Escritor es el que escribe durante 21 días (para empezar)

Este fin de semana he asistido por fin a mi primer taller del escritura. Ese que buscaba durante años y que, aunque pudiera encontrarlo, siempre me dejaba embaucar por mil excusas para no inscribirme.

Esta vez sí. Clara Peñalver y Francisco Rodríguez reactivaron mi parte más creativa y además de aportarme un buen número de recursos y conocimientos, me llevaron a plantearme el reto de la rutina de los 21 días aplicado a la escritura.

Un pequeño esfuerzo al principio para crear el hábito periódico de sentarse a escribir. Una de las partes más difíciles para mi cerebro perezoso, pero al cual le pienso demostrar que ¡no es imposible!

Y para soñar de forma ambiciosa, pero con proyecciones humildes, decido soñar con la posibilidad de darle forma a un libro de relatos y diseñar mi primera proyección compartiendo con vosotros los textos de me surgen durante 10 minutos en los próximos 21 días.

Empiezo hoy y hasta el domingo 5 de junio, subiré un post cada día con el resultado de una escritura poco premeditada y expulsada de las entrañas durante aproximadamente 10 minutos.

Bienvenido a quien desee ser testigo de mi reto. Si además, alguien se anima a dejar algún comentario, será todo un placer incorporar nuevos puntos de vista.

Día 1. Vainilla

Surgía de su cuello, del pliegue cuidadosamente escondido tras su lóbulo derecho y que albergaba los olores de todos los ancestros.

Vainilla, sí, era vainilla.

Un aroma sutil como un inesperado y fugaz pensamiento. Él aproximó su boca hasta el oído de ella para recordarle que seguía desnuda frente a la ducha y que el vapor del agua estaba comenzando a gotear en la ventana.

Su pronunciación fue lenta y pausada como quien desea despertar a una niña dormida sin ningún sobresalto.

Aitana entrelazó su mano con la de Víctor y lo atrajo hacia sí para entrar en la ducha.

-Eres vainilla – pronunció él.

Pero a ella no le importaba ni los olores, ni los sabores, ni el tacto de la nieve entre los dedos, ni si él algún día se decidiría a amarla, ni las ocho pasadas en el reloj.

Mostrar su desnudez le aliviaba. Despojarse de tejidos, máscaras y verbos irregulares. Extender su piel y recordarse como una diosa antigua a la que venerar. “Soy Aitana”

Jugaron en la ducha con la tibieza del agua y las espirales de espuma. Se besaron y conjugaron sus sexos como serpientes enfrentadas. No dejaron pasar en ningún momento al amor.

Víctor eyaculó en el corazón de Aitana y mientras su semen se perdía entre las gotas de agua, inesperadamente fue consciente del encantamiento. Entre la bruma del cuarto de baño deslizó su cuerpo hasta quedar sentado en el suelo.

Su pene, sus ingles, sus brazos y hasta su voz se habían infectado para siempre del olor a vainilla de Aitana. Una espesa nausea le invadió desde el cerebro. Sin intención de vomitar Víctor se fue disolviendo en las baldosas: su sangre se volvió amarilla, sus órganos se cristalizaron y sus huesos se redujeron a serrín.

Aitana observaba la alquimia, mientras sonreía y aspiraba el dulzón hedor a vainilla que comenzaba a impregnar el salón.

Vainilla post

Pinterest

 

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