P de Perdidos y de Podemos

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He empezado a ver una de las series más populares de los últimos años que hasta ahora había pasado delante de mí desapercibida.

Lost no me enganchó en los 40 primeros minutos, pero a partir del segundo capítulo el consumo de uno tras otro está siendo tan compulsivo que temo acabar atragantándome. (Aún voy por la primera temporada, no spoiler please)

Soy de Lost pero no de Juego de Tronos y esto lo puedo decir tranquilamente a pesar de que un alto porcentaje de población que a lo mejor me esta leyendo lo haga con gesto condescendiente por valorarme como una de las pobrecitas que no sigue una serie tan magistral. ¡Si hasta la proclama en sus discursos Pablo Iglesias!

A Pablo Iglesias si lo sigo con atención y cierto entusiasmo, aunque no por eso con el gen de bobalicona o la locura de cuando era fan de Alejandro Sanz. Hasta tal punto que por seguirlo, no obstante, no me ha dado por ver Juego de Tronos. Mi novio, tenía cierta esperanza.

Hablar de series es cool y la libertad de expresión está asegurada, incluso me atrevería a decir que edulcorada de cierto glamour. Mola engancharse a una serie y comentarlo con los amigos. Casi tanto como el fútbol. No es verdad, hablar de fútbol más, pero en cualquiera de las casos no hay ningún problema. Pero cuidado si quieres hablar de Pablo Iglesias, declararte afín a las ideas de Podemos o exponer abiertamente que tu voto ya lo tienen.

Malo, malo, malo… comunista, radical… nos acusarán subiendo el tono de voz. Algo oscuro y maligno se ha apoderado de quienes opinamos que la política con los colores que se han intercambiado hasta ahora en los últimos años solo nos han restado derechos y ha aniquilado oportunidades y que por eso, y muchas razones más, queremos algo nuevo. Sí, NUEVO, DIFERENTE, y si va a ser peor según los vaticinios de los de siempre, que tengan la decencia de dejar paso a la pronosticada hecatombe aunque solo sea para que sus egos puedan hincharse después con razón y dictar satisfechos con su dedo índice levantado: “Os lo dije”.

Si te gusta Errejón, te clasificarán como algo más sensato, pero si osas estar de acuerdo con Monedero lo que merecerás será una estancia gratuita con los militantes azules o rojos para que sus enseñanzas te devuelvan la lucidez y sigas siendo parte de la manada que escucha y asiente rechistando lo justo para creerse libres. Sabios ellos que supieron hacerlo tan bien que por eso los millones de personas que reclaman un cambio solo pueden ser una epidemia de abducidos y locos que no saben lo que piensan y hacen.

Perdidos. Los de mi generación nacimos en los 80 y seguimos todos los pasos. Dictados para que los aprendiéramos al dedillo, los interiorizáramos, cumpliéramos lo establecido y halláramos la recompensa. Hacer los deberes, no faltar a clase, no contestar a la profesora, sacar buenas notas, estudiar para selectividad, terminar una carrera, estudiar idiomas, vivir en el extranjero y completar algunos master con bolsas de trabajo como último escalón para alcanzar tu merecido puesto de trabajo con el sueldo acorde a tus capacidades que te permitiría casarte con tu pareja de toda la vida, comprar una casa o dos y empezar a tener hijos.

Encarrilaitos hemos ido para después acumular años de paro, contratos temporales tramposos para después cotizar una mierda y oportunidades miles: en el extranjero. Mira, seguro que a muchos les han servido los idiomas para diseñar curriculos en trabajos no cualificados con su perfil sobrecualificado.

Perdidos en la península con un día a día similar al de Jack o Kate en su lucha por la supervivencia. Por aquí en lugar de selvas contamos con bosques de hormigón vacío y con políticos convertidos en osos polares que en lugar de atacar con sus zarpas, adormecen con sus mentiras mientras con las manos nos roban el dinero.

Soy feminista y voto a podemos. Y eso aunque suene guay, no lo es para nada. Todavía en el siglo XXI en España te miran mejor o peor si compartes tu ideología, se mofan si no pasas por alto ni un absurdo matiz que ridiculice a las mujeres o compartes en Facebook el artículo de un periodista u otro. Seguimos enraizados en el arcaico enfrentamiento de nacionales y rojos al que a muchos aún le parece interesante seguir perpetuando en cadenas de rabia genética.

A estas alturas quien no opte por la renovación de raíz del virus que infecta a España, tiene todo su derecho. Faltaría. Exactamente el mismo que quienes se unen con ilusión y conciencia para producir ese cambio. Y si nos equivocamos, habremos dado un paso adelante que si no nos ha conducido al destino deseado, nos habrá sacado de donde estábamos. Legítimo. Sea como sea tendremos lo que merecemos.

