Escritura automática de octubre

Octubre es como una caja de cartón sin fondo donde miras para encontrar algo reconocible.

Muy pocas cosas lo son ya. Ni siquiera las estaciones, ni el color del pelo que se vuelve blanco recordándote que el tiempo pasa.

Ni las letras, ni los telediarios, ni la merienda de mantequilla y azúcar, ni las canciones de la radio.

Reconocer en una mota de polvo el giro completo de un planeta que no es este. Uno que va sin prisa de la madrugada al atardecer.

Reconocer en un destello lo poco que queda de una vida imaginaria. Un destello en las gafas o en la copa de vino azul. El azul es la clave. El color de la libertad que nunca supimos definir.

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Pasó

chica reloj

Dejar atrás provoca una presión en el pecho que sube hasta la garganta en forma de reloj de arena que acelera la velocidad de su caída para engañar con la sensación de que el tiempo se va. Cuando el tiempo ni va ni viene, ni corre ni se estanca. Es y nada más.

Nosotros sí vamos, venimos, echamos a correr o nos quedamos atrapados. Y tal vez es la ilusión de que es el tiempo el que se nos va lo que nos salva de la tristeza de pensar que más que las experiencias, las personas nunca se quedan. Ni nos quedamos. Y a cada minuto, alguien se disuelve a tu espalda como una sombra que va cambiando de color hasta desaparecer. También ese desconocido con el que te cruzas y que su expresión te recuerda a alguien, que a su vez no resulta ser nadie porque eres incapaz de definir su identidad. Si es que en cualquier caso alguna vez existió.

Nace la tentación de sentarse frente a una hoja en blanco y escribir los nombres de todas las personas que conociste. ¿Serías capaz? Desde tu primer día de escuela hasta hoy. Desde el familiar más cercano a quien te presentaron una sola noche y jamás volviste a ver. ¿Qué fue de todos ellos?

La memoria decide el valor. Y mis recuerdos se escapan. ¿Qué me importará cuando sea una anciana?

Lost

Día 11. Reto escribir 21 días.

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– No entiendes que soy un personaje.

– Y quién no lo es – le dije.

– Pero yo soy un p e r s o n a j e. Creado para un film, diseñado, estirado, exagerado, sintetizado… todas esas coas acabadas en -ado que el creador puede hacer con su criatura si le place. Ya está.

– No me importa. Quiero ser como tú.

– Yo.

– Tú.

– Vale.

– Vale. ¿Ya está?

– Sí, ya está. Tíntate el pelo de rosa, córtatelo a mi estilo. Míralo bien. – y meneó la cabeza hacia los lados en un gesto de sacudida – que te lo dejen perfecto (aunque lo mío era peluca, acuérdate) ¡Ah! y échate crema corporal y facial todos los días. Eso no venían en el guión (ya les vale) y me tuve que dar cuenta yo sola que para ser un personaje coherente tenía que tener la piel lisa como el mármol, pero tibia como la leche y tostada como el cacao. No soporto la incoherencia, qué le vamos a hacer. El clima japonés es horrible y es fácil que salgan rojeces por cualquier lugar.

– Muy bien. ¿Algo más? ¿Algunas recomendaciones para vivir en Tokio? ¿Algo a tener en cuenta cuándo se vive en un hotel? Por cierto… allí lavarán la ropa, ¿no?

– No tengo ni idea. El vestuario me lo daban lavadito y planchaito sin que yo pudiera elegir. Solía ser mono, sí, pero dónde lo lavaban, nunca me lo plantee. Otra cosa. Dúchate de rodillas. Si te pones de pie chocarás con la ducha y te dolerá. Me pasó el primer día. Y cuando vayas de karaoke no te fíes de las marcas de alcohol que te ofrecen. Son como agua oxigenada. Horribles. Aunque en mi copa vieses algo parecido al whisky, siempre era agua con limón. Temas de producción. No me preguntes.

Cuando parecía a punto de pagar la cuenta y marcharse, echó una hojeada alrededor con cierta mirada melancólica antes de llamar al camarero.

– Echaré de menos ese piano. Me proporcionó una ahogada paz inexplicable y algún aliento de placer. Por cierto, cuando bajes a este bar del hotel deja siempre propina a este camarero de siempre y cuando lo hagas piensa en mí.

– Lo haré. Gracias Charlotte.

– De nada. Me marcho. Bob llegará en pocos minutos. Si vas a ser yo cambia el final de la historia. Hasta pronto.

Y cerrando la cremallera de su bolso, me sonrió apenas sosteniendo su mirada en la mía y abandonó el hotel en el delicado paseo hasta la puerta que siempre reproducía.

 

P de Perdidos y de Podemos

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He empezado a ver una de las series más populares de los últimos años que hasta ahora había pasado delante de mí desapercibida.

