Pasó

chica reloj

Dejar atrás provoca una presión en el pecho que sube hasta la garganta en forma de reloj de arena que acelera la velocidad de su caída para engañar con la sensación de que el tiempo se va. Cuando el tiempo ni va ni viene, ni corre ni se estanca. Es y nada más.

Nosotros sí vamos, venimos, echamos a correr o nos quedamos atrapados. Y tal vez es la ilusión de que es el tiempo el que se nos va lo que nos salva de la tristeza de pensar que más que las experiencias, las personas nunca se quedan. Ni nos quedamos. Y a cada minuto, alguien se disuelve a tu espalda como una sombra que va cambiando de color hasta desaparecer. También ese desconocido con el que te cruzas y que su expresión te recuerda a alguien, que a su vez no resulta ser nadie porque eres incapaz de definir su identidad. Si es que en cualquier caso alguna vez existió.

Nace la tentación de sentarse frente a una hoja en blanco y escribir los nombres de todas las personas que conociste. ¿Serías capaz? Desde tu primer día de escuela hasta hoy. Desde el familiar más cercano a quien te presentaron una sola noche y jamás volviste a ver. ¿Qué fue de todos ellos?

La memoria decide el valor. Y mis recuerdos se escapan. ¿Qué me importará cuando sea una anciana?