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Las viejas

Día 10. Reto escribir 21 días.

trenza ancianaAhora miraba a las mujeres mayores de un modo diferente.

Su necesidad de hablar de vivencias del pasado, y el dolor de la memoria con los párpados entreabiertos le detenían unos minutos en los que se veía a ella misma dentro de algunos años, quien sabe si con los mismos repetidos discursos pero sin su valor.

Las mujeres mayores eran las responsables del cambio climático que tantos investigadores analizaban en las entrañas del aire, la basura de la tierra o la contaminación del mar.

Hacía décadas que sus espíritus invisibles con sus manos invisibles y sus miradas invisibles reclamaban un lugar en el mundo alejado de la compasión o la indiferencia. Ellas habían dado luz al mundo. Habían nutrido a los hombres. Los habían amamantado fuertes y se habían equivocado.

Son las viejas las que definen las borrascas y escupen huracanes. Por cada grieta nueva de sus huesos, tiemblan las placas tectónicas y la humanidad se estremece sin estremecerse, sorda al desgarro ancestral de quienes nos parieron.

Ellas unen su sangre bajo la tierra. Mueren junto a las farolas y en los pisos vacíos, en las camas metálicas de los hospitales. Mueren con la boca seca y los órganos derretidos como luciérnagas consumidas en una luz que se apaga.

Los animales las recogen en un océano furioso que se abre o entre el fuego del volcán imperativo que aúlla su venganza. Como agua o cenizas las absorbe la Naturaleza con el amor que el paso de los años les devoró del corazón.

De mayor, sirena

Día 9. Reto escribir 21 días.

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Desde que era sirena no le importaba no tener sexo.

Aquella decisión tomada no había sido a la ligera. Ya contaba con dejar de hacer running en el parque y lucir sus minifaldas. Tenía previsto reducir su número de orificios corporales y sí, también las posibilidades de introducir algo en ellos, pero no le importaba.

Prefería la espuma, las corrientes de mar y los pulpos que aunque pareciera mentira, ellos sí que sabían acariciar. Dónde va a parar. Raros eran los hombres que en su etapa terrestre habían dominado el arte del roce y el leve aleteo de las pestañas en las mejillas o ela maestría del aliento inesperado sobre la piel. Su falocentrismo les impedía concebir a la mujer en su globalidad a la misma vez que en su singularidad, y superar la arrogancia de creerse dominadores del placer femenino solo por ser portadores de su dura, erguida y fecundadora verga.

Las profundidades marinas le reservaban especies maestras en la disciplina del placer: remolinos oportunos que la mecían, tiburones para sus perversas fantasías y hasta sumisos peces espada.

Sin embargo, se hallaba entregada a su discurso interno, en su ágil y elegante buceo cuando un anzuelo alcanzó su cuello en un premeditado movimiento que arañó sus venas hasta hacerlas sangrar.

Sobre un bote inestable y sucio, un pescador agarraba con fuerza su caña mientras imploraba ayuda a sus compañeros para el lanzamiento de la red. Esta vez el mundo entero lo creería. Aquella sirena que había despreciado a la humanidad era suya y un plan cuidadosamente diseñado la llevaría a entregarse por siempre al hombre como especie y su poder como capricho.

Mi gran glóbulo rojo

Día 8. Reto escribir 21 días

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Lo sabía. Dejar de tomar morcilla, andar todos los días y abandonar las latas de cerveza.

Lo sentía. Sus límites extendiéndose como los de un globo, sus movimientos cada vez más lentos y pesados, el cansancio que lo derretía en cada trayecto.

Pero vivía condenado a una genética impuesta a una vida que le ahogaba en interminables ríos de sangre.

Mi gran glóbulo rojo me lo contaba en su sesión matutina de los martes. Extendido sobre el terciopelo del sofá de la sala con su vista perdida en el techo, quejoso y desesperanzado, con la ilusión de encontrar en mi escucha consuelo a la angustia que le consumía.

En nuestra cita habitual yo le ofrezco amparo a la desdicha que mi resignado hematie sufre por su obesidad y constitución robusta, esa que le arrastró al ridículo de ser llamado el gordo de la clase y a vivir la exclusión de ser diferente.

Mientras miles de glóbulos batían record en atletismo, natación o esquí, mi gran globulo rojo se refugiaba junto al resto de glóbulos discriminados por la intensidad de su rojez o su discapacidad en coagulación en las zonas inferiores de mi cuerpo provocándo mi mala circulación.