Lost no me enganchó en los 40 primeros minutos, pero a partir del segundo capítulo el consumo de uno tras otro está siendo tan compulsivo que temo acabar atragantándome. (Aún voy por la primera temporada, no spoiler please)

Soy de Lost pero no de Juego de Tronos y esto lo puedo decir tranquilamente a pesar de que un alto porcentaje de población que a lo mejor me esta leyendo lo haga con gesto condescendiente por valorarme como una de las pobrecitas que no sigue una serie tan magistral. ¡Si hasta la proclama en sus discursos Pablo Iglesias!

A Pablo Iglesias si lo sigo con atención y cierto entusiasmo, aunque no por eso con el gen de bobalicona o la locura de cuando era fan de Alejandro Sanz. Hasta tal punto que por seguirlo, no obstante, no me ha dado por ver Juego de Tronos. Mi novio, tenía cierta esperanza.

Hablar de series es cool y la libertad de expresión está asegurada, incluso me atrevería a decir que edulcorada de cierto glamour. Mola engancharse a una serie y comentarlo con los amigos. Casi tanto como el fútbol. No es verdad, hablar de fútbol más, pero en cualquiera de las casos no hay ningún problema. Pero cuidado si quieres hablar de Pablo Iglesias, declararte afín a las ideas de Podemos o exponer abiertamente que tu voto ya lo tienen.

Malo, malo, malo… comunista, radical… nos acusarán subiendo el tono de voz. Algo oscuro y maligno se ha apoderado de quienes opinamos que la política con los colores que se han intercambiado hasta ahora en los últimos años solo nos han restado derechos y ha aniquilado oportunidades y que por eso, y muchas razones más, queremos algo nuevo. Sí, NUEVO, DIFERENTE, y si va a ser peor según los vaticinios de los de siempre, que tengan la decencia de dejar paso a la pronosticada hecatombe aunque solo sea para que sus egos puedan hincharse después con razón y dictar satisfechos con su dedo índice levantado: “Os lo dije”.

Si te gusta Errejón, te clasificarán como algo más sensato, pero si osas estar de acuerdo con Monedero lo que merecerás será una estancia gratuita con los militantes azules o rojos para que sus enseñanzas te devuelvan la lucidez y sigas siendo parte de la manada que escucha y asiente rechistando lo justo para creerse libres. Sabios ellos que supieron hacerlo tan bien que por eso los millones de personas que reclaman un cambio solo pueden ser una epidemia de abducidos y locos que no saben lo que piensan y hacen.

Perdidos. Los de mi generación nacimos en los 80 y seguimos todos los pasos. Dictados para que los aprendiéramos al dedillo, los interiorizáramos, cumpliéramos lo establecido y halláramos la recompensa. Hacer los deberes, no faltar a clase, no contestar a la profesora, sacar buenas notas, estudiar para selectividad, terminar una carrera, estudiar idiomas, vivir en el extranjero y completar algunos master con bolsas de trabajo como último escalón para alcanzar tu merecido puesto de trabajo con el sueldo acorde a tus capacidades que te permitiría casarte con tu pareja de toda la vida, comprar una casa o dos y empezar a tener hijos.

Encarrilaitos hemos ido para después acumular años de paro, contratos temporales tramposos para después cotizar una mierda y oportunidades miles: en el extranjero. Mira, seguro que a muchos les han servido los idiomas para diseñar curriculos en trabajos no cualificados con su perfil sobrecualificado.

Perdidos en la península con un día a día similar al de Jack o Kate en su lucha por la supervivencia. Por aquí en lugar de selvas contamos con bosques de hormigón vacío y con políticos convertidos en osos polares que en lugar de atacar con sus zarpas, adormecen con sus mentiras mientras con las manos nos roban el dinero.

Soy feminista y voto a podemos. Y eso aunque suene guay, no lo es para nada. Todavía en el siglo XXI en España te miran mejor o peor si compartes tu ideología, se mofan si no pasas por alto ni un absurdo matiz que ridiculice a las mujeres o compartes en Facebook el artículo de un periodista u otro. Seguimos enraizados en el arcaico enfrentamiento de nacionales y rojos al que a muchos aún le parece interesante seguir perpetuando en cadenas de rabia genética.

A estas alturas quien no opte por la renovación de raíz del virus que infecta a España, tiene todo su derecho. Faltaría. Exactamente el mismo que quienes se unen con ilusión y conciencia para producir ese cambio. Y si nos equivocamos, habremos dado un paso adelante que si no nos ha conducido al destino deseado, nos habrá sacado de donde estábamos. Legítimo. Sea como sea tendremos lo que merecemos.

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Las viejas

Día 10. Reto escribir 21 días.

trenza ancianaAhora miraba a las mujeres mayores de un modo diferente.

