores de mi cuerpo provocándo mi mala circulación.

Yo aprendí a amarlo como el adn decidió parirlo y le ayudo en esta terapia a liberar su culpabilidad. Todos los martes lo perdono y mi globulo rojo tras los lamentos y algún breve descontrol, se girar a contemplarme y acepta mi rendición.

Solo uno se ama realmente cuando descarga de su corazón cada una de las culpas que nos pesan. Una a una hasta la del último de sus glóbulos rojos.

 

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Viajar con Don Quijote

Día 7. Reto escribir 21 días.

La música sonaba en catalán en sus oídos cuando Duna se preguntaba que tipo de gigantes podría imaginar don Quijote si en sus andanzas por las llanuras de La Mancha divisara la hilera de incontables molinos de viento que durante kilómetros se sucedían en su ventanilla de autobús.

Pensaría quizás en un ejército de papas altivos y fantasmagóricos dispuestos a invadir territorios para convertir a los infieles. O tal vez recrearía naves interestelares que aterrizaban en el planeta decididas a establecer conexiones, a través de sus hélices, con otras formas de vida, habitantes de lejanas galaxias.

La música cambió de estilo para tentarla a tararear Supersubmarina. Contuvo las palabras y bostezó mirando al cielo.

El trayecto olía a arena y las curvas de luz de la carretera otorgaban movimiento a los objetos estáticos del exterior que desfilaban antes los ojos de Duna con la delicadeza de una recurrente despedida.

La tierra se volvió sangre cuando un bebé al fondo del autobús gemía como un perro herido. Duna subió el volumen, cerro los ojos y soñó con un Quijote motorista obsesionado por subir aus selfies a Instagram y hacerse viral por ser el caballero inventor de los viajes por el espacio. Tan solo bastaba hallar molinos de viento y dejarse impulsar por sus corrientes de aire circulares hasta el otro lado del atmosfera y poder así abrazar a los muertos. Esos que esperan ver el aspa azul de su whatsapp que les constata que por fin su mensaje ha sido leído.

 

Rojo

Día 6. Resto escribir 21 días.

Su vestido rojo desentonaba con la decoración naranja de aquel local del centro. Sus manos descansaban sobre los mapas que la luz de la ventana dibujaban en la superficie de su mesa. En la calle el calor devoraba la cal de los edificios con una quietud tan imperceptible como el paso de los minutos.

Ella miraba el reloj. Retocaba su pelo impulsivamente a la vez que fijaba los ojos en la puerta, frente a la que se había sentado a esperar. Pidió un vino, consultó su whatsapp y buscó tras la ventana un rostro familiar. La espera comenzaba a ahogarla.

El exquisito cuidado con el que había elegido su vestido rojo y había pintado sus labios rojos, revelaban a los hombres que la miraban desde las mesas contiguas que la chica debía esperar a alguien a quien seguramente habría desnudado en más de una ocasión.

El calor la incomodaba en el asiento donde sus muslos se pegaban, por lo que el movimiento intermitente de su cambio de postura llamaba la atención. Una cola de escorpión tatuada podía imaginarse en la redondez de su pierna cuando el vestido subía con el movimiento y mostraba más parte de piel.

El peinado recogido le daba un aire informal y travieso que transmitía una juventud exagerada para su verdadera edad.

Un gesto involuntario levantó a la chica de la silla y la llevó a estirar todo su cuerpo para fundirse en el esperado abrazo. Por fin había llegado, con idéntico vestido rojo al de ella y los mismos labios color fuego. El pelo bailaba con su caminar y sus manos buscaban inquietas la silueta de la mujer que la esperaba, impaciente por devorarse con la misma calma que el día engullía la ciudad.

chica rojo

Pinterest

Fueron los osos

Día 5. Reto escribir 21 días.

Ha llegado el frío a Madrid y los osos han invadido las calles. Han bajado desde la montaña durante la noche para continuar con la búsqueda iniciada el verano anterior. A pesar de la repentina bajada de temperatura y el pálido reflejo del sol en los escaparates, los osos no se han dado cuenta de que todavía es otoño en la ciudad. La escarcha en las ramas de los árboles y las desaparición progresiva de las hormigas les ha hecho creer sin menor vacilación que muy pronto tendrán que recogerse en sus cuevas a hibernar hasta la llegada de los almendros en flor.

Por eso la urgencia de continuar con su búsqueda. La experiencia del año pasado le recuerda la tragedia que supone vivir los meses de letargo sin haber encontrado lo que buscan. Necesitan razones. Esas que mientras duermen tomaran forma en su interior y al despertar en primavera les revelará muchas de las verdades imprescindibles para su supervivencia y la del planeta. Alguien les dijo que los humanos las tienen y que basta explorar la ciudad para encontrarlas.