Yo aprendí a amarlo como el adn decidió parirlo y le ayudo en esta terapia a liberar su culpabilidad. Todos los martes lo perdono y mi globulo rojo tras los lamentos y algún breve descontrol, se girar a contemplarme y acepta mi rendición.

Solo uno se ama realmente cuando descarga de su corazón cada una de las culpas que nos pesan. Una a una hasta la del último de sus glóbulos rojos.

 

Viajar con Don Quijote

Día 7. Reto escribir 21 días.

La música sonaba en catalán en sus oídos cuando Duna se preguntaba que tipo de gigantes podría imaginar don Quijote si en sus andanzas por las llanuras de La Mancha divisara la hilera de incontables molinos de viento que durante kilómetros se sucedían en su ventanilla de autobús.

Pensaría quizás en un ejército de papas altivos y fantasmagóricos dispuestos a invadir territorios para convertir a los infieles. O tal vez recrearía naves interestelares que aterrizaban en el planeta decididas a establecer conexiones, a través de sus hélices, con otras formas de vida, habitantes de lejanas galaxias.

La música cambió de estilo para tentarla a tararear Supersubmarina. Contuvo las palabras y bostezó mirando al cielo.

El trayecto olía a arena y las curvas de luz de la carretera otorgaban movimiento a los objetos estáticos del exterior que desfilaban antes los ojos de Duna con la delicadeza de una recurrente despedida.

La tierra se volvió sangre cuando un bebé al fondo del autobús gemía como un perro herido. Duna subió el volumen, cerro los ojos y soñó con un Quijote motorista obsesionado por subir aus selfies a Instagram y hacerse viral por ser el caballero inventor de los viajes por el espacio. Tan solo bastaba hallar molinos de viento y dejarse impulsar por sus corrientes de aire circulares hasta el otro lado del atmosfera y poder así abrazar a los muertos. Esos que esperan ver el aspa azul de su whatsapp que les constata que por fin su mensaje ha sido leído.

 

Rojo

Día 6. Resto escribir 21 días.

Su vestido rojo desentonaba con la decoración naranja de aquel local del centro. Sus manos descansaban sobre los mapas que la luz de la ventana dibujaban en la superficie de su mesa. En la calle el calor devoraba la cal de los edificios con una quietud tan imperceptible como el paso de los minutos.

Ella miraba el reloj. Retocaba su pelo impulsivamente a la vez que fijaba los ojos en la puerta, frente a la que se había sentado a esperar. Pidió un vino, consultó su whatsapp y buscó tras la ventana un rostro familiar. La espera comenzaba a ahogarla.

El exquisito cuidado con el que había elegido su vestido rojo y había pintado sus labios rojos, revelaban a los hombres que la miraban desde las mesas contiguas que la chica debía esperar a alguien a quien seguramente habría desnudado en más de una ocasión.

El calor la incomodaba en el asiento donde sus muslos se pegaban, por lo que el movimiento intermitente de su cambio de postura llamaba la atención. Una cola de escorpión tatuada podía imaginarse en la redondez de su pierna cuando el vestido subía con el movimiento y mostraba más parte de piel.

El peinado recogido le daba un aire informal y travieso que transmitía una juventud exagerada para su verdadera edad.

Un gesto involuntario levantó a la chica de la silla y la llevó a estirar todo su cuerpo para fundirse en el esperado abrazo. Por fin había llegado, con idéntico vestido rojo al de ella y los mismos labios color fuego. El pelo bailaba con su caminar y sus manos buscaban inquietas la silueta de la mujer que la esperaba, impaciente por devorarse con la misma calma que el día engullía la ciudad.

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Pinterest

Fueron los osos

Día 5. Reto escribir 21 días.

Ha llegado el frío a Madrid y los osos han invadido las calles. Han bajado desde la montaña durante la noche para continuar con la búsqueda iniciada el verano anterior. A pesar de la repentina bajada de temperatura y el pálido reflejo del sol en los escaparates, los osos no se han dado cuenta de que todavía es otoño en la ciudad. La escarcha en las ramas de los árboles y las desaparición progresiva de las hormigas les ha hecho creer sin menor vacilación que muy pronto tendrán que recogerse en sus cuevas a hibernar hasta la llegada de los almendros en flor.

Por eso la urgencia de continuar con su búsqueda. La experiencia del año pasado le recuerda la tragedia que supone vivir los meses de letargo sin haber encontrado lo que buscan. Necesitan razones. Esas que mientras duermen tomaran forma en su interior y al despertar en primavera les revelará muchas de las verdades imprescindibles para su supervivencia y la del planeta. Alguien les dijo que los humanos las tienen y que basta explorar la ciudad para encontrarlas.