Su necesidad de hablar de vivencias del pasado, y el dolor de la memoria con los párpados entreabiertos le detenían unos minutos en los que se veía a ella misma dentro de algunos años, quien sabe si con los mismos repetidos discursos pero sin su valor.

Las mujeres mayores eran las responsables del cambio climático que tantos investigadores analizaban en las entrañas del aire, la basura de la tierra o la contaminación del mar.

Hacía décadas que sus espíritus invisibles con sus manos invisibles y sus miradas invisibles reclamaban un lugar en el mundo alejado de la compasión o la indiferencia. Ellas habían dado luz al mundo. Habían nutrido a los hombres. Los habían amamantado fuertes y se habían equivocado.

Son las viejas las que definen las borrascas y escupen huracanes. Por cada grieta nueva de sus huesos, tiemblan las placas tectónicas y la humanidad se estremece sin estremecerse, sorda al desgarro ancestral de quienes nos parieron.

Ellas unen su sangre bajo la tierra. Mueren junto a las farolas y en los pisos vacíos, en las camas metálicas de los hospitales. Mueren con la boca seca y los órganos derretidos como luciérnagas consumidas en una luz que se apaga.

Los animales las recogen en un océano furioso que se abre o entre el fuego del volcán imperativo que aúlla su venganza. Como agua o cenizas las absorbe la Naturaleza con el amor que el paso de los años les devoró del corazón.

De mayor, sirena

Día 9. Reto escribir 21 días.

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Desde que era sirena no le importaba no tener sexo.

Aquella decisión tomada no había sido a la ligera. Ya contaba con dejar de hacer running en el parque y lucir sus minifaldas. Tenía previsto reducir su número de orificios corporales y sí, también las posibilidades de introducir algo en ellos, pero no le importaba.

Prefería la espuma, las corrientes de mar y los pulpos que aunque pareciera mentira, ellos sí que sabían acariciar. Dónde va a parar. Raros eran los hombres que en su etapa terrestre habían dominado el arte del roce y el leve aleteo de las pestañas en las mejillas o ela maestría del aliento inesperado sobre la piel. Su falocentrismo les impedía concebir a la mujer en su globalidad a la misma vez que en su singularidad, y superar la arrogancia de creerse dominadores del placer femenino solo por ser portadores de su dura, erguida y fecundadora verga.

Las profundidades marinas le reservaban especies maestras en la disciplina del placer: remolinos oportunos que la mecían, tiburones para sus perversas fantasías y hasta sumisos peces espada.

Sin embargo, se hallaba entregada a su discurso interno, en su ágil y elegante buceo cuando un anzuelo alcanzó su cuello en un premeditado movimiento que arañó sus venas hasta hacerlas sangrar.

Sobre un bote inestable y sucio, un pescador agarraba con fuerza su caña mientras imploraba ayuda a sus compañeros para el lanzamiento de la red. Esta vez el mundo entero lo creería. Aquella sirena que había despreciado a la humanidad era suya y un plan cuidadosamente diseñado la llevaría a entregarse por siempre al hombre como especie y su poder como capricho.

Mi gran glóbulo rojo

Día 8. Reto escribir 21 días

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Lo sabía. Dejar de tomar morcilla, andar todos los días y abandonar las latas de cerveza.

Lo sentía. Sus límites extendiéndose como los de un globo, sus movimientos cada vez más lentos y pesados, el cansancio que lo derretía en cada trayecto.

Pero vivía condenado a una genética impuesta a una vida que le ahogaba en interminables ríos de sangre.

Mi gran glóbulo rojo me lo contaba en su sesión matutina de los martes. Extendido sobre el terciopelo del sofá de la sala con su vista perdida en el techo, quejoso y desesperanzado, con la ilusión de encontrar en mi escucha consuelo a la angustia que le consumía.

En nuestra cita habitual yo le ofrezco amparo a la desdicha que mi resignado hematie sufre por su obesidad y constitución robusta, esa que le arrastró al ridículo de ser llamado el gordo de la clase y a vivir la exclusión de ser diferente.

Mientras miles de glóbulos batían record en atletismo, natación o esquí, mi gran globulo rojo se refugiaba junto al resto de glóbulos discriminados por la intensidad de su rojez o su discapacidad en coagulación en las zonas inferiores de mi cuerpo provocándo mi mala circulación.

Yo aprendí a amarlo como el adn decidió parirlo y le ayudo en esta terapia a liberar su culpabilidad. Todos los martes lo perdono y mi globulo rojo tras los lamentos y algún breve descontrol, se girar a contemplarme y acepta mi rendición.

Solo uno se ama realmente cuando descarga de su corazón cada una de las culpas que nos pesan. Una a una hasta la del último de sus glóbulos rojos.