Los osos han entrado en los colegios esta mañana porque les contaron que niños y borrachos no sólo tienen mayor número de razones, sino también de mejor calidad. Sin embargo, las visitas nocturnas a los bares no siempre tuvieron demasiado éxito pues cuando la gente no corría ante su presencia, los pocos hombres que los miraban atentos apoyados en las barras no terminaban de tomarlos en serio o sus respuestas no resultaban del todo entendibles para los animales. Por eso esta mañana, unos mil doscientos osos y osas se repartieron los barrios de la capital para intentar hablar con los niños y que ellos le contaran sus razones. Todo fue inútil. La ciudad acabó colapsada por un dispositivo policial y militar que, alarmado ante lo que los humanos denominaron invasión, no encontró mejor solución que detener este atentado a la vida y a la salud pública.

Más de quinientos fueron capturados, un poco más de trescientos consiguieron volver a las montañas y de los quedaron buena parte fueron atropellados en las las autopistas y las vías de tren, y apenas unos veinte se escondieron nadie sabe dónde.

Osos-1

Autora: Maribel Sánchez

Los que se salvaron se organizaron para buscar a los que habían perdido, con la urgencia y desesperación de ver llegar el invierno y tener que ocultarse muy pronto en sus cavernas hasta la siguiente estación. No tenían tiempo y el futuro de su especie y muchas otras del ecosistema dependía de los osos y las verdaderas razones que debían encontrar

Las salidas duraron semanas. Desde el saludo del sol hasta el ocaso, se aproximaban a las avenidas con la esperanza de recuperar a los de su especie o de descubrir al menos los motivos que tanto necesitaban. Alguna vez tuvieron suerte y en el rincón menos esperado hallaban buenas razones: los suicidas les contaban unas cuantas muy valiosas antes de saltar por el puente o volarse la cabeza detrás de los árboles más altos del Retiro. También en las iglesias escucharon largas letanías sobre el amor al prójimo y la salvación divina, en dos o tres bancos de varias plazas escucharon susurros de personas que se amaban y se decían palabras que olían muy bien pero no terminaban de comprender. En cierta ocasión creyeron estar muy próximos a la verdad. Fue una de las mañanas en las que la osa mayor consiguió colarse en el Parlamento y espiar desde debajo de una mesa los discursos que un político tras otro lanzaba al auditorio. Era sorprendente cómo todos los que hablaban envolvía con sus razones e hipnotizaban con gran sutileza a la gran osa. De nada sirvieron tantas palabras. Al salir de aquellas sesiones e intentar transmitirle la información al resto de la manada, la osa fue incapaz de contar nada: el fuerte dolor de cabeza con el que había salido de aquel lugar y el aturdimiento mental que la angustiaba no le dejó dar ningún mensaje coherente. Fue así como el entusiasmo inicial de quien por fin encuentra un tesoro dio paso a la decepción más profunda y al desánimo feroz.

Tras largas semanas de búsqueda, los osos volvieron a sus guaridas. En tales expediciones se habían producido algunas bajas. Los que osaron entrar en el parque de atracciones quedaron atrapados por los desechos de la noria y la montaña rusa que con las toneladas de peso de los animales habían provocado el derrumbe de la estructura metálica de los artefactos. Los más torpes del grupo que sin embargo apoyaban en la búsqueda con su gran sentido de la orientación acabaron ahogados en el Manzanares cuando intentaron atravesar la corriente subidos en unas balsas de tronco de árbol. Al ir a la cabeza de la cuadrilla, por ser los guías y conocedores de caminos, fueron los primeros en hundirse y ser arrastrados por la corriente.

Los que sobrevivieron a tales infortunios y lograron recuperarse de la depresión a la que estaban viéndose abocados volvieron a los bosques. Llegaban cansados y sin fuerzas, listos para la hibernación que en un par de días les tocaría iniciar. Hasta la primavera.

De este modo, un año más, nadie encontró las razones y el ritmo de los planetas aceleró su curso hacia el inevitable fin de los días de un mundo sin conciencia. Ellos lo habían intentado y a pesar del abatimiento y retorno a las entrañas de la tierra, no perdían la esperanza de que quizás mañana. Quizás el verano próximo. Quién sabe si entonces. Y gruñían entre sí estas palabras que anudadas a una frágil esperanza les orientaban en su lento y pesado recorrido hacia el largo sueño que les aguardaba.

El escritor que no sabía escribir

Día 4. Reto escribir 21 días.

El escritor había aniquilado a su público con la pesada carga de la intelectualidad.

Lo descubrió sin intención alguna de descubrirlo pues de haber planeado una intención, ésta habría sido no descubrir absolutamente nada al respecto.

Vivir en la ignorancia da cierta ventaja en cuanto a adquirir la felicidad, aunque fuese una edulcorada, superficial y vaga. Felicidad, al fin y al cabo. Pero nos desviamos del tema.

Como decía, el escritor-escritora había caído en la cuenta de que las creencias que había adquirido a lo largo de los años, tan sólo le habían llevado a la mentira de reconocerse entre los intelectuales y a asumir en consecuencia unos tonos y unas formas quizás demasiado barrocas para la ligereza que impregna la cotidianidad.