Los osos han entrado en los colegios esta mañana porque les contaron que niños y borrachos no sólo tienen mayor número de razones, sino también de mejor calidad. Sin embargo, las visitas nocturnas a los bares no siempre tuvieron demasiado éxito pues cuando la gente no corría ante su presencia, los pocos hombres que los miraban atentos apoyados en las barras no terminaban de tomarlos en serio o sus respuestas no resultaban del todo entendibles para los animales. Por eso esta mañana, unos mil doscientos osos y osas se repartieron los barrios de la capital para intentar hablar con los niños y que ellos le contaran sus razones. Todo fue inútil. La ciudad acabó colapsada por un dispositivo policial y militar que, alarmado ante lo que los humanos denominaron invasión, no encontró mejor solución que detener este atentado a la vida y a la salud pública.

Más de quinientos fueron capturados, un poco más de trescientos consiguieron volver a las montañas y de los quedaron buena parte fueron atropellados en las las autopistas y las vías de tren, y apenas unos veinte se escondieron nadie sabe dónde.

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Autora: Maribel Sánchez

Los que se salvaron se organizaron para buscar a los que habían perdido, con la urgencia y desesperación de ver llegar el invierno y tener que ocultarse muy pronto en sus cavernas hasta la siguiente estación. No tenían tiempo y el futuro de su especie y muchas otras del ecosistema dependía de los osos y las verdaderas razones que debían encontrar

Las salidas duraron semanas. Desde el saludo del sol hasta el ocaso, se aproximaban a las avenidas con la esperanza de recuperar a los de su especie o de descubrir al menos los motivos que tanto necesitaban. Alguna vez tuvieron suerte y en el rincón menos esperado hallaban buenas razones: los suicidas les contaban unas cuantas muy valiosas antes de saltar por el puente o volarse la cabeza detrás de los árboles más altos del Retiro. También en las iglesias escucharon largas letanías sobre el amor al prójimo y la salvación divina, en dos o tres bancos de varias plazas escucharon susurros de personas que se amaban y se decían palabras que olían muy bien pero no terminaban de comprender. En cierta ocasión creyeron estar muy próximos a la verdad. Fue una de las mañanas en las que la osa mayor consiguió colarse en el Parlamento y espiar desde debajo de una mesa los discursos que un político tras otro lanzaba al auditorio. Era sorprendente cómo todos los que hablaban envolvía con sus razones e hipnotizaban con gran sutileza a la gran osa. De nada sirvieron tantas palabras. Al salir de aquellas sesiones e intentar transmitirle la información al resto de la manada, la osa fue incapaz de contar nada: el fuerte dolor de cabeza con el que había salido de aquel lugar y el aturdimiento mental que la angustiaba no le dejó dar ningún mensaje coherente. Fue así como el entusiasmo inicial de quien por fin encuentra un tesoro dio paso a la decepción más profunda y al desánimo feroz.

Tras largas semanas de búsqueda, los osos volvieron a sus guaridas. En tales expediciones se habían producido algunas bajas. Los que osaron entrar en el parque de atracciones quedaron atrapados por los desechos de la noria y la montaña rusa que con las toneladas de peso de los animales habían provocado el derrumbe de la estructura metálica de los artefactos. Los más torpes del grupo que sin embargo apoyaban en la búsqueda con su gran sentido de la orientación acabaron ahogados en el Manzanares cuando intentaron atravesar la corriente subidos en unas balsas de tronco de árbol. Al ir a la cabeza de la cuadrilla, por ser los guías y conocedores de caminos, fueron los primeros en hundirse y ser arrastrados por la corriente.

Los que sobrevivieron a tales infortunios y lograron recuperarse de la depresión a la que estaban viéndose abocados volvieron a los bosques. Llegaban cansados y sin fuerzas, listos para la hibernación que en un par de días les tocaría iniciar. Hasta la primavera.

De este modo, un año más, nadie encontró las razones y el ritmo de los planetas aceleró su curso hacia el inevitable fin de los días de un mundo sin conciencia. Ellos lo habían intentado y a pesar del abatimiento y retorno a las entrañas de la tierra, no perdían la esperanza de que quizás mañana. Quizás el verano próximo. Quién sabe si entonces. Y gruñían entre sí estas palabras que anudadas a una frágil esperanza les orientaban en su lento y pesado recorrido hacia el largo sueño que les aguardaba.