Fueron los osos

Día 5. Reto escribir 21 días.

Ha llegado el frío a Madrid y los osos han invadido las calles. Han bajado desde la montaña durante la noche para continuar con la búsqueda iniciada el verano anterior. A pesar de la repentina bajada de temperatura y el pálido reflejo del sol en los escaparates, los osos no se han dado cuenta de que todavía es otoño en la ciudad. La escarcha en las ramas de los árboles y las desaparición progresiva de las hormigas les ha hecho creer sin menor vacilación que muy pronto tendrán que recogerse en sus cuevas a hibernar hasta la llegada de los almendros en flor.

Por eso la urgencia de continuar con su búsqueda. La experiencia del año pasado le recuerda la tragedia que supone vivir los meses de letargo sin haber encontrado lo que buscan. Necesitan razones. Esas que mientras duermen tomaran forma en su interior y al despertar en primavera les revelará muchas de las verdades imprescindibles para su supervivencia y la del planeta. Alguien les dijo que los humanos las tienen y que basta explorar la ciudad para encontrarlas.

Los osos han entrado en los colegios esta mañana porque les contaron que niños y borrachos no sólo tienen mayor número de razones, sino también de mejor calidad. Sin embargo, las visitas nocturnas a los bares no siempre tuvieron demasiado éxito pues cuando la gente no corría ante su presencia, los pocos hombres que los miraban atentos apoyados en las barras no terminaban de tomarlos en serio o sus respuestas no resultaban del todo entendibles para los animales. Por eso esta mañana, unos mil doscientos osos y osas se repartieron los barrios de la capital para intentar hablar con los niños y que ellos le contaran sus razones. Todo fue inútil. La ciudad acabó colapsada por un dispositivo policial y militar que, alarmado ante lo que los humanos denominaron invasión, no encontró mejor solución que detener este atentado a la vida y a la salud pública.

Más de quinientos fueron capturados, un poco más de trescientos consiguieron volver a las montañas y de los quedaron buena parte fueron atropellados en las las autopistas y las vías de tren, y apenas unos veinte se escondieron nadie sabe dónde.

Osos-1

Autora: Maribel Sánchez

Los que se salvaron se organizaron para buscar a los que habían perdido, con la urgencia y desesperación de ver llegar el invierno y tener que ocultarse muy pronto en sus cavernas hasta la siguiente estación. No tenían tiempo y el futuro de su especie y muchas otras del ecosistema dependía de los osos y las verdaderas razones que debían encontrar

Las salidas duraron semanas. Desde el saludo del sol hasta el ocaso, se aproximaban a las avenidas con la esperanza de recuperar a los de su especie o de descubrir al menos los motivos que tanto necesitaban. Alguna vez tuvieron suerte y en el rincón menos esperado hallaban buenas razones: los suicidas les contaban unas cuantas muy valiosas antes de saltar por el puente o volarse la cabeza detrás de los árboles más altos del Retiro. También en las iglesias escucharon largas letanías sobre el amor al prójimo y la salvación divina, en dos o tres bancos de varias plazas escucharon susurros de personas que se amaban y se decían palabras que olían muy bien pero no terminaban de comprender. En cierta ocasión creyeron estar muy próximos a la verdad. Fue una de las mañanas en las que la osa mayor consiguió colarse en el Parlamento y espiar desde debajo de una mesa los discursos que un político tras otro lanzaba al auditorio. Era sorprendente cómo todos los que hablaban envolvía con sus razones e hipnotizaban con gran sutileza a la gran osa. De nada sirvieron tantas palabras. Al salir de aquellas sesiones e intentar transmitirle la información al resto de la manada, la osa fue incapaz de contar nada: el fuerte dolor de cabeza con el que había salido de aquel lugar y el aturdimiento mental que la angustiaba no le dejó dar ningún mensaje coherente. Fue así como el entusiasmo inicial de quien por fin encuentra un tesoro dio paso a la decepción más profunda y al desánimo feroz.

Tras largas semanas de búsqueda, los osos volvieron a sus guaridas. En tales expediciones se habían producido algunas bajas. Los que osaron entrar en el parque de atracciones quedaron atrapados por los desechos de la noria y la montaña rusa que con las toneladas de peso de los animales habían provocado el derrumbe de la estructura metálica de los artefactos. Los más torpes del grupo que sin embargo apoyaban en la búsqueda con su gran sentido de la orientación acabaron ahogados en el Manzanares cuando intentaron atravesar la corriente subidos en unas balsas de tronco de árbol. Al ir a la cabeza de la cuadrilla, por ser los guías y conocedores de caminos, fueron los primeros en hundirse y ser arrastrados por la corriente.

Los que sobrevivieron a tales infortunios y lograron recuperarse de la depresión a la que estaban viéndose abocados volvieron a los bosques. Llegaban cansados y sin fuerzas, listos para la hibernación que en un par de días les tocaría iniciar. Hasta la primavera.

De este modo, un año más, nadie encontró las razones y el ritmo de los planetas aceleró su curso hacia el inevitable fin de los días de un mundo sin conciencia. Ellos lo habían intentado y a pesar del abatimiento y retorno a las entrañas de la tierra, no perdían la esperanza de que quizás mañana. Quizás el verano próximo. Quién sabe si entonces. Y gruñían entre sí estas palabras que anudadas a una frágil esperanza les orientaban en su lento y pesado recorrido hacia el largo sueño que les aguardaba.

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