Vaya, de nuevo lo estaba haciendo. Esa manía de elegir vocablos en lugar de palabras y oraciones subordinadas en lugar de simples, llanas y asequibles para todos.

Si se trata de evocar volvamos a la síntesis… Simplifiquemos el mensaje.

En resumen: el escritor se había quedado sin lectores, si es que alguna vez los tuvo. La altanería en sus relatos compuestos y complejos, el surrealismo y las figuras literarias le habían abocado a la hipérbole de la emotividad no apta para el común de los mortales.

Ya estamos otra vez.

Después de una sucesión de intentos de expresión, de palabras revueltas y rimbombantes a las que el escritor siempre se había rendido, el autor despidió la tarde envuelto en palabras desmembradas y folios rasgados empapados en un mar de lágrimas.

Lo sabía, lo constataba, lo lamentaba… él no era más que el escritor que no sabía escribir.

Mujer esdrújula

Día 3. Reto escribir 21 días

Cáscara es una palabra esdrújula y es la única que le salía a Teresa cuando le preguntaban por una palabra esdrújula.

Habrá más, se decía… insípido, brócoli, cáspita… pero en las partidas de mesa con sus amigos se desprendía de cáscara y después su mente se convertía en un completo desierto áspero y caótico que la dejaba fuera de juego.

Sus ojos volvían su mirada plana que quedaba hipnotizada por un punto invisible en el horizonte de la sala. Aquella palabra la sumergía en un extraño estado de ausencia en el que el mundo desaparecía y los sentidos perdían el orden hasta volver aleatorias las sensaciones. La música de fondo le sabía a mermelada de melocotón, las figuras de sus amigos intentando hablar con ella sonaban a una estridente batería de rock y el bochorno del ambiente se convertía en mariposas. 

-¡Teresa!

-¡Teresa!

Luis y Martina la sacudían por el hombro para rescatarla de aquel limbo en el que desaparecía cuando la única palabra esdrújula de su cabeza era pronunciada.

Por cada golpe de voz, Teresa sentía vibrar su lengua y un sorprendente sabor inundaba su boca: leche fresca, palomitas, limón, sirope de cereza… Por cada palabra una nueva sensación y por cada movimiento brusco un nuevo animal en casa. Las mariposas dieron paso a los cuervos que a su vez atrajeron a las tortugas escaladoras de estanterías instantes antes de la invasión de gatos romanos que se dirigieron en silenciosa fila ordenada hasta la despensa.

Algunos minutos después del trance, Teresa regresaba a la insulsa y predecible realidad. Un vaso de agua la esperaba sobre la mesa junto a un conjunto de caras desencajadas temiéndose lo peor.

-¡Teresa! ¿Qué te ha ocurrido? ¡Contesta!

Y por fin, como quien acaba de descubrir el santo grial en una búsqueda desesperada, se levantó de la silla triunfante para responder a sus amigos:

– ¡La tengo! ¡Tengo otra palabra! ¡Sinestésica!

sinestesica

Amarse en tiempo de insectos

Día 2. Reto Escribir 21 días. 

Un grito de estupor lo levantó de la cama.

Sacudió su cabeza con la intención de volver a la realidad. ¿Aquel grito había sido un sueño?

Hubo unos segundos de silencio y aquella voz volvió a desgarrarse y rebotar por las paredes hasta llegar a él. ¿Pero de dónde venía?

Descalzo, se dirigió en camiseta por el pasillo con paso cauteloso y gesto prudente. ¿Sería su compañera de piso? ¿El gato atrapado en la nevera?

Una vez más el aire se quebró: ¡guaaaaaa!

La intensidad y agudeza de la voz crecía a la par que el vello de Ernesto se ponía de punta.

Ya había localizado el sonido. Provenía de la entrada, junto al perchero que su hermana Diana había colocado cuando se mudaron como homenaje a las reliquias de sus abuelos.

Se aproximó a la puerta del salón que lo dirigía al recibidor y fue allí donde, además de los contenidos quejidos y lamentos, descubrió la figura enorme de un animal que Ernesto no quería adivinar que fuera real.

Aquella sombra oscura que percibía tras los cristales de la puerta del salón, que conducía a la entrada, dibujaban una cucaracha gigante que le resultaba familiar.

Samsa

Imagen: Maribel Sánchez

Tomó el pomo entre sus manos y abrió con decisión.

-¿Gregorio?

-¡Soy yo!, respondió el insecto – He vuelto a casa.

Ernesto no vaciló en ayudar a su amigo a soltar una de sus patas, que habían quedado atrapada en la puerta principal del apartamento cuando Gregorio Samsa abrió con sus llaves y cerró tras de sí.

Una mirada complice, una caricia inocente y un abrazo entregado bastó para que ambos amigos celebrarán su reencuentro.

-No sabes cuánto te he echado de menos, Ernesto.