Yo no iba a Ruido Rosa

Yo no iba a Ruido Rosa. Es la verdad. Pero mis amigas sí, no sólo por saborear en sus cervezas la música que amaban, sino porque aquel lugar y su historia formaban parte de ellas. Chicas morenas, castañas, simpáticas, altas o bajas y ruideras.

Lo comprendí las pocas veces que también yo compartí un botellín al ritmo de algún acorde pegadizo que hasta arrancó mis ganas de bailar frente aquel chico guapo que terminó por besarme.

Hoy estoy triste. Porque la sucesión de decepciones te hacen culpar a la primavera, a la vida y a este mundo de mierda que se empeña en seguir aplastando los sueños y las ganas. Las canciones y los movimientos libres que siempre se resisten.

Cambiamos de estación con desesperanza y rabia. Con la piel desgastada y sin saber dónde mirar. Acumulando ausencias.

Escribo, pero contéstame

nina-enfadada

Mi primer blog lo abrí en 2005 creo recordar.

Entonces la blogosfera era el gran descubrimiento de la era internáutica y, por casualidad, yo fui de las primeras en llegar.

Mi pasión por escribir la trasladé a la red y casi a diario contaba mis impresiones, inquietudes o anhelos, y los comentarios de la gente llegaban sin mucha dificultad. No existían las redes sociales, pero todo el mundo llegaba hasta ti.

No éramos tantos los blogueros, y bastaba con ser relativamente constante publicando para que cada día encontraras entre 3 y 5 comentarios tu post más reciente. ¿Era la motivación para escribir el hecho de saber que te leían y comentaban?

Ahora que han pasado los años y las responsabilidades, y quizás también la desidia, me ha alejado del hábito de la escritura, pienso que aquellas palabras de desconocidos implicándose en tu vida solo porque sí, me impulsaban a seguir escribiendo. Si durante mi pubertad y adolescencia no era más que un vómito terapéutico que volcaba sobre decenas de cuadernos, con los años y en un entorno donde puedes llegar a los demás, el grito silenciado de los viejos diarios dejo de ser suficiente.

Cuando escribías en una libreta, lo último en lo que pensabas y deseabas es que alguien accediera a esa información. Muy al contrario se convertía en sacrilegio. La intimidad que se creaba entre tu ser más profundo y el papel en blanco producía una conexión secreta e inviolable. ¿Recordáis lo que suponía pensar en que tu madre leyera tu diario? Así muchos de estos cuadernos venían con su llave y candado para que nadie más que tú pudieras disfrutar de ese espacio.

Sin embargo, ahora… no hay decepción más grande que escribir y que nadie te lea. Esa necesidad de reconocimiento, de visibilidad, de que por favor alguien te escuche y te comprenda casi parece la epidemia de esta década.

Ya no se trata de narrar, de expresar, de cuidar las palabras para elegir la más precisa… Los íntimos relatos de entonces se convierten en voces desesperadas, compulsivas e histriónicas que a través, principalmente, de las redes sociales, bombardean las pantallas envueltas en ira e indignación.

¿Es en la era donde estamos más conectados, en la que más solos nos sentimos?